lunes, 6 de enero de 2020

Gracias a mis horribles defectos

Por Carmen Posadas
Cuando era joven, odiaba mis defectos. Natural -dirán ustedes-, quién no preferiría ser tenaz y brillante en vez de inconstante o metepatas. Pero puede ocurrir también que, por carecer de capacidad de autocrítica, uno ni siquiera sea capaz de conocer sus puntos débiles. Como soy más bien hipercrítica en lo que a mí concierne, siempre he tenido ojo clínico para detectar mis más horribles torpezas. En concreto, son dos las que me han amargado la vida. la pereza supina unida a una inseguridad crónica.

Bueno, ahora que ya saben lo peor sobre mí, voy a contarles de qué manera estos dos defectos me han sido muy útiles en la vida. Por supuesto, no soy la única en sacar provecho de sus taras. Según un proverbio chino, cuando Dios desea enviar desastres sobre los humanos, los llena de virtudes para ver cómo sobreviven a ellas. En cambio, cuando los quiere bendecir, los dota de defectos.

Algo así le ocurrió, por ejemplo, a cierto estudiante pecoso y más bien bizco que no tenía el menor éxito con las chicas. No ligaba un colín, así que se le ocurrió crear una red de contactos. En la actualidad esa red se llama Facebook, tiene 2167 millones de seguidores y Mark Zuckerberg es uno de los hombres más ricos del mundo. Algo parecido le ocurrió a un oscuro militar nacido en una isla remota que llegó a París allá por finales del siglo XVIII. Bajito, acomplejado y con las botas agujeradas, no causó gran impresión en los salones, donde lo apodaron el Alfeñique mientras se reían a sus espaldas. Y más aún cuando se enamoró de una mujer mayor a la que escribía penosas cartas suplicándole que no le fuera «demasiado infiel». Su nombre era Napoleón Bonaparte y, para demostrar quién era, conquistó media Europa.

Si a la lista de fiascos añadimos que Leonardo da Vinci, según se ha descubierto en recientes estudios, era disléxico; Graham Bell, el inventor del teléfono, el peor de su clase; Edison sufría déficit de atención; y Henry Ford confesaba tener grandes dificultades para leer un libro, espero que vean de qué les hablo. Los defectos son más útiles que las virtudes. Alguien lleno de ellas se duerme en los laureles y no llega a nada. En cambio, otros con mil impedimentos se rebelan contra ellos y casi siempre ganan. En mi caso, y como antes les decía, les debo todo a dos tachas: la inseguridad y la pereza. Ya les he comentado alguna vez que yo era (y sigo siendo) ridículamente tímida. Fui ese tipo de niñas que, cuando alguien las mira, tartamudea y tropieza con la alfombra. Un número. Por eso, en vez de tener amigas, tenía libros; en vez de socializar, prefería escribir, y así empezó mi carrera. A mi maldita inseguridad le debo también el haber trabajado duro. La frase que más me repetía de joven era esta: «Te apuesto a que no puedes», y por supuesto podía. Porque competir con otros está muy bien y da buenos réditos, pero competir con uno mismo obra milagros.

Otro acicate muy eficaz en mi caso ha sido la pereza. Si por mí fuera, no haría nada en todo el día. Mi plan favorito es tirarme en un sofá y olvidarme del mundo. Pero como me parece deplorable ser una vaga redomada, ni se imaginan las cosas que he hecho para no serlo. Si les cuento todo esto no es porque esté orgullosa de mis logros ni porque quiera ponerme de ejemplo. Lo comparto con ustedes porque he tardado mucho en darme cuenta de lo útiles que son los defectos. Si lo hubiera descubierto antes, tal vez les habría sacado aún más provecho. Ahora que tengo nietos, los observo y me pregunto: ¿qué partido le sacará este a ser flojo en matemáticas, y el otro a ser patoso, y el de más allá a cantar como una rana?

En la actualidad se lleva mucho tratar que los niños no se traumen, por lo que, al que canta como una rana, rápidamente le regalan un piano y le hacen creer que es Pavarotti. Yo soy más partidaria de la receta Picasso. Contaba él que su padre, al descubrir que tenía dificultades para leer (por lo visto también era disléxico), desafiando el criterio de todo su entorno, que propugnaba eso de «la letra con sangre entra», decidió estimularlo para que emprendiera la misma senda que Leonardo, ese otro disléxico genial.

© XLSemanal

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