miércoles, 20 de noviembre de 2019

Resucita el improbable mito de la Patria Grande


Por Loris Zanatta

Llegó la hora del "Grupo Progresista Latinoamericano": el Grupo de Puebla promete unir a América Latina, realizar la Patria Grande. Tan pronto como fue elegido, Alberto Fernández corrió a México para abrazar a Andrés Manuel López Obrador: ¿quiénes, más que un peronista heredero del sueño panlatino del viejo general y un nacionalista mexicano descendiente de la Gran Revolución, tienen título para triunfar donde todos han fallado? Bueno, pues ellos también fallarán. Si la historia enseña algo, es fácil prever que fracasarán y explicar por qué.

Comencemos con el Grupo de Puebla: nacido en julio pasado, se presenta como "un espacio de reflexión". Sin embargo, en su documento fundacional no hay sombra de "reflexión" alguna; nunca leí nada más anodino, nunca vi tan pocas nueces por tanto ruido. No me lo explico; los "progresistas" latinoamericanos tienen intelectuales de talla; ¡podrían haberse esforzado un poco más! Pero no: pura propaganda, una lista de sueños; ¿quién no desearía "erradicar el hambre", "garantizar una educación y salud pública de calidad", una "vivienda digna", un "modelo económico de crecimiento con inclusión", "acabar con el narcotráfico"? El punto es: ¿cómo?, ¿con qué recursos?, ¿con cuáles medidas? Sobre eso, nada; silencio. Lamento decirlo, pero aquellos enunciados son solo demagogia barata.

Sin embargo, eso no es todo. El Grupo de Puebla denuncia "la ola de gobiernos neoliberales", culpables de "debilitar el Estado de Derecho". ¡Pobre Estado de Derecho, siempre tan maltratado en América Latina! Un gobierno "neoliberal" es el de Bolsonaro: contra su voluntad, la Corte Suprema brasileña acaba de liberar a Lula; ¡buena noticia por el Estado de Derecho! Otro gobierno "neoliberal" es, supongo, el peruano: allí el Poder Judicial ha condenado a un presidente tras otro; se diría que el Estado de Derecho funciona bastante. ¿Y el gobierno de Macri? Se le pueden endilgar muchas cosas menos haber debilitado el Estado de Derecho, especialmente si se lo compara con el gobierno que lo precedió.

Mientras tanto, el Grupo de Puebla era celebrado con alegría en Caracas y La Habana, donde el Estado de Derecho no existe; apoyado por Evo Morales, que acababa de realizar un clamoroso fraude electoral, y por Rafael Correa, quien se burló del Estado de Derecho en varias ocasiones. Es como tener un tigre en el jardín y quejarse del gato del vecino. Para aquellos que, como yo, esperamos que algún día nazca un frente progresista moderno en América Latina, se trata de una decepción más, porque vuelve la habitual sopa recalentada, un refrito indigesto, sin una pizca de autocrítica, sin ningún análisis serio. Es el ALBA chavista con otro nombre y nueva ubicación.

Pero su previsible fracaso dependerá de una razón más profunda. Si estudiaran la historia por lo que es, no por lo que quieren creer que fue, los "progresistas" latinoamericanos comprenderían que están tomando el mismo camino que en el pasado los llevó a chocar. Porque pretenden, una vez más, basar la Patria Grande en factores ideológicos y no sobre intereses concretos; basarla en la idea romántica de "pueblo" en lugar de la idea liberal de "ciudadanía"; en una "esencia" moral en lugar de una "forma" institucional, pero las casas no se construyen empezando por el techo.

Lo llaman "integración", pero piensan en una "fusión"; la integración es un pacto entre diferentes; la fusión es un haz de iguales, una comunidad de fe. Piensan que para unir a América Latina todos deben convertirse en "progresistas", los gobiernos deben ser del mismo color, clones de un modelo común; que todos deben unirse para combatir el "enemigo eterno": liberal, neoliberal, posliberal. Era lo que pretendía Perón cuando intentaba exportar el peronismo; Castro, cuando trataba de exportar la revolución con las armas; Chávez, cuando usaba el petróleo para construir el ALBA. ¿Cuál fue el resultado? Perón llevó a la Argentina al aislamiento, Castro llevó a Cuba a la corte de Moscú, el ALBA es una masa de escombros.

Obviamente, les escapaba a ellos entonces lo que le escapa hoy al Grupo de Puebla: nunca lograrán esa unanimidad. Tampoco sería apropiado que la lograran, ya que nada como la unanimidad para matar el progreso y la libertad. La Unión Europea tiene mil defectos, pero también un gran mérito: garantizó la paz y la prosperidad en un continente plagado por odios tremendos. La clave de este éxito fue la coexistencia entre diferentes: liberales y socialistas, conservadores, comunistas, etcétera, no la fusión de iguales. ¿Por qué América Latina debería ser distinta? ¿Acaso porque tiene historia, idioma y religión en común, como afirmaban Perón, Castro y Chávez? Que lo digan, entonces: la Patria Grande es la hija legítima del imperio español; nada mal para un frente "progresista".

Parecería una broma, pero no lo es. Porque allí, precisamente, radica el remoto origen cultural de esta pretensión de unanimidad ideológica, de fe compartida. Es una forma de imperialismo; implica la idea de que una fe -la fe de los "progresistas"- tiene en virtud de su superioridad moral la misión de convertir a los herejes y que estos, una vez aprendida la verdad, saldrán de la oscuridad. El mito de la Patria Grande es el mito imperial panlatino.

No puede funcionar, porque la pluralidad expulsada por la puerta volverá a entrar por la ventana; porque no hay otra alternativa que convivir con los diferentes sobre la base de reglas e instituciones compartidas. Los "progresistas" acusan a la "derecha neoliberal" de demonizarlos: tienen razón, pero la demonizan a su vez. Si aquellos que no son "nacionales y populares" son "coloniales", como solía decir un famoso jesuita, ¡derrotar a los "neoliberales" equivale a descolonizar! Sucede entonces que un nuevo presidente celebre la victoria afirmando que "el gobierno volvió a los argentinos": una frase digna de un Mussolini, un insulto a la inteligencia.

Si esto es así, no resulta tan difícil imaginar el futuro. Continuarán existiendo dos ideas incompatibles de América Latina, en lucha perpetua entre ellas, gobiernos "liberales" y gobiernos "populares nacionales" incapaces de coexistir, y a cada triunfo de una coalición seguirá la reacción de la otra, por un mecanismo lógico y fisiológico de equilibrio de poder. ¿Integración latinoamericana? Un mito en el que nadie cree realmente.

© La Nación

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