lunes, 18 de noviembre de 2019

Nuestros nonagenarios

Por Guillermo Piro
Este año cumplieron 90 años tres intelectuales y escritores que a su modo, que siempre es un poco improbable, tuvieron, en distintos momentos, una importancia grave (pesada) en mi vida y en la vida de muchos otros. Milan Kundera y George Steiner los cumplieron en abril, y Hans Magnus Enzensberger los cumplió el lunes pasado. No solemos dedicar este espacio a la alabanza incondicional de la gente que piensa y escribe, por la sencilla razón de que la gente que piensa y escribe suele ser más proclive a despertar risas que alabanzas, pero hoy haremos una excepción, porque se trata de tres escritores particularmente versátiles y cosmopolitas, que son la predilección, según un amigo mexicano que tengo, de los porteños.

Naturalmente los unen a los tres ciertas coincidencias: haber nacido en el centro de Europa, haberla visto destruida a los 20 años, haber crecido con la doble amenaza del comunismo y el nazismo, haberse convertido rápidamente en exiliados, haber atravesado géneros literarios, lenguas, estilos y naciones, y no haber recibido el Premio Nobel.

Kundera, checo emigrado en París, se hizo célebre con su primera novela, La broma, en la que un joven comunista checoslovaco, en una postal, le escribe a su amiga “¡El optimismo es el opio de los pueblos! ¡El espíritu sano hiede a idiotez! ¡Viva Trotsky”, y esa postal es interceptada y el pobre Jahn resulta expulsado del partido y de la universidad, recluido en un regimiento militar destinado a disidentes y después a tres años de trabajo en las minas de carbón de Ostrava. Una existencia arruinada por un gesto frívolo, sentimental y humorístico llevado a cabo en un país que no estaba para bromas. Naturalmente Kundera escribió otras cosas, pero nada tan bueno como La broma y alguna incluso particularmente insoportable, como La inmortalidad. Pero esas bromas más o menos siniestras, esos Estados totalitarios tratando de reducir todo a sus dogmas, reaparecen en el primer cuento del Libro de los amores ridículos y en La vida está en otra parte.

En esto Kundera se parece mucho a Enzensberger: para el alemán también es imposible enderezar el curso de la historia. Si en el panteón de Kundera están Musil y Broch, en el del autor de Mausoleo está Diderot. Enzensberger es transparente y económico, porque está convencido de que la descripción de la confusión no debe ser forzosamente confusa. Difícil decidir en qué forma se expresa mejor: ensayista en verso (El hundimiento del Titanic), escribe de historia y filosofía a través del teatro (El filántropo), y detrás de la crónica oculta el relato o el ensayo (¡Europa, Europa!).

Coincide con Kundera al intuir que en una sociedad saturada de furores extremistas y abstractos no hay nada más desmitificatorio que el sentido común. Es experimental, pero le gusta la divulgación. Detesta la información excesiva y se niega a novelar la crónica: es de los nuestros.

Steiner dice en varias partes, pero sobre todo en
Presencias reales, algo que también podría haber dicho Enzensberger: “Deshazte del libro secundario”. Toda la enseñanza de Steiner puede resumirse en esa frase, y podría parecer poco, pero no lo es proviniendo de alguien que durante más de medio siglo no hizo otra cosa que tratar de liberar a la tradición cultural de Occidente de las incrustaciones parásitas de la charlatanería académica y periodística. Pero se contradice, porque al mismo tiempo que restaura la idea de que las obras capitales deben ser leídas “sin intermediarios”, Steiner nunca deja de cargarse al hombro el enorme depósito de comentarios y notas al margen y al pie que de esa tradición es inseparable.

Gracias, señores, y que cumplan muchos más.

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