sábado, 23 de noviembre de 2019

La única prioridad cierta de Alberto Fernández

Alberto Fernández
Por Héctor M. Guyot

En la radio, en la tele, en los diarios. En la calle, los bares y las casas. En todos lados se habla del gobierno que asumirá el 10 de diciembre. Se tejen a su alrededor las conjeturas más variadas. Pero lo único que sabemos es que el juego escapa a toda lógica. La enigmática figura del presidente electo habilita tanto la hipótesis A como la B. También la C y hasta el abedecedario entero.

Es que Alberto Fernández es capaz de decir esto, aquello y todo lo contrario con una retórica dúctil al servicio de las circunstancias y la convicción de un hombre persuadido. Uno puede elegir cualquiera de sus versiones y a partir de ella imaginar un cierto tipo de gestión. Las posibilidades son infinitas. Es lícito concluir también que el verdadero Fernández se esconde detrás de todas esas máscaras. Hasta ahora, se mueve como un actor que se debe a su público. Y no parece casualidad que le haya dedicado sus mejores parlamentos al kirchnerismo, que lo observa desde la primera fila.

Esta semana, la irrupción de los nombres que integrarían su gabinete agitó aún más la danza de las expectativas. El perfil de esos candidatos ofrece otra clave para anticipar qué tipo de políticas llevará adelante la próxima administración. Una fiesta para las tertulias de los medios, que deben llenar horas de aire. Todo muy entretenido, pero en medio de tantas especulaciones parecemos dispuestos a olvidar que el acuerdo cerrado entre los dos compañeros de fórmula que fueron elegidos en octubre tiene un objetivo principal, impuesto por la dueña de los votos y aceptado por quien ha sido puesto en escena y ha de vivir, al menos por ahora, del aplauso de su público. Ese pacto no es otro que consagrar la impunidad.

No hay que romperse la cabeza con acertijos inútiles: nos guste o no, he ahí una prioridad del presidente electo cuando se ponga en funciones. En esto ha sido claro. Hay que revisar las "barbaridades jurídicas" de los jueces que llevan adelante las causas de corrupción contra la expresidenta y sus viejos compañeros de gabinete. Lo dijo con marcada indignación. La misma con la que antes había denunciado públicamente a Cristina Kirchner. De A a B, sin transiciones. De una máscara a la otra. En la operación rescate no faltarán la retórica dúctil ni la convicción bien impostada. Esta semana, el Papa le dio una inapreciable ayuda al futuro presidente con su discurso del lawfare, una llave para victimizar a los corruptos. En este país sin memoria, que siempre mira en la dirección en que sopla el viento, es posible que todos acabemos debatiendo sobre filosofía del derecho y el sexo de los pájaros mientras todo lo actuado en los tribunales durante estos años se desvanece en el aire. Que los hechos de corrupción (cuadernos, Hotesur, la ruta del dinero y siguen las causas), tan concretos y a la vista, no lo permitan.

¿O acaso hay que aceptar que estas investigaciones judiciales, muchas con pruebas contundentes en los expedientes, caigan mediante argumentos falaces para que los que participaron del saqueo recuperen su libertad o permanezcan libres y hasta se dediquen, en esta vuelta triunfal, a sacar adelante al país? ¿Será posible hablar y debatir sobre los nuevos programas en áreas como educación o economía, o de la muy urgente lucha contra el hambre, en fin, de las políticas que ensaye el nuevo gobierno, sin que eso signifique una forma de olvido que le permita al presidente electo entregarse sin demora a la tarea para la cual se dispone a asumir? ¿O podremos darle un crédito al inicio de su gestión al tiempo que le marcamos límites al operativo impunidad? ¿Y cómo impedir, por otra parte, que esa aceitada maquinaria de exacción de bienes públicos no vuelva a funcionar como en sus mejores tiempos? Hay demasiados lobos al acecho. El kirchnerismo, que vive de las contradicciones, habla de lawfare pero no quiere "ficha limpia".

Lo cierto es que Alberto Fernández jamás mostró convicciones que permitan presumir o adivinar el sentido de sus actos. Acaso las tenga, pero en su vida pública siempre se ha mostrado como un pragmático capaz de adaptarse a las demandas de cada circunstancia, tal como dejó en evidencia la serie de piruetas discursivas que en este país generoso le significaron el dudoso honor de volver al poder con los votos de un kirchnerismo que no ha ensayado la más mínima autocrítica sobre los desvaríos de su pasada gestión. De cualquier manera, el presidente electo tendrá su oportunidad de demostrar que su lealtad no está con el pasado, sino con el futuro. Que no es una marioneta comandada por los hilos que manejan dos o más titiriteros de ideas enfrentadas. Y que no hay pacto más fuerte que el que se sella cuando se jura por la Constitución.

© La Nación

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