sábado, 19 de octubre de 2019

Gracias a Menem

Por Roberto García
Justo unas pocas horas después de que Cristina vociferara contra los neoliberales y, en su discurso incluyera al gobierno de Carlos Menem —la misma administración que alabó su marido y le concedió a Santa Cruz beneficios impensados—, Alberto Fernandez llamó por teléfono al ex Presidente y le agradeció la gentileza de que le hubiera dejado un mensaje de felicitación por su triunfo en las PASO. Retrasado como siempre, aunque cumpliendo con la buena educación y costumbre.

El candidato, también manifiesto antimenemista aunque sirvió a ese gobierno en la cercanía de Domingo Cavallo, mantuvo un dialogo cordial con el riojano, se cruzaron elogios y recomendaciones, comprobó que Menem conserva cierta plenitud mental en relación con sus dificultades físicas para desplazarse. No era casual la fecha, ni el momento, revelando ese llamado una fuerte diferencia de criterio con su compañera de fórmula, quien ese día l7 de octubre casi ni aludió a Perón en la recordación y ademas formuló criticas a gobiernos propios mientras Alberto, luego, reparaba esas furias y le reclamaba unidad a todo el movimiento justicialista. Obvio: se advierte una discordia entre los dos miembros del binomio y, como en cualquier matrimonio, habrá varias enciclopedias por escribir al respecto. Baste señalar un reciente y solícito consejo maternal que anticipa ese cuantioso volumen editorial: “Hay que decirle que baje el copete”.

Frente amplio. Alberto parece olvidar más que Cristina, inclusive le atribuyen la promoción de vínculos con gente que supo estar en un gobierno opositor. Como carece de cierto respaldo profesional en materia económica, dicen que ha conversado con el primer ministro de Macri en esa área: Alfonso Prat Gay. Mas de uno lo imagina invitado para colaboraciones específicas, tipo embajadas. En rigor, ambos guardaron amables relaciones cuando Néstor Kirchner lo cuestionaba a Prat Gay al frente del Banco Central. Algo semejante sostiene Alberto con Martín Redrado y, seguramente, también se recuerda que fue el quien acercó a Martín Lousteau a Cristina. Son gente de otros sectores, en general también dispuestos a ofrendarse. Luego de los comicios se sabrá si estas actitudes flexibles fueron producto del proselitismo actual o una apertura aglutinante que, por ejemplo, implique algun convite como el de Raul Alfonsín a Italo Luder luego de vencerlo y ofrecerle la titularidad de la Corte Suprema. Se supone que ese antecedente no ocurrirá con Macri —es notable la tirria que exudan los FF con el Presidente que los desprecia— pero alguna generosidad política le podrían extender a Pichetto. Tal vez. Si hasta Cristina, más memoriosa que el Funes de Borges, se olvidó de sus rabias interminables y se abrazó anteayer con el pampeano Carlos Verna, a quien odió siempre en el Senado —lo consideraba el jefe de la banda de muchos complicados en la Banelco, aunque Néstor omitió complicarlo porque era gobernador— y con quien se despellejó instalándole candidatos de La Cámpora en la provincia, exilando a un amigo de la familia (el ex senador Tito Fernández) e involucrando a Carlos Zannini en la reyerta. Pasiones, rencores, hipocresías y reencuentros antes de los comicios en el dúo que mejor se perfila para el otro domingo.

Para el oficialismo, en cambio, las condiciones electorales ya se han vuelto una conspiración, una venganza de los elementos.

Simple: l. En un distrito donde no le conviene la segunda vuelta (CABA), quizás será obligado a tenerla. 2. En el orden nacional, donde necesita alcanzar la segunda vuelta para seguir con vida, los límites constitucionales parece que le impiden llegar.

Paradoja de las normas. En un ámbito, Rodriguez Larreta sería feliz si no lo obligara el regimen a cosechar 50% de los votos para consagrarse, y lo habilitaran como en la Nación con el 45% para zafar del ballotage. Al contrario de Macri que, en la jurisdicción mayor, tropieza con una restricción más benigna para sus rivales: los Fernández, que han arañado el 50% en las primarias, solo requieren del 45% en la primera vuelta del otro domingo para ocupar la Casa Rosada. Ni se menciona en estas penurias el gobierno el caso de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires: allí ni se contempla por ley una segunda vuelta, gana el más votado por apenas un voto. Kaput entonces.

Estas múltiples diferencias en las condiciones electorales no son nuevas, ni responden a un tenebroso complot peronista, son parte de intereses políticos pasados. Como en el caso de la Constitución Nacional, introducido con astucia por el menemismo en la reforma constitucional del 94, más precisamente en el “núcleo básico” de la reelección que se acordó previamente con Raúl Alfonsín para la Convención de Santa Fe.

Como se recordará, Alfonsín consintió el acuerdo porque prefería otros cuatro años de Menem en lugar de seis de Duhalde, ya que entonces consideraba perdidosa a la UCR. En las postrimerías del acuerdo, en un departamento de la avenida Alvear, reunidos Berhongaray, Paixao, Eduardo Menem, Bauzá y Corach, este incorporó en el regateo por el ballotage impulsado por los radicales -figura que ya había utilizado el correligionario Arturo Mor Roig en la administración de Lanusse— la novedad del 45% en lugar del 50% en la primera vuelta como porcentaje suficiente para elegir al Presidente, sin necesidad de recurrir a una segunda instancia.

Alfonsín aprobó porque su prioridad era servirse del ballotage para ganarle al peronismo en una segunda vuelta, considerando que el no peronismo era mayoría. A su vez, los menemistas incluían lo del 45% porque siempre habían merodeado esa cifra en comicios anteriores y pensaban servirse de ella. Negociación conveniente para las dos partes, presuntamente. Quizás, si ahora Macri mejora y achica diferencias para el domingo 27, los FF ganen y sean gobierno sin alcanzar el 50% en una segunda vuelta gracias al detalle del 45% que Menem encajó en la Constitución para la primera. Anteanoche, Alberto le debió agradecer al riojano aquel servicio impensado.

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