miércoles, 14 de agosto de 2019

¿Qué tal si este año veraneamos en Chernóbil?

Por Carmen Posadas
Me encantan los cementerios. Aunque no tanto como a mi hermano Gervasio, que, con diez o doce años, la criatura, antes de salir de viaje, preguntaba a mis padres si en tal pueblo o en tal ciudad había cementerio. Si lo había, y era notable como el de Praga, el de Génova o el Père-Lachaise de París, se estudiaba a fondo el asunto y luego, durante las visitas, nos contaba quién estaba enterrado aquí o allá y nos señalaba también los monumentos o panteones más renombrados.

Antes de que saquen la conclusión de que los Posadas somos como la familia Adams y dormimos cada uno en nuestro particular sarcófago, les recordaré que la muerte ha sido siempre fascinante. Tanto que se la puede considerar generadora de no poca belleza. Porque al fin y al cabo ¿qué sino su culto erigió las Pirámides y el Taj Mahal, inspiró el Réquiem de Mozart e hizo brotar las sentidas coplas de Jorge Manrique?

Hay pueblos, como el mexicano, que han hecho a los muertos protagonistas de sus fiestas más populares, mientras que el auge de Halloween en el mundo entero, más allá de modas foráneas, denota el deseo o, mejor dicho, la necesidad de exorcizar miedos, desasosiegos. Si cuento todo eso es para explicar que no pertenezco al creciente número de personas que, por el contrario, pretenden hacer como que la muerte no existe. Es algo bastante frecuente en las sociedades avanzadas. Mientras que cada vez se cree más en espíritus, vampiros y zombis, la muerte intenta obviarse. En los países anglosajones, y en especial en los Estados Unidos, por ejemplo, las personas ya no se mueren, sino que ‘pasan’; they pass away, magnífico eufemismo que evita mencionar ese feo verbo de cinco letras que, por supuesto, y sobre todo, hay que esconder a los niños, no sea que se traumen.

Yo no soy de esa teoría. Al contrario, pienso que la muerte es parte de la vida y que les hacemos un flaco favor a los niños escamoteándoles una realidad que, por otro lado, está omnipresente en la tele, en las películas o videojuegos, en los que todo el mundo palma de la forma más cruel y violenta. Así, poco a poco, se va ficcionalizando la muerte, convirtiéndola en algo virtual, en ese tipo de mal o de horror que solo le pasa a otros, nunca a alguien como nosotros. Como parte de esta ficcionalización y banalización de la muerte, se ha puesto de moda el llamado ‘tanatoturismo’ o ‘turismo oscuro’, que consiste en organizar viajes a lugares con un pasado luctuoso.

En 2018, por ejemplo, más de dos millones de personas visitaron Auschwitz, y se espera que este año Chernóbil, reciente incorporación al turismo oscuro, supere la cifra de cien mil. Pero el tour con más morbo tal vez sea el War Hostel de Sarajevo, donde el turista podrá dormir en un hotel en el que se recrean todas las circunstancias de la guerra que sufrió aquella zona del mundo, es decir, se invita a los huéspedes a pasar una semana sin luz ni agua corriente y con la comida racionada.

Hay quien opina que estos viajes son ‘educativos’ porque, supuestamente, sirven para comprender el sufrimiento que padecieron personas menos afortunadas que nosotros. Yo tengo mis dudas. Colgar en Instagram fotos fingiendo meter la cabeza en un horno crematorio ¿ayuda a empatizar con el dolor ajeno? Y hacerse un selfi ante las ruinas de una ciudad devastada por un accidente nuclear ¿nos hace más sensibles, humanos, solidarios? Dirán ustedes que tampoco hay tanta diferencia entre el tanatoturismo y mi afición por los cementerios y los monumentos funerarios. Pero yo creo que existe una, y muy notable, la misma que existe entre fotografiarse junto a la Pietà, de Miguel Ángel, o junto a un horno crematorio. Que el ser humano desde los albores de la historia ha buscado mil formas de asimilar la idea de la muerte es más que evidente. Pero hay modos y modos de hacerlo y me parece a mí que fingir por un lado que no existe y por otro intentar trivializarla y banalizarla no es el camino más inteligente para conseguirlo.

© XLSemanal

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