domingo, 28 de julio de 2019

Una pobre alegoría de la impotencia

Por Guillermo Piro
Hay un pasaje bastante irrelevante al final del Nombre de la rosa, de Umberto Eco. Para mí es una escena central, pero en todos los años que vengo oyendo hablar de ella y de sus momentos cumbre, nunca me tocó compartir la misma admiración por ella. Está sobre el final, cuando se incendia la abadía. Adso de Melk, el narrador, observa la escena desde el exterior, y lo que ve es a Guillermo de Baskerville que aparece de pronto con el rostro chamuscado, el hábito humeante y una gran olla de agua en las manos, tratando se subir la escalera que lo llevaría a la biblioteca en llamas.

Adso recuerda las Confesiones de San Agustín, cuando el padre de la iglesia ve a un niño que trata de trasvasar el agua del mar con una cuchara. Ese niño, dice San Agustín, era un ángel, y mientras hace eso se burla, sin haberlo pretendido, del santo, que pretendía penetrar los misterios de la naturaleza divina.

Todo esto es de un catolicismo que abruma: es la intención que tiene la persona en el corazón lo que verdaderamente importa, solo Dios puede ver lo que ocurre en el corazón de los hombres. Lo que hacemos debe originarse en intenciones virtuosas. Esto es más importante que las consecuencias mismas de nuestras acciones, ya que Dios ve en lo profundo de nuestros corazones, muy por encima de la opinión de los hombres sobre nuestros actos. Y no hay que preocuparse tanto por cómo luzcamos frente a los demás, ya que no son ellos quienes nos juzgarán cuando llegue el momento de sopesar nuestra vida.

El motivo por el que, a diferencia de muchos, no me produce rechazo, malestar ni violencia el uso del lenguaje inclusivo es que creo que lo que mueve a quienes lo practican es una larga serie de cosas que me resultan tentadoras por lo justas. El problema es que al mismo tiempo ponen de manifiesto una serie de ignorancias respecto de cómo funciona, se genera, se transmite y se usa una lengua, ignorancias que no hacen más que acrecentar el carácter angelical de los que lo usan.

No hablo con ironía. Roland Barthes, que de estas cosas sabía más que muchos, lo dijo con claridad en La lección inaugural: “La lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista, porque el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”.

Los caminos que llevan a que en una lengua determinado giro, palabra, modo o regla sea corregido y aceptado no dependieron nunca –al menos en la historia de la humanidad, que lleva más de 300 mil años– de la expresa voluntad de los hablantes, y menos que menos de sus buenas intenciones. Siguiendo con Barthes: “En la lengua, servilismo y poder se confunden ineluctablemente. Si se llama libertad no solo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces solo puede haber libertad fuera del lenguaje”.

Volviendo al Nombre de la rosa, ante aquella pequeña escena que describí al comienzo, Adso siente pena y califica el cuadro que acaba de ver como una “pobre alegoría de la impotencia”. Aquella vez el propio Guillermo toma conciencia de lo irracional de su empresa y, deteniéndose, dice: “Es imposible. Nunca lo lograremos”. Esa breve alocución indica el preciso momento en que Guillermo de Baskerville deja de ser un ángel para convertirse otra vez en un ser humano.

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