domingo, 2 de junio de 2019

Pintores de batallas rusos

Por Arturo Pérez-Reverte
Leer Un caballero en Moscú, de Amor Towles, en una habitación del hotel Metropol cuya ventana da al Kremlin no es de las peores experiencias que recuerdo. 

Y más en estos días en los que los ruskis conmemoran el aniversario de su Gran Guerra Patria; cuando le partieron, a un costo terrible, el espinazo a los ejércitos de Hitler. 

Para completar el asunto hace buen tiempo, los cócteles del bar son formidables, el cangrejo del restaurante Bolshoi es insuperable, y las calles moscovitas tienen ambiente festivo, con niños y señoras tocados con la pilotka, ese gorro del soldado ruso con la estrella roja que usaba la infantería soviética en la Segunda Guerra Mundial, y que hoy es tradición recuperar, luciéndolo con orgullo por las calles; lo que da a los críos una simpática pinta de soldadito Iván y a las señoras, con sus trenzas rubias y sus ojos claros, un aspecto estupendo de partisanas entre abedules con el subfusil PPSh41 colgado del cuello.

Coincido aquí con Augusto Ferrer-Dalmau, el pintor de batallas español, que ha venido a presentar un cuadro suyo en el museo militar de Moscú; allí donde, como pieza magna, está el águila de piedra del Reichstag berlinés, rota en pedazos y rodeada de grandes urnas de cristal con seis mil cruces de hierro capturadas a las tropas nazis durante la guerra, formando un conjunto de una justificadísima chulería patriótica orquestada con tan mala leche que, si yo fuera alemán y viera eso, me pegaba un tiro de pura vergüenza. Detalle que, desde luego, resulta útil recordatorio de que no siempre la raza aria tuvo el simpático rostro de abuelita Paz que hoy muestra frau Angela Merkel en los telediarios.

El caso es que, gracias a Augusto y sus contactos bolcheviques, o lo que sean ahora, conseguí visitar hace unos días el legendario taller Grekov. Y digo legendario porque, a ochenta y cinco años de su fundación, el Grekov sigue siendo un lugar impresionante, catedral de la pintura histórica de este viejo y sufrido país. La idea original, y para eso nació el taller, era crear un espacio donde los mejores pintores rusos, soviéticos entonces, pudieran trabajar en obras que representasen momentos importantes; no sólo soldados y batallas, sino también ciudades, puertos, paisajes donde la historia hubiese dejado huella a través de los siglos.

Recorrer las salas y talleres del Grekov es inolvidable. Allí trabajan los mejores escultores y pintores de asuntos históricos, tanto para museos y ministerios como para empresas privadas y particulares que desean un cuadro o una escultura. También para ayuntamientos y corporaciones que destinan las obras a dependencias oficiales o a decorar parques y carreteras. Así, cada cliente pide lo que desea, y cada artista lo aborda con plena libertad. Eso produce ingresos nada despreciables que, unidos a la ayuda del ministerio de Defensa, mantiene vivo y activo el taller, convertido en formidable escuela donde los jóvenes pintores interesados en la historia de Rusia aprenden de los grandes maestros vivos y también de quienes los precedieron. Hasta cuadros e iconos se restauran allí.

Insisto: visitar el Grekov es toda una experiencia. Lleno de maquetas, proyectos y obras en ejecución, el recinto huele a pintura fresca, yeso, mármol a medio trabajar, bronce recién fundido. Huele a la historia que los escolares visitarán en excursiones colegiales, aprendiendo más sobre sus abuelos y tatarabuelos: batallas napoleónicas, revolución rusa, guerras mundiales y conflictos modernos alternan con paisajes y retratos de todas clases. Y no se trata sólo de gloria y fanfarria nacional. Hay obras que exaltan lo patriótico, por supuesto. La vieja Unión Soviética tuvo mucha tradición en eso. Pero abundan también las realistas y críticas que muestran el dolor, el desastre, la muerte, el sufrimiento y el sacrificio. La secular tragedia, las luces y sombras de la larga y compleja memoria histórica rusa.

Si viajan a Moscú, búsquense la vida e intenten visitarlo. Sobre todo porque en España es imposible un sitio como ése. Hace poco, cuando Augusto Ferrer-Dalmau, uno de los autores de pintura militar más reconocidos del mundo, se ofreció gratis al ministerio de Defensa español para crear un taller como el Grekov, con objeto de formar a jóvenes artistas de temas históricos, la respuesta fue que no, gracias. Ya tenemos mucha pintura de esa clase, dijeron. Y si permiten que me tire el pegote, diré que yo mismo le había pronosticado a Augusto exactamente eso, aunque imaginarlo no tuviera ningún mérito. Estamos en España, ya saben. La de la memoria histórica según y cómo. Para prever semejante respuesta no hacía falta ser adivino.

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