domingo, 2 de junio de 2019

Ensayos y susurros en la mesa chica

Por Jorge Fernández Díaz
Sostiene Eco que los intelectuales no resuelven las crisis, más bien las crean. La boutade le calza perfectamente a Durán Barba, que a esta altura se ve a sí mismo como una mezcla de Malraux y Alvin Toffler. Su negocio personal siempre ha consistido en no desmentir que la verdadera inteligencia de la actual coalición gobernante reside en sus pequeñas células grises (como diría el rollizo y ampuloso Poirot), pero últimamente ha agregado a ese cuento la vanidad intelectual y el afán de notoriedad mediática, ingredientes que no se llevan muy bien con el rol de discretísimo asesor táctico de campaña.

En una entrevista con el diario brasileño O Globo, don Jaime no resistió la tentación de pasarse de listo y anunciar que Macri "decepcionó". Tampoco en instalar la ocurrencia de que su pupilo podría eventualmente desistir de la candidatura y de que falló con la economía: "Pensé que caminaría bien", dijo, como si él mismo se sintiera desilusionado. Por las dudas, metió en su argumentario la idea de que esa inepcia quedará finalmente eclipsada por el miedo a Cristina Kirchner, pobre resignación entre malos y peores que podría colegir un analista político independiente, nunca un profesional del petit comité. A este sincericidio de la soberbia se sumó el inefable señor Cornejo, quien antes de sufrir un revés en la convención radical sugirió que Macri no era un buen candidato, que tal vez Vidal podría reemplazarlo y que incluso quizás deberían desechar la marca Cambiemos. Tienen facilitados los hermanitos Fernández y el joven Kicillof los debates preelectorales: solo deben llamar al estrado al gurú de Macri y al presidente de la UCR; a confesión de partes, relevo de pruebas. A esto deberíamos adicionar la acción silenciosa e irresponsable de ciertos economistas de tenue filiación radical y fuerte resentimiento personal con Balcarce 50 que demuelen off the record el programa económico. Y la crónica incapacidad del oficialismo para salir al ruedo, desarmar zonceras públicas y disputar sentido: los consejos del ecuatoriano son aquí también fundamentales; no hay que darle importancia al "círculo rojo", Mauricio, vamos mejor con el WhatsApp. Recordemos que el "círculo rojo" es todo el universo politizado, y que ese nutrido segmento de ciudadanos incluye a la televisión, y que todo esto sucede luego de la autoproclamación de la Pasionaria del Calafate como candidata a la vicepresidencia, episodio monárquico que produjo escalofríos incluso entre los más desencantados: mucha gente necesita ahora argumentos para regresar al redil de Cambiemos; el fenómeno se ve en las encuestas, en las calles, en las redes y en los ratings. Pero el Gobierno parece distraído con esa demanda.

Las declaraciones de don Jaime no solo resultaron funcionales al kirchnerismo; también restituyeron las dudas acerca de las máximas candidaturas, puesto que erradamente se toma al futurólogo como un vocero cabal de la Casa Rosada. Las conclusiones fueron entonces lógicas: Macri piensa abdicar y el "plan V" resucita. El punto se conecta con aquel encuentro que Felipe González mantuvo con el jefe del Estado en Olivos. El socialista se mostró allí sorprendido por nuestra hipocresía: en España la mayoría de los empresarios, economistas y periodistas sostienen en público lo que dicen en privado; en la Argentina acontece exactamente lo contrario. En su intenso raid por esos ámbitos, Felipe se encontró con múltiples admisiones acerca de que el rumbo tomado por Cambiemos era el correcto, pero también con la recurrente negativa a reconocerlo públicamente para no pagar el costo político en un momento ingrato. Desde afuera -sostuvo González- se ve a un gobierno con dificultades económicas, pero también con un apoyo mundial inédito, en un país que estaba a dos paradas de Venezuela y que cambió de dirección justo a tiempo. Felipe, para ir contra la corriente argenta, repitió en Olivos lo que había dicho en Clarín: "El estado de ánimo hoy es peor que la crisis". Otro punto que lo impresionó fue la idea fija. Que Mauricio se baje y que María Eugenia lo supla. González le aclaró que esa propuesta le parecía un dislate: no existe una experiencia internacional que haya salido bien; quien renuncia a su reelección y delega solo emite hacia la comunidad sensación de fracaso y transfiere a su candidato un halo de derrota. La propia Vidal, cuando cavila acerca de esa hipotética cruzada (el establishment la ha presionado para que fuerce el enroque), no puede sino imaginarse proponiéndose como algo distinto y rebajando así la gestión de su mentor, y llevando implícita en esa forzada pirueta la certificación de que los dos están desesperados. Si presionada para generar expectativas y diferenciarse propusiera, por ejemplo, su propio ministro de Economía, razonablemente la sociedad le pediría a Cambiemos que no esperara a la elección y que lo designara de inmediato. La dinámica de ese mecanismo estrafalario no haría más que destruir una y otra vez las chances serias de la coalición. Luego están los deseos personales de la gobernadora, que consisten en dar la batalla decisiva en su terreno: allí donde se siente segura y puede mostrar los progresos de su administración.

El enigma, a pesar de todo, se terminó de elucidar esta semana, cuando en distintas reuniones se pusieron sobre la mesa nuevos sondeos y distintos simulacros comiciales. De allí surgen, según testigos de primera fila, algunas novedades: la moderada recuperación de la imagen positiva de Macri lleva dos meses consecutivos, producto de la quietud del dólar, la lenta baja de la inflación y el efecto de las flamantes paritarias; también, del rechazo y el pavor que provoca la oficialización de la arquitecta egipcia. Que lleva la delantera por cerca de cuatro puntos. No se puede, con ese guarismo y esa tendencia, afirmar técnicamente que Macri no es competitivo, y a la vez los juegos de laboratorio revelan que Vidal solo mejoraría la performance general en unos cinco puntos. "No se trata del ego, créanme que si mejorara en veinte yo me bajaría", dijo allí el Presidente. Sus adlátares le creen; varias veces lo han oído decir que vive en una "cárcel de oro", que ha suprimido su vida personal y que no tiene derecho ni siquiera a enfermarse, porque todos salen a cacarear entonces que somatiza la frustración y los tropiezos. "¿Saben lo que significaría para mí que pudiéramos retener la provincia y que encima María Eugenia fuera presidenta, y que en unos meses ella me llamara por teléfono para pelotear alguna idea o consultarme algo? -les preguntó retóricamente a sus hombres de confianza-. Eso sería la felicidad total para mí". Pero los números no dan y los estrategas nunca pudieron resolver la otra parte del intríngulis: dejar desguarnecido el principal distrito electoral y a merced del nuevo pejotismo bonaerense. El "plan V" quedó definitivamente cerrado, y alguien mostró una encuesta de agosto de 2015: el 70% afirmaba entonces que ganaba en las urnas Daniel Scioli. Aquella vez lo dieron vuelta. Pero en esta ocasión el desafío es infinitamente más complejo: los errores y las reformas duelen y no se perdonan, y los deformadores originales se presentan hoy como inocentes de cualquier dolor y como aspirantes a curar lo que ellos mismos enfermaron. Tampoco la tienen fácil: el peronismo no necesitaría trabajosamente reunificarse, tragándose toda clase de sapos, si esto pintara como un picnic. Pero esto pinta como una contienda ajustada, y a suerte y verdad, entre dos sistemas de vida.

© La Nación

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