sábado, 15 de junio de 2019

Pichetto, un general en busca de su redención

Miguel Ángel Pichetto
Por Héctor M. Guyot

Entre las definiciones que Miguel Ángel Pichetto dio durante su conferencia de prensa del martes, en su debut como candidato a vice, podría haber deslizado lo siguiente: "Soy un general que se entrega a una causa. Cuando asumo una divisa, la defiendo con fidelidad y disciplina. No discuto las órdenes. Ante los altos mandos, solo cabe cuadrarse y ejecutar. La moral del soldado tiene su épica, pero puede resultar ingrata. El fragor de la lucha, el humo de los cañones, oscurece el campo de batalla. En medio de esa ceguera, se sigue luchando hasta el final. Eso fue lo que hice durante la década perdida. Y sí, ayudé a engendrar un monstruo. Porque eso es el populismo autoritario que pretende barrer la división de poderes y la república. Pero aquí estoy, dispuesto a revertir lo que hice. A enmendarme. Hoy, mi causa es impedir que lo consiga. Y esa batalla la peleo de este lado".

Nadie le exigió al flamante compañero de fórmula de Macri semejante declaración, y acaso no hiciera falta. El problema soy yo. Acostumbrado a leer novelas, me gustan los personajes de trayectorias inteligibles, con cambios que se desprendan de procesos psicológicos estimulados a su vez por experiencias previas. Romanticismo inútil: nada más alejado de la política, que hoy es presente puro. Con suerte y viento a favor, a veces es futuro, como parece ser el caso. La psicología de Pichetto, que como principal espada del Senado durante el kirchnerismo le sacó a la Cristina eterna todas las leyes, es asunto suyo. En las actuales circunstancias, nadie le va a reclamar por su pasado. Lo urgente, lo dramático, es el futuro. Ese que está a la vuelta de la esquina. Pintaba sombrío, tormentoso, y ahora se despejó un poco. A Pichetto hay que pedirle que sostenga la espada con la misma convicción y fidelidad que mostró cuando defendía la causa que ahora combate. Parece convencido. Abrió los ojos hace rato y ahora, en términos perdidamente románticos, va camino a su redención. Lo que todavía no está tan claro es si sucederá lo mismo con el país.

Ante la conformación definitiva de los frentes, alguno señaló que somos todos peronistas. Es verdad que hay herederos de Perón en las tres principales alianzas que competirán en octubre. Pero el dato puede llevar a una impresión falsa. Los muchachos no se están multiplicando. Lo cierto es que la dispersión es consecuencia del cisma que provocó en el partido el fenómeno inédito del kirchnerismo. Asistimos al desarrollo de un proceso que contradice los antecedentes y la tradición. Hay algo nuevo: esta vez el peronismo no va todo junto y de cualquier modo a reconquistar el poder. Esta vez, algunos peronistas han expresado, en gestos y palabras, que recuperar la manija no lo justifica todo. Habrá que revisar el "todos unidos triunfaremos". El kirchnerismo cruzó un límite -varios, en verdad- que otros peronistas no parecen dispuestos a cruzar. El competitivo Frente de Todos en el que Sergio Massa vio el espejismo de su oportunidad personal fue rechazado por muchos.

Uno de los efectos no deseados del kirchnerismo (un daño colateral, desde su perspectiva) es haber parido un peronismo que se define y actúa como democrático. En ellos acaso esté el futuro del partido. Otro efecto de la revolución nac&pop de bolsos llenos y sueños hegemónicos es el modo en que su renovada aspiración de poder reconfiguró el tablero electoral. El sistema de partidos hoy se muestra más desdibujado que nunca. No alcanza para encuadrar las visiones del país en disputa. De allí también la dispersión. Y la polarización, que está justificada. Ante las urnas de octubre, el color de la camiseta dice poco. Lo que está en juego es algo previo a eso. Lo que está en juego son, precisamente, las reglas de juego.

Pichetto lo ha visto claro. Y lo ha dicho con todas las letras: en octubre se vota entre democracia y populismo autoritario. Conoce a la señora y no se va a dejar engañar por el enroque formal de la fórmula. Lavagna parece estar demasiado ocupado mirándose el ombligo. Prescindente, anotó su candidatura como si el sistema en el que piensa proyectarse estuviera garantizado. En campaña, iguala en su discurso al oficialismo y al kirchnerismo. A ese palenque se ató Urtubey. Aunque no sea la intención, esta respetable fórmula es algo más que un canto a la intrascendencia: restándole votos al oficialismo, podría favorecer el triunfo del populismo. Se les podría exigir, a ambos, que no lo hagan: el kirchnerismo fue una creación del peronismo, y el peronismo debe participar de su superación.

Todavía no es tarde. Es lo que entendió justo a tiempo el Gobierno, que ante la necesidad depuso la soberbia y salió de la endogamia.

© La Nación

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