domingo, 5 de mayo de 2019

Las desventuras de un país presidencialista

Por James Neilson
Los encargados del destino de la Argentina se asemejan mucho al esquivo artista callejero británico Banksy que, el año pasado, vendió por más de un millón de dólares una obra de arte que, para asombro de quienes asistían a la subasta, pronto se autodestruyó. El consenso internacional es que el país cuenta con todo cuanto se necesita para ser uno de los más ricos del planeta pero, una y otra vez, sus dirigentes se las han arreglado para mostrarles que se trata de un error imperdonable. 

Han defraudado en tantas ocasiones a los que, impresionados por los recursos materiales y humanos de los que suelen alardear, han apostado a que finalmente logre curarse de la extraña enfermedad crónica que lo ha postrado que es comprensible que, frente al espectáculo que están brindando oficialistas y opositores, hayan preferido esperar algunos meses, acaso años, más antes de comprometerse nuevamente.

Con cierta frecuencia, estudiosos de otras latitudes se confiesan incapaces de entender la pasión autodestructiva que esporádicamente se apodera de la Argentina. ¿Será porque con escasas excepciones sus políticos son personajes insólitamente estúpidos o perversos? Puede que algunos lo sean, pero lo mismo podría decirse de sus homólogos de muchos países que, a pesar de las limitaciones notorias de sus gobernantes, han logrado prosperar, tal vez porque sus habitantes han aprendido a desconfiar de quienes ofrecen soluciones indoloras para todos los males sociales.

A partir de las últimas décadas del siglo XIX, la cultura política nacional se basa en la convicción de que el gran problema de la Argentina es cómo repartir los beneficios que deberían producir las inmensas riquezas que le han tocado. Es en buena medida por tal motivo que los gobiernos, aun cuando sus integrantes saben muy bien que no deberían hacerlo, se sienten obligados a gastar mucho más que la economía sería capaz de generar. Cuando a un presidente se le ocurre rebelarse contra esta tradición suicida, enseguida se hace blanco de los ataques de quienes lo acusan de querer privar a la gente honesta de lo que les corresponde por derecho natural.

Es lo que ha sucedido a Mauricio Macri. Para muchos, hasta el “gradualismo” de los años iniciales de su gestión significó un ajuste brutal inspirado en el “neoliberalismo” que a juicio de la gente solidaria es un credo irremediablemente mezquino, razón por la que le declararon la guerra, mientras que la aceleración reciente de la inflación les parece evidencia suficiente de que cualquier intento de impulsar reformas estructurales será contraproducente. Juran que no les gusta para nada la inflación, pero les gustan aún menos las políticas antiinflacionarias, por timoratas que estas sean.

Pero no sólo es que la cultura política local ha resultado ser incompatible con el desarrollo económico. También es demasiado personalista. A diferencia de aquellos países en que los parlamentarios siempre tienen la última palabra y en consecuencia se ven constreñidos a asumir la plena responsabilidad por los resultados de sus decisiones colectivas, en la Argentina ultrapresidencialista suele darse por descontado que virtualmente todo depende de las características del ocupante de turno de la Casa Rosada.

Así pues, en momentos de crisis como el actual cuando, según los medios europeos y norteamericanos más prestigiosos, la Argentina está tambaleando “al borde del abismo”, todos miran al Presidente en busca de indicios de lo que podría hacer para que no caiga por el precipicio; una mueca de disgusto, una palabra mal pronunciada o un síntoma de cansancio, bastarían como para desatar una corrida cambiaria y un salto del índice de riesgo país.

Igualmente dañinos para Macri son los rumores en torno a la conveniencia de reemplazarlo por alguien que, según las encuestas de opinión, es más amable como María Eugenia Vidal. Quienes los hacen circular no pueden sino saber que sirven para socavar la autoridad del hombre que, bien que mal, sirve como eje del sistema político nacional, ya que casi todo lo demás gira alrededor de él. Aunque Macri mismo quisiera que fuera diferente, nadie ignora que la coalición gobernante es suya como el kirchnerismo es de Cristina; si por alguna razón no pudieran continuar, las agrupaciones políticas que se formaron en torno al carisma o lo que fuera de los dos se disgregarían. Es tan fuerte el personalismo que aquí todos los partidos políticos, incluyendo las distintas facciones de la UCR, son entidades precarias cuya unidad depende de las vicisitudes del fundador, líder e ideólogo principal, puesto que en última instancia las opiniones del jefe suelen ser las únicas que realmente cuentan.

Que este sea el caso es absurdo, sobre todo en situaciones como la actual Lo lógico sería que un país que enfrenta una emergencia sumamente grave aprovechara un tanto mejor sus recursos humanos que, por cierto, no faltan en la Argentina, para elaborar una estrategia consensuada que sea realista, pero con elecciones presidenciales a poco más de seis meses de distancia la mera idea de intentarlo parece utópica. Políticos que en el fondo coinciden con el “rumbo” tomado por Macri están más interesados en anotarse puntos denigrándolo que en aportar algo positivo, mientras que el Presidente procura defenderse negándose a ampliar su base de sustentación por temor a parecer débil. De regir un sistema parlamentario, los egoísmos personales seguirían ocasionando dificultades, pero lo harían de manera mucho menos perniciosa que en la actualidad.

Es de prever, pues, que hasta noviembre el panorama político siga dominado por el enfrentamiento de Macri con Cristina. Además de simplificar todo, la competencia entre los dos distrae atención de temas más importantes cuyo tratamiento se verá postergado.

En un país que, de lograr lo que tienen en mente los resueltos a hacer fracasar al gobierno de Cambiemos, dentro de poco podría compartir el destino nada grato de Venezuela, el que las alternativas se hayan reducido a las encarnadas por Macri y Cristina no motiva optimismo. Sería claramente mejor que cerraran filas los conscientes de los riesgos planteados por lo difícil que está resultando mantener a flote el orden socioeconómico existente, pero mientras dure una temporada electoral en que el calendario se parece a aquel de una liga de fútbol, con docenas de partidos de resultados inciertos, todos los contendientes continuarán procurando hacer tropezar a sus rivales.

En diversas ocasiones, Jorge Luis Borges comentaba que había “vivido en Suiza cinco años y allí nadie sabe cómo se llama el presidente”. Exageraba, claro está, pero entendía muy bien que el presidencialismo extremo ha contribuido enormemente a la decadencia de la Argentina no porque todos los presidentes hayan sido malas personas sino porque colmarlos de responsabilidades hacía más irresponsables a los demás políticos, lo que, desde luego, no había sucedido en Suiza, uno de los países más exitosos, tal vez el más exitoso de todos, donde era rutinaria la participación ciudadana en los asuntos públicos.

No sólo Borges, que distaba de ser tan ingenuo cuando la política se trataba como suele suponerse, sino también muchos otros, incluyendo a algunos presidentes, han creído que al país le hubiera ido mejor con un sistema más parlamentario, como los de distintos países europeos, que con el que importó de Estados Unidos. Raúl Alfonsín trató de modificar levemente el orden político cuando, en el llamado Pacto de Olivos de 1993 con su sucesor Carlos Menem, impulsó la creación de un jefe de gabinete que tendría que rendir cuentas ante el Congreso que, por su parte, podría destituirlo con un voto de censura, pero la iniciativa cambió poco. Asimismo, al insistir en la importancia de los equipos, Macri da a entender que a su juicio el poder, y las pesadas responsabilidades que acarrea, no deberían estar concentrados en las manos de una sola persona que, como nos recuerdan a diario los comentaristas que nos mantienen al tanto acerca de su gestión, siempre será proclive a cometer errores.

Por desgracia, debido al temor difundido y nada arbitrario a que los kirchneristas y quienes piensan como ellos procurarían sacar provecho de una oportunidad para legitimar fechorías, es poco probable que en el futuro previsible se hagan muchas reformas constitucionales. Aunque casi todos coinciden en que el interminable desastre socioeconómico que sufre el país es de origen político, la mayoría es reacia a pensar en lo que podría hacerse para que en adelante los miembros de la clase política nacional obren mejor.

A diferencia del presidencialismo hiperpersonalista en que los por lo general ficticios vínculos emotivos entre el inquilino de la Casa Rosada y los demás habitantes del país pueden llegar a importar más que los resultados de su gestión, el sistema parlamentario interpone “capas” que hasta cierto punto permiten a los gobernantes trabajar sin que a cada momento se sientan presionados por el cambiante humor popular. Asimismo, si todos los diputados representaran una circunscripción electoral determinada en vez de un lugar en una lista sábana, zonas como el conurbano bonaerense, en que abundan votantes que ni siquiera han completado el ciclo primario, verían reducido el poder electoral a que actualmente tienen.

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