domingo, 26 de mayo de 2019

AF versus JP

Por Tomás Abraham (*)
¿Cómo serán las relaciones entre un político surgido del cavallismo y la generación de los miembros de La Cámpora, de Axel Kicillof, Máximo Kirchner, Juan Grabois y los nuevos remiendos de la JP? Ninguno de ellos fue “maravilloso” como sus padres, los de la camada del 70, pero sí pudieron maravillarse estos últimos tiempos.

¿Podrán sostener la actitud de juventud maravillada y de la aún pujante adultez maravillada ante el aura de su jefa? 

¿Y en qué devendrá el vínculo entre la gente de la cultura afín al kirchnerismo y este nuevo hombre que denostó al cristinismo cada vez que pudo? Hay quienes tienen la respuesta en el bolsillo y sobreactúan su felicidad por esta flamante doble candidatura como si nada hubiera pasado. Dicen que Cristina es un genio, una estadista, una visionaria, y que otra vez ofrece una nueva dosis de clarividencia.

Lo importante para ellos es barrer con Macri, y para lograrlo, el sistema de las alianzas que expresa la nueva dupla electoral solo avizora ese objetivo; a veces consideran que es necesario pactar con ese sector de-sagradable de la sociedad argentina poblada de rubios y gorilas.

Coinciden con el ultracristinismo los periodistas y políticos deseosos de la continuidad de Cambiemos. Lo único que les importa es que ni cenizas queden de los tiempos K, e insisten en que Alberto Fernández es un títere. Ambas facciones ya están jugadas en una u otra banda de la grieta y no quieren terceros en discordia.

Otra parte de la militancia cristinista abre el paraguas. Dicen que hay que olvidarse de volver al 2015, reconocen que no hay retorno. Para ellos se inicia una nueva etapa. El futuro se presenta abierto, la lucha continúa. Pero lo más sorprendente es que en las filas del kirchnerismo se escuchan voces de una autocrítica pedida por tantos adversarios sin haber logrado hasta la fecha conmover una radical y persistente negativa.

Sinceramente. Hemos transitado en un par de días de la autoglorificación sincera de la ex presidenta, convertida en poeta inmortal durante la Feria del Libro, a admitir que se equivocaron con el campo, que no debieron centrar la Ley de Medios en una lucha a muerte con Clarín, que las relaciones con el FMI quizás no debieron llegar a la ruptura, y que el cepo cambiario fue un error; no dicen nada más por el momento, ni nada menos. Toman nota, así lo remarcan, que en 2003 la reducción del gasto estatal por la hiperdevaluación, y el auge sideral de los precios de las materias primas dejaron un superávit hoy irrepetible.

Todas estas confesiones van mucho más allá de una autocrítica, es una autocondena. El gobierno de Cambiemos nunca pudo expresarlo mejor.

Estos nuevos arrepentidos sin dejar la militancia se ubican en el mismo lugar de quienes, al enunciar estas críticas en medio del desarrollo de los acontecimientos mencionados, fueron denunciados por neoliberales, procesistas, columna vertebral de la oligarquía, siervos de los medios hegemónicos y destituyentes.

Astucia. Es evidente que una ex presidenta que tiene los antecedentes de una política exterior definida por relaciones carnales con Irán, con el chavismo, con el castrismo, se veía en un brete ante el primer mundo para una resurrecta aspiración presidencial.

Su candidatura en un primer lugar hubiera precipitado una crisis que ella misma heredaría sin los instrumentos para poder resolverla. En este sentido no carece de astucia. El legado envenenado que ella misma destiló se lo dejó a un Scioli inerme y bajo custodia, y la bomba financiera que deposita Macri, la ex mandataria se la entrega a Alberto Fernández.

No deja de ser una sorpresa, una fina ironía de la política, que las banderas del cristinismo puedan quedar en manos de Alberto Fernández y Sergio Massa, de uno que no ahorró adjetivos para denostar a la ex presidenta y de otro que impidió sus sueños de reelección indefinida. Domingo Cavallo, antiguo empleador de los dos candidatos, un genio maligno.

Creatividad. De todos modos son excesivas las atribuciones que tienen el nombre de “panquecazos”, para no mencionar el injusto apelativo de “borocotazo”. ¿Por qué no llamarlo “creatividad”?

¿Existe la creatividad en política? Un hombre sabio, el historiador Paul Veyne, habla de creatividad en la esfera religiosa, y sostiene que el primer cristianismo superó con creces en imaginación creadora a la agotada espiritualidad romana.

¿Y en política? ¿Podemos enunciar un orden meritocrático entre los políticos? ¿Franklin Roosevelt, Ghandi y Mandela, podrían estar en la primera fila de la lista? ¿Por qué no Roca y Perón? Hubo otros que en nombre de la Revolución, de una nueva raza y de un nuevo hombre, están en la cornisa, porque pasaron de la gran novedad a la destrucción masiva, no hace falta nombrarlos.

Hay dos tipos de creatividades: las que hacen historia, y las que promueven anécdotas. Por las primeras hay un antes y un después, por la segundas un siempre lo mismo como si fuera distinto.   

Moreno. Ya que hablamos de religión y de política, en esta gran confusión reinante en el que se barajan tantas hipótesis electorales, hubo un candidato al menos claro y distinto: Guillermo Moreno.

Habló de su disgusto por la candidatura de Alberto Fernández que a su entender es neoliberal y socialdemócrata. Sostiene que pertenece a un mundo fenecido, anacrónico, a destiempo del liderazgo de un Viktor Orban, de un Matteo Salvini, de Xi Jingping, de un Donald Trump, y de un papa Francisco, en una palabra, de quienes hoy mandan en el mundo.

Por eso critica al candidato presidencial desde un punto de vista que define de “teológico-político”, lo hace como en los tiempos de Baruch Spinoza. Solo que el filósofo holandés denunciaba el uso de la palabra de Dios para reforzar el poder de la casta sacerdotal y domesticar a las poblaciones, y Moreno lo elabora con el objetivo contrario.

Su añorada Comunidad Organizada pretende eliminar el espejismo del mercado y del sistema parlamentario en pos de un Estado vertical con un jefe o jefa sostenido por otros capataces corporativos, todos bendecidos por el Señor Omnipotente y Misericordioso con su temporal vicario. Pero para mayor desdicha, la del ex secretario de Comercio, que tanto le gusta hablar de mundo fenecidos y modelos actuales, la Segunda Guerra Mundial terminó con un injusto vencedor.

Sacrificios. Debe ser por estas herencias religiosas, que se insiste en remarcar el sacrificio de Cristina, que otros nos recuerden el espíritu sacrificial de María Eugenia Vidal –ejemplo de pasionarias combativas al frente de la contienda electoral– (no hay que olvidar a Lilita), una fe virginal redoblada en momentos en que la CGT pide la beatificación de Evita. Esta imagen de la Mujer Mártir y Pura no parece corresponder a los tiempos de los pañuelos verdes.

Sin embargo, además de los avatares de las vidas de los políticos, de sus almuerzos, cenas, libros, puestas en escena mediáticas, de sus tuits, de la conversión de la gran grieta en minúsculas y dispersas fisuras, todavía existe la política, es decir, la agitada y sufrida vida de la Argentina. Con su capitalismo que sustituye la acumulación primitiva por un vaciamiento continuo, en el que la plusvalía se fuga, el ahorro interno no existe, en que el dinero antes de desaparecer especula con la renta diferencial entre tasas de interés y valor del dólar, en que no existe la moneda nacional, un país en el que los primeros capitales golondrinas son los locales, en que el atraso tecnológico es persistente, y cuando no hay endeudamiento con default a la vista, se cubre la falta de financiamiento con el consumo de lo que todavía hay, con el deterioro y la destrucción del capital nacional, llámense energía, rutas, servicios, hospitales, escuelas, industrias, tierras, bosques, recursos humanos, con millones de ciudadanos con educación mínima y trabajos precarizados, etc.
Continuará.

(*) Filósofo. www.tomasabraham.com.ar

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