jueves, 11 de abril de 2019

Los mecanismos del mal

Por Carmen Posadas
Siempre me ha llamado la atención observar que, así como a nadie se le ocurre ir por ahí trompeteando lo guapo, inteligente o talentoso que es, todos nos autoproclamamos buenos. Ya ven. Hoy en día todos somos excelentes personas, lo que, visto cómo va el mundo, no deja de ser sugestivo. Antiguamente no era así. Es verdad que había mucho fariseísmo en eso de decir que uno era «solo un pobre pecador» e ir dándose golpes de pecho por ahí.

Pero al menos la convención social de reconocer que tenía uno ciertas carencias en esa u otras esferas propiciaba la autocrítica. Ahora, en cambio, una vez desterrado el ancestral y judeocristiano sentimiento de culpa, henos aquí, todos buenísimos. Y para quien no lo es se buscan rápidamente razones para excusarlo. Por eso no es raro ver cómo se argumenta que tal asesino en serie fue víctima de violencia cuando era niño o que tal violador padeció abusos en el pasado, cuando es palmario que hay miles, por no decir millones, de personas que han tenido infancias aún más duras y desdichadas a las que no les da por violar ni matar a nadie.

De este modo –al menos en las sociedades avanzadas; en lugares más remotos del planeta, obviamente, no– entre todos hemos desterrado el mal de nuestras vidas porque es feo, porque molesta y porque no encaja con la visión Walt Disney de la realidad que se ha instalado en el Primer Mundo, donde siempre se encuentra una explicación perfectamente racional a todo. Y, sin embargo, está ahí. No hace falta viajar a Afganistán o al Yemen para verlo. ¿Pero cómo funcionan los mecanismos del mal? ¿Los malos son locos que no distinguen el bien del mal? ¿O son cuerdos como usted y como yo, que saben perfectamente lo que hacen, pero se justifican de algún modo? Justificación, he ahí la palabra comodín, la que lo explica todo. Solo en las malas películas y en los malos libros los malvados sonríen entre dientes y acarician suavemente un gato mientras anticipan el placer de las tropelías que se disponen a cometer.

Los malos de la vida real necesitan poder mirarse al día siguiente al espejo y sentirse buenos, de modo que buscan un alibi, una sólida coartada. A entender este mecanismo exculpatorio que siempre me ha fascinado me ayudó un caso reciente, el de Ana Julia Quezada, la asesina de Gabriel Cruz, ese pobre niño de ocho años de Las Hortichuelas al que llamaban el Pescaíto. La Policía, que ya sospechaba de ella, decidió instalar una grabadora de voz en su coche. Fue así que todos pudimos escuchar con horror cómo la mujer –que en ese momento llevaba en el maletero el cadáver de Gabriel para esconderlo en otro enclave– a grandes voces increpaba al niño, culpándolo de su propia muerte, por no quererla, por ‘robarle’ el cariño de su pareja, por mil otros dislates. Porque el mal necesita fabricarse siempre un enemigo, necesita creer que existe un agravio anterior e inmenso que justifique lo injustificable. De ahí que los malos tienden a ver el mundo lleno de personas perversas cuyo único objetivo es causarles problemas, estropear sus planes, hacerles mil maldades. Y ellos, pobrecillos, lo único que intentan es defenderse, atacar antes de que los ataquen, protegerse y proteger a los suyos, a los que ven amenazados por oscuras e invisibles fuerzas. Porque otra de las particularidades en las que he reparado es que las mejores personas son las que tienden a ver el lado bondadoso de los demás, mientras que las que no lo son ven solo el lado oscuro. Desde su particular óptica, el mundo está lleno de seres horribles que quieren hundirlos y arruinarles la vida. ¿Por qué? Simple-mente porque –al igual que Ana Julia Quezada con el cadáver de Gabriel el Pescaíto en el maletero– quien acaba de cometer un acto reprobable necesita, como todos nosotros, poder mirarse al día siguiente en el espejo y decir: «No tuve más remedio que hacerlo, solo me defendí. Soy una buena persona, yo soy una buena persona…».

© XLSemanal

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