martes, 12 de marzo de 2019

Y la casa sin barrer

Por Carmen Posadas
Existe una creencia, hija del siglo XIX, que no solo perdura, sino que se ha convertido en dogma de fe, y es esta: todos los males de la humanidad, toda injusticia, manipulación, violencia, desigualdad o crueldad, son producto de la ignorancia y la incultura. Una idea perfectamente razonable para los hijos del siglo XX si recordamos que a principios de esa centuria en España el 64 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, mientras que la tasa de analfabetismo subía casi hasta el 70 por ciento en el caso de las mujeres.

Han pasado los años y hoy se estima que el 98,3 por ciento de los españoles están escolarizados, una cifra casi equiparable al 99 por ciento de los norteamericanos, mientras que en Noruega o Groenlandia la tasa llega al 100 por ciento. Es interesante consultar las estadísticas porque, junto a estos países avanzados, comparten altísimas tasas de alfabetización Tayikistán, Kazajistán o Azerbaiyán, todos ellos con un 99,8 por ciento. Siendo así, y visto que estos países no son exactamente los más pacíficos e igualitarios de la Tierra, cabe volver a preguntarse: ¿será realmente la ignorancia la madre de todos los vicios? ¿No habíamos quedado en que la escolarización y, por tanto, la cultura nos harían más buenos, más compasivos, más libres?

Personalmente, creo que esta falsa apreciación por todos aceptada se debe a un problema semántico. Se confunde con demasiada frecuencia formación y cultura con educación. Por formación se entiende la preparación intelectual y profesional de una persona. Son las enseñanzas que se imparten en la escuela: conocimiento, información, destreza en Matemáticas, en Lengua, en Historia y demás disciplinas. Por educación, en cambio, y según el Diccionario de la RAE, se entiende que es: «Crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y jóvenes». Obsérvese lo políticamente incorrecta que es la última de estas tres palabras. Doctrina remite de inmediato a lavado de cerebro, a falta de libertad. Por tanto, ya nadie, ni padres ni mucho menos educadores, quiere caer en tan viejo pecado.

En resumidas cuentas, actualmente en las escuelas no se puede dar doctrina (que literalmente significa preparar intelectual, moral o profesionalmente a los jóvenes) porque coarta su libertad. Tampoco se da educación porque invade el terreno de los padres, de modo que lo único que reciben los jóvenes es información, que no formación. Eso en el mejor de los casos porque, en algunas partes de España, como Cataluña, se reciben ingentes dosis de doctrina, pero como es doctrina política y no ética o religiosa no importa demasiado. Información, formación, cultura, educación, adoctrinamiento son palabras que pueden tener rasgos en común, pero son distintas. Se puede estar muy informado y ser la vez un perfecto patán. Y, en cambio, se puede tener escasa cultura y ser muy educado. Algo que no consiste, como creen los cursis, en manejar bien los cubiertos, sino, simplemente, en haber aprendido a respetar al prójimo.

Todo esto solía enseñarse en casa, pero los padres de ahora piensan que ellos están ahí para otras cosas. Para hacer que los niños lo pasen guay, para que se diviertan, para que no se traumen. En los colegios, por su parte, tampoco se atiende a la educación y las buenas maneras, porque se piensa que es labor de las familias. Y así, unos por otros y la casa –y por extensión toda la sociedad– sin barrer.

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