miércoles, 27 de marzo de 2019

La obra, los autores, las manchas

Por Isabel Coixet
Me veo a mí misma viendo el documental Leaving Neverland, sobre las dos víctimas de los abusos de Michael Jackson, e intento analizar la horrible desazón que me produce. Recuerdo vagamente los juicios de los años noventa en los que otras víctimas lo acusaron de los mismos delitos y creo que pensé algo así como: «Es muy raro que le guste dormir con niños en la misma cama, pero seguro que no les hace nada, él mismo es como un niño, seguro que le quieren sacar dinero…». 

La voz aflautada, el aspecto de figura de cera, el peluquín demasiado grande para su cabeza, sus pueriles protestas ante Ophra Winfrey negando que se había rehecho la cara, las imágenes de la boda con Lisa Marie Presley, los niños rodeándole en la infame interpretación de Earth song… Todo me llevaba a pensar que no era posible que hubiera cometido los horribles delitos de los que lo acusaban.

Y esa voz que antes me parecía trágicamente ridícula, ahora se me hace insoportablemente perversa. La maestría del documental de Dan Reed es que se centra en las vidas truncadas de dos de sus víctimas. Y son dolorosamente creíbles, además de conmovedoras. Vemos cómo dos familias son capturadas en la tela de araña de la fama de Jackson, a la que sucumben a las primeras de cambio, dejando a dos niños a merced de un maestro de la manipulación.

La misma técnica que hemos visto en otro documental reciente, Abducted in plain sight, de Skye Borgman, y en los patrones de seducción del noventa por ciento de los pedófilos. Todo estaba ahí y no lo quisimos ver. Y ahora podemos acusar a las madres de los niños, a su familia, a los medios, a sus abogados, a los jueces, pero la realidad es que todos somos cómplices, porque nos jode admitir que el cantante que nos ha hecho bailar, el director de cine que nos hace reflexionar, el escritor que nos ha emocionado pueden ser unos individuos abyectos a los que preferiríamos no estrechar la mano.

La mancha de la fama pringa a cualquiera que se acerca a ella, y todos los que se rasgan las vestiduras ante el comportamiento de las familias que vemos en el documental deberían preguntarse si no se hubieran dejado seducir de la misma manera. ¿Cómo hacemos ahora? ¿Prohibimos canciones, boicoteamos películas, quemamos libros? Otras veces, desde estas páginas, he dicho que preferiría no saber muchas cosas de autores a los que admiro. Pero, una vez que sabes algo, ya no hay manera de ignorarlo. Hay mucha gente indeseable en este planeta, pero muy pocos de esos indeseables han escrito Billie Jean o Grandes esperanzas (Dickens se ha unido al grupo cuando ha salido a la luz su comportamiento con su mujer). En mi cabeza voy a intentar establecer una división (que no creo que sea más ética o más justa que otras): una cosa es la obra; otra, el o la que la crea. Voy a disfrutar de las canciones, las películas, los libros o las coreografías sin tener en cuenta a quienes las crearon. Y si cuando escucho Human nature me viene a la memoria lo que ahora sé y esas notas que antes adoraba se me hacen insoportables, apagaré la música. Y ya.

© XLSemanal

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