miércoles, 27 de marzo de 2019

Italia, un experimento populista que pone a prueba la democracia

Luigi di Maio (Cinco Estrellas) y Matteo Salvini (Liga): ¿un pacto que puede
convertirse en laboratorio político con repercusión en otros países?
Por Loris Zanatta (*)

¿Se imaginan un país gobernado por Jair Bolsonaro y Cristina Kirchner juntos? Absurdo, ¿no? Sin embargo, ese país existe y se llama Italia. A quién le importa, se dirá. Ojo: cuando Italia se convierte en laboratorio político, mejor estar precavidos. Nunca se sabe.

Dejemos que los hechos hablen. Desde hace un año, Italia está gobernada por una coalición de dos tipos de populismo que en otros lugares suelen luchar entre sí. Simplificando: la Liga es el populismo de las áreas más productivas; en su álbum familiar figuran Trump, Orban, Le Pen; en fin, Bolsonaro. El Movimiento Cinco Estrellas nació en el norte, pero se arraigó más en el sur, en las zonas menos desarrolladas; le gustan los "chalecos amarillos", el chavismo; en fin, Cristina Kirchner.

Perro y gato se entenderían mejor: la Liga quiere desarrollo, infraestructuras, libertad económica, recortes de impuestos; los Cinco Estrellas, el "decrecimiento feliz", subsidios, planes sociales, nacionalizaciones; la primera detesta a inmigrantes y homosexuales, defiende a la "familia tradicional", ama a Putin y está en contra de Maduro; los segundos no confían en la ciencia, se definen franciscanos, aman a China e incluso a Maduro. La Liga promete mano dura contra la inmigración, y mano dura usa; tan terca y despiadada que da vergüenza. Los Cinco Estrellas prefieren jactarse de otros méritos: "eliminaremos la pobreza". ¿Dónde había escuchado ya eso? Lo más probable, en verdad, es que la aumenten.

Si son tan opuestos entre ellos, si el primero es el típico populismo imbuido de implacable ética protestante de los países nórdicos y el segundo es el típico populismo impregnado de pietismo católico anticapitalista, ¿qué los mantiene unidos? Muy poco: se pelean por todo todos los días. Un espectáculo embarazoso. Pero ese poco es mucho: es nada menos que el enemigo. Y el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Al menos mientras resulte conveniente.

Dicho con ironía -porque tampoco se puede confundir la farsa con la tragedia-, la Liga y los Cinco Estrellas están unidos por una especie de pacto Molotov-Ribbentrop: igual que para los nazis y los comunistas, los fascistas y los falangistas de todos los lugares y épocas, el enemigo es la Europa burguesa, liberal, secular, capitalista. Ellos son honestos, virtuosos, fuertes, viriles, espirituales; ella es decadente, viciosa, corrupta, insensible, materialista. Así lo dicen, inconscientes de recitar un repertorio desgastado por el abuso y por desgraciados finales.

Bueno, ¿cómo van las cosas un año después? Es temprano para decirlo, pero algo ya se ve. Primero: Italia estaba volviendo a crecer, hoy está de vuelta en recesión, la peor en Europa; falta confianza, hay incertidumbre. Segundo: Europa y el euro tienen la culpa de todo, dice el gobierno atacando a Alemania un día y a Francia el otro. ¿Qué obtuvo con estas diatribas? Italia está aislada, cuenta poco en las mesas en que se decide su futuro, paga altos intereses para financiar su enorme deuda pública.

Luego está el panorama político, que en un año cambió radicalmente. De los dos aliados, uno está devorando al otro; lo dicen las encuestas, lo confirman las elecciones locales, pronto lo confirmarán las elecciones europeas. La Liga ha duplicado los electores, los Cinco Estrellas casi han perdido la mitad. Es posible que su gobierno tenga los días contados. ¿Cómo se explica? La Liga tiene una carta fuerte en la mano y la juega a fondo: la inmigración es un problema serio y complejo, ella lo enfrenta de manera simple y brutal. Los populismos son así: simplifican, reducen todo a una guerra maniquea entre "nosotros" y "ellos". La Liga desempolvó así el viejo bagaje fascistoide: los italianos, primero; la identidad, la cultura, la seguridad, amenazados; y así sucesivamente. Por ahora les va muy bien, pero ¿durará? Cuanto más exitosa sea la Liga, menos pesará el tema de los migrantes y la borrachera xenófoba se atenuará. Su distancia con la derecha tradicional podría entonces reducirse y la moderación, volver a prevalecer.

¿Y los Cinco Estrellas? ¿Por qué colapsan? Dejemos de lado la calidad de sus dirigentes (es como tener un mono al volante, con el debido respeto a los monos). El problema, en su caso, es que la brecha entre los gritos demagógicos del pasado, cuando disparaban sobre "la elite", y lo que hacen ahora en el gobierno es abismal. Era fácil de prever; y su credibilidad sufre: el paraíso puede esperar, la vida es otra cosa. Mientras, la izquierda tradicional está recuperando una parte de los votos que huyeron en esa dirección.

¿Qué enseña todo esto? Una banalidad: no hay otra forma de vacunarse contra los populismos que ponerlos a prueba en el gobierno. Solo el baño de realidad los normaliza, solo la responsabilidad del gobierno muestra las arrugas, las miserias, la inconsistencia de sus recetas, el fraude de sus promesas. ¿Hacen daño? Enorme. Sin embargo, no hay atajos. Pero esto también enseña otra cosa: la vacuna solo funciona si las sociedades que producen populismos también crean anticuerpos para contrarrestarlos; si la razón desafía la fe; la objeción, el dogma; el debate, el monólogo; la pluralidad, la unanimidad. Si las plazas se movilizan para reabrir las obras bloqueadas, las escuelas, para que los niños se vacunen; los intelectuales, para explicar las ventajas de permanecer en Europa y los costos de abandonarla; los economistas, para ilustrar los efectos nefastos de gastos públicos irresponsables e improductivos. Y así sucesivamente.

No sé si Italia tiene esos anticuerpos ni, si los tiene, en qué proporción. Tal vez más de lo que muchos piensan. Donde tales anticuerpos actúan, en instituciones, en los medios, en el ethos colectivo, en la vigilancia individual, y donde se agregan poderosos contrapesos externos capaces de imponer límites y exigir respeto por las reglas, como la Unión Europea, el populismo se puede desactivar y metabolizar. El problema crece cuanto más débiles son los anticuerpos, asfixiados por legados autoritarios, andamios institucionales frágiles, cultura fideísta; donde ninguna restricción externa pone límites a la venta del futuro a cambio de consenso a corto plazo. En tales casos, los gobiernos populistas pueden ser letales y los daños, irreversibles. A la larga, para vencer al populismo son más importantes los anticuerpos sociales y culturales que los triunfos políticos.

(*) Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

© La Nación

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