domingo, 10 de febrero de 2019

El discreto encanto del realismo

Por James Neilson
Los peronistas de la nueva ola, estos personajes que se ufanan de ser mucho más racionales de lo que ellos mismos eran apenas tres años atrás, cuando con obediencia debida apoyaban a Cristina sin que les molestara entender que encabezaba una banda de cleptócratas, se destacan por su falta de pretensiones. A diferencia de los de antes, aluden menos a sus propios méritos que a las deficiencias ajenas.

No somos kirchneristas, dicen, de tal modo asegurándonos que preferirían que la Argentina no compartiera el destino catastrófico de Venezuela, pero tampoco somos macristas que, como todos saben, son sujetos crueles e ineptos que están sacrificando al pueblo en aras de una teoría económica que privilegia la disciplina fiscal por encima de la justicia social.

De tal modo, quieren hacer pensar que representan una alternativa auténtica, una “tercera vía”, que nos ahorraría tanto las calamidades que a buen seguro perpetraría otro gobierno de Cristina y sus cómplices, como los rigores inhumanos del interminable ajuste macrista. ¿Pero qué, exactamente, harían los racionales si alcanzaran el poder? Por motivos comprensibles, son reacios a entrar en detalle. Puesto que no les sería dado modificar la dura realidad, lo más probable sería que la eventual gestión de un presidente salido del peronismo relativamente sensato se asemejara mucho a la de Mauricio Macri. A lo sumo, sería más “gradualista” hasta que los mercados decidieran que sería mejor que se apurara.

Para alivio del ingeniero, hace poco la estrella más fulgurante de su equipo, María Eugenia Vidalpuso fin a la especulación en torno a la conveniencia, o no, de “desdoblar” las elecciones para que la buena imagen que ha conseguido en su distrito y en el resto del país no se viera eclipsada por la presencia cercana de su jefe. Según los especialistas que se dedican a auscultar el estado de ánimo del electorado, en especial de la parte sustancial que vive como puede en los barrios malsanos del Gran Buenos Aires, Mariú suma y Mauricio quita, de suerte que independizarse le aportaría votos valiosos pero haría más difícil la reelección presidencial. Sin embargo, como ella misma entiende muy bien, le sería pesadillesco gobernar la Provincia mientras haya alguien como Cristina o Sergio Massa en la Casa Rosada, razón por la que la variante insinuada por sus estrategas electorales de La Plata no le resultó del todo atractiva.

Sea como fuere, para extrañeza de los habituados al carácter ciclotímico de la política nacional y a la influencia que en su opinión debería tener el bolsillo a la hora de votar, Macri sigue siendo el favorito para triunfar en las elecciones que se celebrarán la primavera venidera. Siempre y cuando no aparezca un cisne negro que, es de suponer, tendría que brindar la impresión de encarnar las cualidades reconfortantes que están procurando exhibir aquellos peronistas que quieren convencernos de que se han desvinculado de Cristina aunque, en algunos casos, como el de Massa y, tal vez, de Miguel Ángel Pichetto, están dispuestos a negociar con ella, Macri tiene derecho a confiar en que el temor a volver al pasado será suficiente como para permitirle permanecer en el cargo que ocupa por cuatro años más.

El presidente corre con ciertas ventajas. Además de estar al mando del Estado nacional que, entre otras cosas, reparte mucho dinero o su equivalente entre los necesitados, Macri se ha visto beneficiado por los cambios recientes del clima político. Como confirman a su modo los peronistas “racionales” que aspiran a desbancarlo, hoy en día el fanatismo no rinde tanto como antes, lo cual plantea a sus adversarios un problema engorroso. Para llamar la atención a su propia moderación, éstos tendrán que criticarlo con cautela, absteniéndose de usar los epítetos tremendos que muchos políticos se han acostumbrado a emplear para descalificar por completo a sus rivales, dando a entender que son miserables al servicio de alguna que otra potencia siniestra que están resueltos a destruir al país y no, como a menudo es el caso, personas que pueden tener ideas equivocadas pero que así y todo se preocupan por el bien común. Así pues, aunque quienes se creen presidenciables se saben obligados a diferenciarse de Macri, a esta altura entenderán que no sería de su interés exagerar. Desgraciadamente para ellos, la sutileza florentina exigida por los tiempos que corren nunca ha sido su fuerte.

Para derrotar a Macri, a los peronistas presuntamente moderados – y por ahora no hay señales de que esté por conformarse una fuerza capaz de romper el incipiente sistema bipartidario que se ha improvisado –, les sería forzoso persuadir a mucha gente de que sea posible superar de otro modo que el elegido por el gobierno la crisis sistémica o estructural en que el país se ve atrapada desde la Gran Depresión mundial de los años treinta del siglo pasado.

No les será fácil. Entre los cambios recientes más notables está el abandono por millones de personas del optimismo lírico de los convencidos de que todo depende de los sentimientos de los gobernantes de turno, que si son buenas personas que aman al pueblo el país prosperará, pero si son malas todo se irá al pique. Aunque Macri mismo ha rendido tributo a dicha superstición, de ahí el gradualismo de los primeros dos años y medio de su período en el poder, en marzo y abril del año pasado los acontecimientos se las arreglaron para recordarle que la realidad tiene la costumbre antipática de vengarse de quienes, por los motivos que fueran, la tratan con desprecio.

Para sorpresa de muchos, un sector amplio de la clase media y una proporción significante de los pobres comprendieron que el caos cambiario que hizo trizas del gradualismo se debió a algo más que los errores puntuales que los políticos opositores y muchos periodistas imputan al gobierno; caso contrario, la convulsión financiera se hubiera visto seguida por el tan temido – y por algunos, añorado -, estallido social.

La prolongadísima crisis socioeconómica que sufre la Argentina puede atribuirse a la grieta profunda que separa las expectativas a primera vista razonables de la mayoría, de las posibilidades reales del país en una época en que poseer muchos recursos naturales puede ser una maldición. Luego de enterarse de que acusar a una minoría oligárquica de apropiarse de lo que debería pertenecer a todos podría reportarles beneficios de todo tipo, generaciones enteras de políticos han minimizado la importancia de factores como la productividad, la eficiencia y el esfuerzo inteligente que en otras latitudes eran prioritarios y que, bien aprovechados, permitieron que pueblos históricamente paupérrimos se enriquecieran con rapidez asombrosa.

Mal que les pese a los numerosos adictos al facilismo que aún abundan en la clase política nacional y sus anexos, el mundo ha entrado en una etapa en que las normas serán fijadas por pueblos como el chino, el japonés, el coreano y el alemán que, sin disfrutar de recursos naturales envidiables, han aprendido a depender casi exclusivamente de lo que algunos llaman “el capital humano”.

A veces, algunos peronistas “racionales” – un buen ejemplo es Pichetto -, se preguntan si es viable una sociedad en que crece inexorablemente la cantidad de los que dependen del Estado, es decir, de los contribuyentes, y disminuye la de quienes aportan. El año pasado, el senador dijo al pasar que “algo habrá de analizar” porque “acá hay 10 millones de personas que trabajan y 17 que cobran un cheque del Estado”. Tiene razón, claro está, pero ni él ni ningún otro político con posibilidades electorales han querido profundizar el “análisis” de esta cuestión y de muchas otras que deberían plantearse. Aun cuando quienes se animan a referirse a ciertas realidades sean conscientes de que el orden existente es insostenible, lo que quiere decir que tarde o temprano el gobierno, cualquier gobierno, tendría que llevar a cabo algunas reformas muy pero muy drásticas para que el país no se convierta en otro Estado fallido como Venezuela, escasean los dispuestos a tomar tales asuntos en serio.

A la luz de la condición actual del país y, más todavía, de los desafíos que enfrentará en los años próximos, lo racional sería que temas como el que brevemente preocupaba a Pichetto dominara la campaña electoral, que los adversarios de Macri lo “corrieran por derecha” , atacándolo por no haber actuado con mucho más firmeza para frenar la inflación, aliviar el peso impositivo abrumador que está aplastando al endeble “sector productivo” y así por el estilo pero, demás está decirlo, les conviene más dar a entender, como en ocasiones ha hecho hasta el salteño Juan Manuel Urtubey, que los macristas son “ultraderechistas” o “neoliberales” insensibles.

Con todo, aunque hasta ahora la retórica en tal sentido siempre ha funcionado, el populismo cortoplacista de quienes se niegan a afrontar la ingrata realidad está perdiendo su poder de seducción al darse cuenta la mayoría de que la adherencia al “sentido común” así manifestado ya ha contribuido a depositar en la miseria a millones de familias que de otro modo gozarían de un nivel de vida equiparable con el de la clase media de Europa occidental y que, a menos que mucho cambie muy pronto, millones más las acompañarán.

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