lunes, 3 de diciembre de 2018

Luz, más luz

Por Carmen Posadas
Soy una voyeur consumada. También una escuchadora profesional; me paso la vida amusgando orejas para saber qué se dice, se habla, se comenta. Fue así que el otro día sorprendí la siguiente conversación. «Tío, ¿me puedes decir qué coño es la Filosofía?» –preguntó un adolescente de diseño (tríceps de gimnasio, un par de tatuajes y tupé esculpido a lo James Dean) a otro amigo de características similares. 

«¿A qué viene eso?», inquirió el segundo, sin levantar la vista de sus WhatsApps. «A que he visto en la tele que quieren meternos Filosofía en el nuevo plan de estudios. Como si no tuviéramos ya suficientes asignaturas inútiles, ahora nos quieren colar este ñoco que, según mi viejo –porque se lo pregunté a mi viejo para estar seguro de por dónde iban los tiros–, enseña a pensar, no te jode». «¿Nos toman por gilipollas o qué?», intervino el ‘whatsappista’ frenético, y los dos volvieron a las pantallas de sus móviles a comentar con los colegas la última cretinada de los mayores.

Debieron de tomarme por una vieja zumbada, porque me quedé mirándolos un buen rato. El suficiente para preguntarme si había oído bien, si de verdad empieza a haber nuevas generaciones que no solo no saben quiénes son Kant o Nietzsche, sino que consideran que pensar es una capacidad humana automática como sentir frío, calor, hambre o sueño. En otras palabras, algo que no requiere aprendizaje y menos aún dedicarle toda una asignatura cuando ese tiempo bien podría utilizarse en reforzar disciplinas más útiles como cualquiera relacionada con las Ciencias. Más útiles y con infinitamente más salidas profesionales porque, ahora más que nunca, uno puede ganar un pastón optando, por ejemplo, por cualquiera de las muchas profesiones TIC (las vinculadas con las tecnologías de la información y la comunicación), un sector en el que el setenta por ciento de las ofertas de trabajo que se ofrecen son contratos indefinidos. Un sector también que en España ya supera los noventa mil millones de euros y que crece al diez por ciento anual. Con estas perspectivas, ¿para qué quiere uno aprender Filosofía? ¿A quién le importa la crítica de la razón pura, el eterno retorno o el hecho obvio y, por tanto, imbécil de que ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río? Dicho así, está claro que tienen razón mis dos adolescentes. Pero no estaría de más que alguien les explicara, por ejemplo, que, según la Unesco, la filosofía «es una escuela de libertad que contribuye a la maduración intelectual porque enseña a discernir y da instrumentos para responder a los grandes retos que plantea la vida. En suma, es un escudo contra los intentos de manipulación colectivos, así como una vacuna contra todo tipo de dogmatismos».

Me da la impresión de que alguna de estas campanas han debido de oír nuestros responsables políticos, porque hace un par de semanas –y contra todo pronóstico, dadas sus infinitas refriegas– se han puesto de acuerdo en el Congreso para que la Filosofía recupere su antiguo protagonismo en la educación. En una votación unánime han respaldado en las Cortes una proposición no de ley para que, a partir de ahora, se vuelva a estudiar en los últimos tres cursos de secundaria. Asombroso, realmente, si tenemos en cuenta que cada gobierno que ha habido desde el comienzo de la democracia lo primero que ha hecho es derogar la ley educativa de su predecesor y pasar la suya. Otro rasgo común es que dichas leyes jamás han intentado consensuarse con el resto de las fuerzas políticas y mucho menos permitir que las elaboraran expertos del sector, sino que se hicieron a imagen y semejanza del partido en el poder, arrimando el ascua a su particular sardina. Por eso no deja de ser sorprendente que en medio del fragor –o mejor dicho furor– político que nos infesta, sus señorías hayan tenido a bien consensuar que se vuelva a los estudios de Filosofía. ¿Será, oh, milagro, que Diógenes con su candil y Goethe con su ¡luz, más luz! los han iluminado? Me da a mí que sí. Al fin y al cabo, para eso ha servido siempre la Filosofía, para hacer de faro, de luminaria a la hora de desbrozar caminos, incluso los más encizañados.

© XLSemanal

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