domingo, 2 de diciembre de 2018

La alarmante lumpenización de la Argentina

Por Jorge Fernández Díaz
Los impunes tirapiedras del Monumental son como los tenebrosos duelistas a garrotazos de Goya: un testimonio perfecto de cainismo, crueldad, vileza e ignorancia autodestructiva. Esas imágenes nerviosas y abominables del barrio de Núñez, que dieron la vuelta al mundo, hacen juego con la repetida intifada golpista que se perpetra contra el Parlamento, las bombas anarquistas en la tumba de Ramón L. Falcón y en la casa del juez Bonadio, el vandalismo como método callejero habitual, la capucha como costumbre y emblema, el manoteo como sistema, la ley del más fuerte, la quema serial de escuelas, la violenta toma ilegal de tierras, el avance de los traficantes y la esclavitud multiplicada de los adictos, el fratricidio y la mafia, la alarmante lumpenización de la Argentina.

No basta con aludir a la cadena de fracasos gestionarios de nuestra economía a lo largo de los últimos cincuenta años, ni reducir el fenómeno a la desigualdad: ambos factores son decisivos, pero de ningún modo únicos y excluyentes, puesto que sobre esas desgracias operaron creencias que venían desde antes, pero que el último formato peronista potenció y convirtió en cultura oficiosa. No solo fueron conniventes con barrabravas, negligentes con el narco, cómplices de la policía corrupta, socios del minimalismo penal, amigos íntimos de las patotas y apologistas del pobrismo; también introdujeron ideología en las aulas: una generación entera aprendió allí una historia apócrifa de amigos y enemigos, donde Sarmiento era un asesino, Roca un genocida, Perón un progresista, y aquellos "jóvenes idealistas" de los 70, armados hasta los dientes, unos abnegados paladines de la democracia. Esa pedagogía mentirosa y binaria, propaladora del resentimiento y glorificadora de los setentistas, presume explícita o implícitamente que hay entonces una "violencia buena", la que ejercen en defensa propia los de abajo contra los de arriba y los de adentro contra los de afuera; que la Nación sigue siendo hoy sojuzgada por el imperialismo norteamericano, y que una carencia es producto necesariamente de un despojo: lo que no tengo no es consecuencia de lo que no consigo con esfuerzo personal, sino de lo que me han quitado esos chetos y vendepatrias. A ello se sumó la lógica de que esta escuela es inclusiva por ósmosis: los maestros no deben formarse de manera rigurosa, los chicos no deben repetir ni aunque corresponda, y la meritocracia resulta nefasta y "neoliberal". Esta mentalidad produjo que muchos alumnos egresaran de esos establecimientos sin las habilidades mínimas para el trabajo más básico, y se convirtieran de inmediato en bombas de tiempo, y también que fueran, en barriadas de emergencia, objeto permanente de la presión de los más marginales, aquellos que para aceptarlos en sus círculos de amistad les exigen que no vayan a clase, que dejen de ser "gatos" y "botones". El incendio de las escuelas es producto de estos últimos segmentos desclasados y lindantes con el nihilismo y el delito puro y duro.

Aunque no valen las generalizaciones, y existen también moscas blancas (maestros y directivos verdaderamente heroicos que resisten la tendencia), lo cierto es que esa concepción complaciente y generalizada ha nivelado todo hacia abajo, en parte gracias a que el gremio principal no permite que el Estado recupere la potestad de regir la política educativa. A esto se añaden las micromilitancias en muchos colegios privados, donde hacen circular material audiovisual generado por el sistema de medios y propaganda kirchneristas (documentales del Canal Encuentro, programas maniqueos de Pakapaka) con el fin claro de adoctrinamiento. El aparato de cooptación ideológica de la administración kirchnerista y su clientelismo cultural, fueron gigantescos y no tiene parangón: hay universidades, usinas intelectuales y organismos autárquicos donde los que critican al kirchnerismo son hoy bloqueados, relegados y hasta perseguidos. El Gobierno no es inocente de lo que ocurre, puesto que nunca ha creído necesario dar batalla en todos esos territorios de las ideas, donde se sigue fabricando el nacionalismo anticapitalista, el desprecio por las instituciones y esa Argentina cerril y abolicionista para la que el victimario es la verdadera víctima y la Justicia es una máquina incesante de indultar asesinos y violentos. Aquí el que las hace no las paga, y la anomia reina. Y la vieja cultura del trabajo, que consagraron los inmigrantes, es vista como una praxis individualista, propia de la derecha. La sociedad se fue hundiendo poco a poco en esta ciénaga de causas concurrentes y aberrantes, donde no puede sorprendernos el fracaso, aunque curiosamente nos sigue sorprendiendo, y donde nos asalta de cuando en cuando el facilismo: todo este desaguisado sistémico, amasado durante décadas, se puede arreglar en un santiamén. Y si no se arregla así, este país no tiene destino. También a los defensores de la democracia republicana nos acosa el pensamiento mágico. Y la desazón rápida.

Sería útil comprender que este preocupante cuadro general tuvo una vuelta de tuerca cuando comenzó la "nueva resistencia peronista". Para descifrar al kirchnerismo siempre es conveniente releer los libros de historia; preferentemente, las pícaras cronologías de Perón en el exilio. Sugerir que Cambiemos es una "dictadura", que los juicios por corrupción son similares a la persecución política de la Libertadora y que el caso Maldonado resulta simbólicamente asimilable a los desaparecidos o a los fusilamientos de José León Suárez, constituyen partes fundamentales de esta ficción espejada. También el apoyo a cualquier protesta, sin importar su ideología ni color ni peligrosidad, con tal de que hostigue al Gobierno y pueda ser amplificada por los medios para demostrar el permanente "descontento popular". Durante estos tres años, el kirchnerismo ha sido conmovedoramente solidario en la calle con personajes variopintos pero muy hostiles, que de hecho fueron combatidos con denuedo cuando los Kirchner estuvieron en la Casa Rosada, como por ejemplo algunas facciones del trotskismo. Cada vez que hubo destrozos, agresiones físicas y lanzamientos de molotov -esa marca que ha retornado y que ya se naturaliza- los kirchneristas convalidaron los hechos por el simple método de no repudiarlos con contundencia. ¿Cómo hacerlo si están utilizando a los lúmpenes para lo mismo que, salvando las distancias, Perón usaba a "los muchachos": para dominar la calle, atizar la rebelión y mellar a sus enemigos? Después, para seguir con las tácticas simétricas aunque aggiornadas a estos tiempos caricaturescos, la arquitecta egipcia se demostrará amplia y nada carnívora, y se abrazará incluso con algún Balbín; ya desde el sillón de Rivadavia pondrá orden repartiendo fondos y leña tercerizada. Estos años, sus adláteres anhelaron secretamente un Kosteki y Santillán ("este modelo no cierra sin represión") que les simplificara su vuelta, y generaron en el oficialismo y en la policía un miedo paralizante. Y siempre han propiciado la hipocresía: una piedra contra Maduro es un intento destituyente; una contra Macri es un acto de dulce justicia. Convendría recordarles a los estrategas cristinistas que Perón creó desde Puerta de Hierro un monstruo en la certeza de que podría fácilmente dominarlo. Se equivocó garrafalmente, y esa tragedia resultó pavorosa. Alimentar la lumpenización, en nombre del agonismo y la urgente derrota liberal, es otro error. El que levanta lúmpenes, amanece arrodillado.

© La Nación

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