viernes, 30 de noviembre de 2018

Un toro es un toro es un toro

Por Isabel Coixet
A veces tengo la sensación de que escuchar, leer y comprender son conceptos completamente superados. Como si los que todavía leemos, escuchamos y al menos intentamos comprender estuviéramos relegados a un gueto que cada vez más se parece a un gulag. Un gulag donde no se pasa hambre, pero donde el frío de la incomprensión te hiela cada día más los huesos y el alma.

Reconozco que lo que voy a relatar a continuación y mi reacción a ello quizás a algunos les pueda parecer un pelín exagerado. Pero creo que la suma de las cosas que me han pasado en las últimas semanas (incluido lo que ya relaté en esta misma página en otro artículo acerca de mi perplejidad ante críticas por comentarios que yo no he hecho) justifica la susodicha sensación de aislamiento, gueto y hasta gulag.

Hace unos seis años le compré a un payés vecino de un pueblo de la provincia de Barcelona siete olivos centenarios de un campo de su propiedad que planeaba talar para hacer leña, dado que no podía atenderlos. Trasplanté los ejemplares a un campo cercano que me pertenece. Huelga decir que el rescate de los olivos me costó la torta un pan, pero, desde que era una niña, me han fascinado estos árboles y me hacía ilusión darles una nueva vida. Todos, menos uno, sobrevivieron al traslado. Seis años después están florecientes y este año, por fin, han dado muchísimas aceitunas.

Se me ocurre poner un vídeo en Instagram manifestando mi alegría porque, después de seis años de cuidados, los olivos volvieron a la vida. Y entre likes de gente que, como yo, ama los olivos recibo una serie de insultos e improperios (el más suave de los cuales me trata de imbécil) criticando que le compre los olivos a «una empresa de la Terra Alta» en Tarragona y que contribuya al tráfico de olivos en Tarragona y casi casi me acusan del asesinato de Lincoln. En las imágenes de Instagram ponía claramente las cosas como fueron: el vecino que iba a cortarlos, la provincia de Barcelona y no mencionaba nada de ninguna empresa ni de Tarragona ni de nada por el estilo. Me pregunto si los que han hecho tales comentarios quizá no sepan leer. O quizá no quieran leer. O probablemente lo único que quieren es meterse conmigo y les da igual si enseño olivos o la receta del pastel de pera de mi tía Filomena.

Otro caso, aún más triste: posteo una foto de la silueta del toro que podemos encontrar aún en algunas carreteras de España. Esa silueta me recuerda a Jamón, jamón, a la entrañable figura del añorado Bigas Luna, un director excepcional y un amigo generoso con el que tuve la fortuna de compartir muchas tardes y sobremesas. Pues bien, entre likes de admiradores de Bigas y su cine, se cuela un puñado de comentarios de gente que no tiene ni idea de quién es Bigas Luna y que me acusa de antifeminista (?), protaurina y, claro, fascista.

Quedan tan sólo 89 toros en España. Directores como Bigas ya no quedan. Por desgracia, la estupidez nunca va a escasear.

© XLSemanal

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