viernes, 2 de noviembre de 2018

‘Jalogüín’

Por Fernando Savater
Como están recién llegados, los niños suelen tener poco respeto a las tradiciones venerables de su terruño. Las celebran, pero como se apuntan a cualquier otro motivo de juerga extranjerizante. En mi niñez donostiarra, los Reyes Magos coexistían sin roces con Papá Noel (lo de Santa Claus llegó bastante después, no digamos el racial Olentzero). En mi casa todos eran bienvenidos y jamás oí decir a mis padres: “Los nuestros de verdad son estos, no el otro”. 

Los críos son hoy de su pueblo tanto como de sus dibujos animados, de su televisión o de sus videojuegos: es una de las cosas buenas, entre muchas, que tienen los nuevos medios de comunicación que tanto preocupan a los puritanos… sin dejar de verlos.

A mí Halloween, Jalogüín para nosotros, me resulta una fiesta muy simpática. Como es un ritual adoptado, que no entendemos del todo, lo de “truco o trato” le suena a cada cual a lo que quiere. ¡En eso consiste el progreso! Y sea bienvenido ese toque de terror venial que convierte a las ánimas difuntas en sobresaltos de feria y no en reos del purgatorio o amenazantes embajadores del fuego eterno…

Ella disfrutaba con Halloween. Llenaba la casa de calabazas maléficamente sonrientes, iluminadas dentro por una velita como un remordimiento. Y de brujas chafarderas, vampirillos descuidados, fantasmas sin malicia, pequeñas calaveras que brindaban un guiño de la muerte para colaborar cariñosamente con la vida. Ahora llega otra vez Halloween y no logro invocarla a pesar de guardar con mimo desesperado todos los adornos macabramente ingenuos que me dejó. El espanto benéfico se ha borrado de mi vida, por mucho que me esfuerce. Queda el terror que impone su truco letal y se niega a todos los tratos: la soledad.

© El País (España)

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