miércoles, 28 de noviembre de 2018

El miedo a la modernidad alimenta una era de nuevos fascismos


Por Loris Zanatta (*)

¡"Libros y fusiles", unidos contra el imperio, tronó hace días Nicolás Maduro! Un hombre sobrio, lleno de hallazgos originales. ¿Dónde lo había oído antes? Ya: "Libro e moschetto, fascista perfetto" ("libro y mosquete, perfecto fascista"), decía Benito Mussolini: armas infalibles contra la diabólica plutocracia anglosajona. 

Fidel también lo dijo: tenemos que apretarnos "en estrecho haz", en un bonito fascio contra el enemigo; siempre él, siempre el mismo. ¿Qué era el fascio? Lo explica el octavo mandamiento de la doctrina peronista: "Primero la patria, después el movimiento y luego los hombres". ¡Los hombres últimos! Traducido: ¡ay de ti si te alejas del fascio! El individuo vale menos que el conjunto, la parte menos que el todo. En concreto: si sirve, sacrifiquémoslos; amén. Viva el heroísmo, abajo egoísmo; viva el amor, abajo el odio: "Viva el fanatismo", gritó Eva Perón llena de amor; "viva el odio", escribió Ernesto Guevara "sin perder la ternura"; "bestia bruta", me llamó la semana pasada un dirigente peronista en un rapto de afecto.

¿Todos fascistas? No: ¡qué va! El fascismo es cosa vieja, cosa italiana. Son parientes, digamos: algunos más próximos; otros, más lejanos. Tienen muchas cosas en común, pero una se destaca sobre todo: exigen la unidad; más: la homogeneidad; más aún: la unanimidad; el máximo: todos deben ser uno; un fascio, en fin. Hasta aquí, nada nuevo, todo ya visto. Fue la razón por la cual, desde los Balcanes hasta América Latina, hace un siglo las religiones cristianas bendecían los fascismos, o como se llamaran a sí mismos. Porque prometían encolar lo que la modernidad había roto: Estado y sociedad, fe y razón, moral e individuos, política y religión. Lo intentaron. Pero las iglesias se arrepintieron cuando vieron que el precio era demasiado alto: recomponer lo que había sido destruido implicaba demasiada coerción y violencia, demasiado odio en nombre del amor; además, los regímenes que lo hicieron se convirtieron ellos mismos en iglesias, y en religiones sus ideologías. Inaceptable.

Hoy también la modernidad asusta y fragmenta; tal vez aún más que antes, de tan rápida, cambiante, invasiva, global que se ha vuelto. Hoy, también, sube la demanda de unidad, seguridad, estabilidad. ¿Y qué tranquiliza más que la unanimidad y la homogeneidad, que vivir en un fascio? De ahí la vaga sensación de déjà vu que se cierne sobre nuestros tiempos. Con una gran novedad: si alguna vez las religiones se apoyaron en partidos e ideologías para intentar restaurar el Reino, hoy es al revés: partidos e ideologías débiles prometen el Reino apoyándose en las religiones.

¿Por qué sorprenderse? ¿Qué partido es realmente popular en cualquier parte del mundo? ¿Qué ideología secular calienta los corazones y llena las plazas? ¿Qué, más que la comunidad de fe, une y protege? De ahí que la gran China abreve en el confucianismo mucho más que en el comunismo; que la inmensa Rusia de Putin se arrodille ante los patriarcas ortodoxos; que dos vastos continentes abran las puertas al islam para fundar sus leyes; que la pequeña y muy católica Polonia marche compungida detrás de la cruz. ¿Qué están buscando, cada uno a su manera? Siempre lo mismo: el fascio, la unidad que protege y consuela, la evasión de la historia que corrompe la armonía de la creación, el escape de la razón que no puede explicar la existencia del mal.

Se explica así el clima apocalíptico que nos rodea, típico de las épocas religiosas que Nicolás Berdiaeff describió en su momento: clima atravesado por vientos redentores. Lo nutren utopías antimodernistas y fantasías milenaristas, nostalgias pauperistas e intolerancias chovinistas. El gran culpable es el mismo de antaño: es la modernidad; y la imputación más implacable es hoy en día la bomba ambiental, el calentamiento global. Nada se presta más a los relatos catastrofistas. ¿Lo ve? El fin está cerca, la especie se extinguirá, el juicio universal está por llegar, la naturaleza nos castiga por nuestra arrogancia; Dios, por pretender reemplazarlo.

¿Es el calentamiento global un problema? Inmenso. ¿La modernidad tiene lados oscuros? ¡Y cómo! ¿Se pueden abordar de manera racional? No veo alternativas: es lo que tratan de hacer los ganadores del Premio Nobel para la economía de este año; es lo que hace el ambientalismo serio y responsable. ¿Sirven la ciencia y la tecnología? Son decisivos. ¿El desarrollo y la protección del medio ambiente son compatibles? Deben, a menos que se teorice el retorno a la edad preindustrial. Pero cuidado con decirlo: los fundamentalistas están al acecho. ¿Tienen soluciones? Ninguna. Pero tienen dogmas: ¡que felicidad el decrecimiento económico! Ya basta de infraestructuras, basta de consumos, no a esto y no a aquello, arrepiéntanse, conviértanse; que nuestra religión sea la religión de todos. ¿Cuál es su ideal? Un mundo holístico, armonioso, puro, perfecto; una tierra prometida unida por la fe, un fascio.

¿Qué une la miserable figura de Maduro, evocada al comienzo de este artículo, con los grandes problemas globales a los que nos referimos ahora? Nada en sentido estricto: todo le queda grande al caudillo venezolano. Excepto una cosa: la tragedia de su pueblo y de otros que, como el suyo, se han sentido atraídos por el sueño de formar un fascio. Es la tragedia de cualquiera que aspire a crear el Reino en la tierra. Ese Reino no existe, pero la fantasía de crearlo es un fin tan elevado que termina justificando todos los medios: terror, odio, despotismo. Y si tal es la siembra, tal será la cosecha: miseria, miedo, diáspora. ¿Redescubriremos las virtudes de la razón? ¿Las razones del sentido común? ¿Lograremos no tirar al bebé junto con el agua sucia de la bañera? ¿No destruir lo bueno que hemos creado, junto con lo que estamos haciendo mal? No lo dudo. Mientras no necesitemos demasiadas tragedias para entenderlo.

(*) Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

© La Nación

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