domingo, 21 de octubre de 2018

Un cacho de cultura


Por Sergio Sinay (*)

También en el lenguaje hay inflación. Si el dinero pierde valor cuando se emite y circula sin respaldo, lo mismo ocurre con las palabras si se abusa de ellas sin sostenerlas y fortalecerlas con acciones y actitudes. Conceptos significativos se convierten en banales. Es decir, triviales y superficiales.
Políticos, gobernantes, intelectuales oportunistas, comunicadores, sofistas y variados mercaderes son responsables constantes y seriales de esta banalización. Entre diferentes términos que la sufrieron en los últimos tiempos (como “pueblo”, “década ganada”, “gente”, “vecinos”, “gestión”, “felicidad”, “juntos”, “tormenta”, “turbulencia” y tantas más) le toca ahora el turno a “cambio cultural”. Posiblemente adiestrados en un coaching dedicado a la cuestión, los miembros del Gobierno lo anuncian reiteradamente. Más aún, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires lo dio por hecho en el reciente coloquio de IDEA, donde también lo invocaron los dirigentes de ese evento.

En algunos ámbitos “cambio cultural” puede sonar glamoroso. Da lustre. En otros repiquetea simplemente como jerga lejana y ajena. Aquellos lo mencionan sin evidenciarlo en sus actitudes. Estos, los imaginarios actores de ese cambio, no lo muestran entre sus preocupaciones principales. Y, en definitiva, sería bueno saber qué entienden por cultura quienes desgastan este concepto. La definición es compleja, las visiones abundan e incluso disienten. El británico Terry Eagleton, crítico literario y cultural y uno de los ensayistas más originales y agudos de este tiempo, da muestra de esa complejidad en su libro Cultura, en el que despliega de modo apasionante sus conocimientos, su ironía y su implacable compromiso intelectual. Todo invalorable en tiempos tan banales.

Eagleton advierte que cultura es más que usos, costumbres y comportamientos, como suele simplificarse. Es más, también, que la producción típica de una sociedad y el modo de presentarla. Es más que arte, literatura, teatro, música o artesanías. Si bien puede expresarse materialmente, dice el ensayista, es un fenómeno principalmente espiritual y, como tal, se extiende a lo social, lo político y lo económico. Esto porque espiritualidad no es religión (aunque la incluya), sino una capacidad de trascendencia potencialmente atribuible a todo ser humano al margen de sus creencias o agnosticismos. La cultura es un fenómeno complejo, que se conforma en el tiempo, a través de experiencias significativas que dejan huellas indelebles. Un sedimento que tiñe de manera distinta a comunidades en general y a grupos específicos dentro de ellas. Por eso no se puede hablar de cultura universal. Y por eso no se puede hablar ligeramente de un “cambio cultural”, como si fuera un simple acto de la voluntad, un producto del optimismo o un fruto del deseo.

Un verdadero cambio cultural va más allá de una generación, incluye valores y se expresa en conductas. Adjudicar un resultado electoral (Cambiemos 2015) a un “cambio cultural” es un ejemplo de banalidad. Desde esa óptica habría habido un “cambio cultural” también en 1999, con De la Rúa. En todo caso se puede llamar “voto castigo” (pasibles de repetirse en orden inverso). Podrá empezar a hablarse de una metamorfosis de este tipo cuando una masa crítica de la sociedad, en la cual las grietas se reproducen por cualquier motivo, dé muestras de una capacidad de diálogo, debate y aceptación del disenso que hoy no exhibe. Cuando la anomia boba (transgresión permanente y dañina para todos, incluido el infractor), que tan bien describiera Carlos Nino, ceda espacio al hábito de vivir dentro de la ley. O cuando, entre tantas otras cosas pendientes, un gobierno no degrade la cultura, la ciencia y la salud a simples secretarías, mientras sostiene en estado ministerial a dependencias económicas enfrentadas e ineficientes. Que entre 2017 y 2019 el presupuesto de cultura se vaya a reducir en un 73,5% (https://www.perfil.com/noticias/cultura/alerta-verde.phtml) es, sí, un simbólico cambio cultural, y del peor cuño, más allá de lo que cada uno entienda, o no entienda, por cultura.

(*) Periodista y escritor

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