domingo, 28 de octubre de 2018

Ciudad

Por Fernando Savater
Los escritores de literatura fantástica (ese pleonasmo) suelen tener vocación alegórica: nadie es perfecto. No incurren en el vicio de los realistas, capaces de urdir una novela de cierto grosor para explicarnos la Guerra Civil o las ventajas del feminismo: esos más que arte hacen puericultura. Pero también las alegorías son fastidiosas, porque estimulan a lectores y críticos cuyo mayor goce es averiguar lo que el autor “ha querido realmente decir”. 

¿A quién le importa tal pretensión? Solo cuenta lo que ha dicho, al diablo con lo demás. De modo que del género solo se salvan las narraciones que cautivan por su imaginación y nervio, dejando a un lado su mensaje: los portentosos relatos de H. G. Wells, las distopías de Orwell y Huxley, cosas de Ray Bradbury, Stanislaw Lem y Arthur C. Clarke, joyas como El signo del perro de Jean Hougron…

También ahora las novelas de China Miéville, de estructura general y momentos magistrales, lastradas a veces por excesos de redundancia: le gusta demasiado escribir, afición peligrosa. Pero nadie ha destripado la pringue urbana de Londres como él —su épica y su lírica— en El rey rata o Kraken, ni ha rentabilizado mejor la herencia surrealista en Los últimos días de Nueva París. Su libro del desasosiego es La ciudad y la ciudad, relato policiaco que transcurre en la ambigüedad de dos ciudades superpuestas pero maniáticamente forzadas a ignorarse para no reconocer que son la misma.

La infiltración terrorista, la imbecilidad del separatismo excluyente, el rechazo al prójimo porque se nos parece demasiado… tentaciones alegóricas sucesivamente descartadas por el brío enigmático de una trama que se apodera del lector sin necesidad de poner en limpio conclusiones ideológicas. Vivimos ya entre esas dos ciudades gemelas y enfrentadas, el resto es la bendita literatura.

© El País (España)

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