miércoles, 26 de septiembre de 2018

Víctimas, victimismo

Por Isabel Coixet
Cada día se hace más y más importante separar a las víctimas de los que se hacen las víctimas, esto es, los que sin haber sufrido en su propia piel torturas, amenazas, acoso, abuso, maltrato se atribuyen falsamente las consecuencias de estos conceptos.

Las víctimas que conozco, y conozco personalmente a bastantes, nunca hacen gala de victimismo.

Bien al contrario, intentan en la medida que pueden minimizar los horrores que han vivido y evitan cualquier reacción que pueda hacer sentir mal al prójimo. No quieren tu compasión. Quieren ser escuchadas y quieren demostrar que la condición de víctima no es lo que las define. Como bien me decía un disidente kurdo que pasó diez años en una cárcel turca sufriendo las peores torturas: «Soy algo más que ese despojo en que quisieron convertirme. Sí, soy un ser humano al que han pegado y herido, pero también soy alguien que aprecia la ópera, que ama los atardeceres y las películas cómicas, alguien a quien no pudieron doblegar». Ser consciente de esa humanidad que no se dejó arrebatar es lo que le hizo superar esos años de horror. Cuando hablabas con él, nunca veías un átomo de autocompasión o ni siquiera de queja. Hace años entrevisté a muchas personas que habían sufrido torturas y me sorprendió que nunca mencionaran la palabra ‘víctima’. Una de las consignas del centro de acogida para víctimas de tortura en el que trabajé era llamar a sus acogidos ‘clientes’: esa palabra les devolvía el poder de decisión que los horrores a los que habían sido sometidos les querían arrebatar.

Recientemente he conocido a alguien a quien he admirado por sus libros y por su trayectoria: Ayaan Hirsi Ali, la activista somalí de nacionalidad holandesa (nacionalizada ahora en Estados Unidos) que se ha mostrado crítica con la ablación –a la que ella misma fue sometida cuando tenía seis años por su abuela–, con el islam y con el trato que esta religión da a la mujer. En 2004, colaboró con el cineasta Theo van Gogh en el cortometraje Sumisión, que mostraba a mujeres cuyo cuerpo había sido cubierto con frases del Corán y ambos recibieron amenazas de muerte. Ese mismo año Theo van Gogh fue asesinado en plena calle por un holandés de origen marroquí. En el pecho del cineasta, su asesino clavó una carta dirigida a Ayaan Hirsi Ali en la que le decían que ella sería la próxima en morir. Desde entonces, ha tenido que abandonar Holanda y vive con escolta permanente. Hablar con ella es hablar con una mujer profundamente libre, divertida, inteligente, abierta al mundo, paciente, que sabe escuchar y sabe argumentar y que en ningún momento hace mención a esa amenaza de muerte que puede cumplirse en cualquier momento.

Cuando mencioné mi encuentro con Ayaan Hirsi Ali a una profesora de estudios de género de una prestigiosa universidad americana, esta arrugó la nariz con gesto displicente y dijo de ella que «no era más que una mujer que alimentaba el odio al islam y a la que le gustaba hacerse la víctima». La actitud de esta profesora, con la que discutí acaloradamente, por supuesto, me recordó algo que no conseguí situar hasta días después: es el mismo argumento con el que ciertos catedráticos de universidades vascas hablaban de otros catedráticos a los que había amenazado ETA: «Les gusta hacerse la víctima». Hasta que una mañana, a esos a los que les gustaba «hacerse la víctima» les volaban el coche o les disparaban un tiro por la espalda.

© XLSemanal

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