sábado, 15 de septiembre de 2018

Interna en la Corte

Por Roberto García

Fue una interna barrial, aunque la porfía aparece vestida como un acontecimiento nacional de la política. 

Se trata apenas de un cambio de aire partidario en el instituto que los ganadores exhiben como si fuera la Revolución Rusa.

Parece exagerado el marketing desplegado para describir el desplazamiento de Lorenzetti por Rosenkrantz al frente de la Corte Suprema, un sutil torneo de florentinos con venganzas, traiciones y puñaladas resuelto entre cinco personas, entre las cuales una mujer resultó clave. Como en todo novelón. Pero en el que no participó ni respiró la oposición en el pleito de Cambiemos, nadie del peronismo racional, blibliotecario o salvaje, sea de izquierda o derecha.

Divididos. Al margen del quinteto de egos, solo vencieron y perdieron los especímenes del ingeniero-jefe, alineados en bandos opuestos, un equipo A versus un equipo B.

Una grieta propia, sangrienta, de segunda línea, en la que se anotaron victoriosos Elisa Carrió, los influyentes Torello, Zuvic, Rodríguez Simón y buena parte de la ascendente “Justicia Legítima” de Macri que nombra jueces federales sin concurso, entre otras lindezas.

Del otro flanco, colgados y lamentándose, quedaron Ernesto Sanz, Gil Lavedra (de quien Macri no olvida que le hizo oblar en un juicio una compensación millonaria), Angelici, Garavano y una formación de jueces federales acomodados al férreo arbitrio de Lorenzetti.

Cesa entonces como conductor quien se pretendía reelegir por quinta vez, casi de país centroamericano, un personalista astuto con lejana simpatía justicialista, y lo sucede un porteño, para completar el poder unitario en la Argentina, con comprometida militancia alfonsinista, judío pero no de vientre (madre irlandesa de origen católico) y un cordial padre que fue diputado del frondizismo, Eduardo Samuel.

Para su desgracia, también para su ascenso, a Rosenkrantz se lo menciona más por sus vínculos con Clarín que por sus títulos doctorales, tesis o rectorados.

Algo de conventillo hubo en el cambio de jefatura. Maqueda mantuvo su voto a favor de Lorenzetti y el rechazo a convertirse en presidente, en lo que podían coincidir todos (alega factores de salud en su familia). Mientras fue al baño no estuvo a solas exclusivamente con el mingitorio: en la reunión, el ya derrotado Lorenzetti lo abandonó al decidir trasladar su voto a Rosenkrantz. Buen perdedor, o que al menos lo parezca.

Venía el quinteto de una minicrisis en la acordada. Molesto Lorenzetti por el cambio de viento –suponía, antes de empezar, que iba a ganar– y la deserción, imprevista y volátil, del voto determinante de la frágil Highton. Entonces, aseguran, el asediado cuestionó modo, lugar y forma de elección, alegó que se estaban burlando normas establecidas. Para sufrir en consecuencia un mazazo contestatario: la dama le replicó, recordándole que en forma más improvisada y en su propia casa habían reemplazado a Petracchi hace más de diez años.

Sorprendió un “no” tan terminante de quien, durante una década y media, compartió el reinado. Parecía inducida por fuerzas superiores o la floración de un resentimiento guardado. Doble castigo de la presunta aliada, quien había rechazado la presidencia como Maqueda, debilitada tal vez en origen (ha vulnerado el límite de edad para ejercer el cargo) o seguramente irritada desde que Lorenzetti le negó ubicar a su hija como sucesora de su socio Kraut en la Secretaría General de la Corte. Allí designó a Héctor Marchi, casi su sangre. En compensación, le inventó una sinecura insólita a la hija de Highton con remuneración de camarista y dependiendo de ella misma. Como diría el cómico Olmedo, más muestras de Costa Pobre.

Goce. Para Carrió, en cambio la comisión directiva de la Corte le produjo más éxtasis que las cajas fuertes a Néstor Kirchner. Imaginaba que Lorenzetti era un golpista que aspiraba a presidir la nación destronando a Macri. Lo denunció en el intento, como si alguna vez hubiera existido esa remota posibilidad: jamás el sistema político le obsequió ese premio al Poder Judicial por más que lo admita la Constitución para situaciones de crisis. Una muestra: esa alternativa ni siquiera figuró en 2001, cuando la monumental debacle hizo pasar por el Ejecutivo a casi media docena de presidentes.

La memoria registra, en cambio, un antecedente fracasado. En 1943, preso Perón y a punto de volver, la decaída Unión Democrática reclamó en una importante manifestación céntrica “el gobierno a la Corte”. Hasta hubo algún ministro de ese cuerpo que diseñó un gabinete ad hoc.

La controversia de Carrió con Lorenzetti añadía otra sospecha sobre manejos turbios y el crecimiento inusitado de su presunta fortuna, al extremo de considerarlo un Rockefeller del subdesarrollo en Rafaela (ver el libro de Natalia Aguiar que ella auspició: El señor de la Corte) y alardear, luego de la reciente baja de categoría de su enemigo, con una frase: “Se acabó laorrupción”.

Un desliz tonto: la Corte, antes y ahora con el nuevo jefe, se expresa por mayoría, siempre tres por lo menos han consagrado los expedientes; la imputación agraviaba a todos. Tampoco puede ignorar Carrió que, desde la llegada de Rosenkrantz y especialmente de Rosatti, el colega más odioso de Lorenzetti, cuestionaran más de una vez ese control autoritario del titular (por ejemplo, le modificaron el rito de que él firmaba último todas las decisiones).

Ocurre que al defenestrado aspirante también en su ira ella lo asociaba a alguien que hablaba con los jueces por parte de Macri, Angelici, a favores que intercambiaba con otro de su lista negra, el radical Sanz, y cierta armonía con otro influyente, el Coti Nosiglia. Debe incluirse en esa nómina detestada a un núcleo de jueces que, ahora, tal vez se revele a la deriva, menos preocupado por la declinante reforma 20-20 del ministro Garavano, impulsada por su asesor Gustavo Beliz, que por la iniciativa atribuida al futuro titular de crear no menos de seis nuevos juzgados.

Omisión. Las condenas de Carrió representadas por Lorenzetti también se aproximaron hasta una logia masónica, la Roque Pérez, de la cual sabe poco y nada, pero que le imputa calamidades por rodearlo. En cambio, casi ningún reproche parece endilgarle a Rosenkrantz, el nuevo elegido, quien copió al Nazareno de la “mayoría automática” menemista: se votó a sí mismo. Pequeño detalle al que no se le puede sumar otro atrevimiento del recién llegado: el riojano de antaño jamás se hubiera animado a ingresar a la Corte por medio de un decreto y no por la aprobación del Senado.

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