martes, 7 de agosto de 2018

Yvonne

Por Isabel Coixet
Voy por una autopista, atravesando el Estado de Nueva York, y en una emisora, por casualidad, capto la voz de inimitable acento de Francis Ford Coppola hablando de su rodaje con Marlon Brando en El Padrino. Describe el momento en que llegó a casa del actor para hacerle una prueba que le habían pedido sus productores, armado de una cámara, varios salamis, provolone y vino.

El actor les abre la puerta vestido con un kimono y larga melena rubia: el aspecto menos apropiado para hacer de Vito Corleone que se puede imaginar.

Coppola cuenta minuciosamente el proceso de Brando tiñéndose el pelo con betún y poniéndose unos kleenex en la boca para simular la peculiar manera de hablar del mafioso. Aún con kimono, en el momento en que Brando se puso los kleenex en la boca, nació el Vito Corleone que conocemos. Y esa imagen me lleva a otra imagen que en estos días vuelve a mi cabeza una y otra vez: la última vez que vi a Yvonne Blake.

Fue, no hace tanto, en un restaurante en Madrid, delante de una comida deliciosa y una buena botella de vino. Durante muchos años, nos habíamos ido cruzando en festejos, celebraciones y demás actos sociales en los que mi habitual estado de ‘pulpo-en-un-garaje’ me había impedido cruzar no más de cuatro palabras con ella. Y, a pesar de eso, cada vez que cruzábamos esas cuatro palabras sentía una especial conexión con ella, una conexión que es muy rara en mí, y que por esa misma razón valoro inmensamente cada vez que se produce.

Yvonne era abierta, divertida, sabia, noble, apasionada, lúcida. Me hubiera gustado muchísimo trabajar con ella. Sé que nos hubiéramos entendido. Yvonne era una rara avis en el cine español, pero era una rara avis también en el cine mundial. Alguien que pasó de ayudante de sastra a diseñadora de producción y vestuario de Farenheit 451. Alguien que, como Coppola, como todos los grandes, tenía una manera tremendamente sencilla de hablar de su trabajo.

Escuchar hablar a Yvonne de cómo se le habían ocurrido las ideas que cimentaban su trabajo era fascinante: la falda y el peinado de Julie Christie en Farenheit 451. Todos los materiales que probó antes de crear el mítico traje de Superman. La camisa de Hugh Grant en Remando al viento. Y el inolvidable traje de Marlon Brando también en Superman. Recuerdo que en la comida hablamos de casi todo lo divino y lo humano, como si todo este tiempo hubiéramos estado almacenando preguntas que formularnos. Nos gustaban las mismas cosas y ambas detestábamos también las mismas: el bullshit, lo primero.

Al final de la comida, no pude resistirme y le pregunté qué tal había sido su experiencia con Brando. «Fue muy fácil trabajar con él, me dijo que se pondría lo que yo quisiera… El problema era… que cada vez que le probábamos el traje, que estaba hecho de un material muy delicado, había engordado y teníamos que ensanchárselo, así que un día, poco antes de rodar, le dije que dejara de engordar. Y ¿lo hizo?, le pregunté a Yvonne. «Bueno, me miró como un niño pillado en falta y, por supuesto, ¡no me hizo ningún caso! Tuve que crear una especie de casaca abierta sin botones, que no era mi idea inicial… Cada vez que me veía aparecer por el plató, tiraba la comida que tenía en la mano y decía: «¡Lo hago por ti, Yvonne!».

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