viernes, 10 de agosto de 2018

Se abren cinco interrogantes tras el fracaso parlamentario de la legalización del aborto

Por Pablo Mendelevich
Cinco interrogantes esenciales se abren tras el fracaso parlamentario de la legalización del aborto. El enunciado del primero, qué ocurrirá con el aborto a nivel legislativo reforma al Código Penal mediante, se cae de maduro. El segundo: qué pasará, de facto, con los abortos clandestinos mientras no haya cambios en las leyes, después de que el problema fue puesto sobre la mesa.

El tercero es sobre el impacto electoral que tendrá el tema en 2019 y en particular cuál será la ganancia o la pérdida en votos del presidente "prescindente" (prescindencia que incubó colonias de descreídos sobre todo del lado antiabortista). El cuarto se refiere al futuro de las relaciones del gobierno con la Iglesia católica y con el Vaticano, lesionadas según la visión de Roma y de buena parte del Episcopado por la decisión de Macri de abrir el debate. Y el quinto, quizás sea apasionante para los cenáculos de las ciencias políticas: ¿dejará rastros en la democracia este debate antinómico de tipo transversal, completamente atípico, o se irá como llegó? ¿Quedarán cicatrices de la división que se registró en el interior de la mayoría de las fuerzas políticas? ¿Mejorará la democracia o todo seguirá más o menos igual?

Los interrogantes parecen independientes, pero la taxonomía engaña. En la vida real estarán pegados unos con otros, porque todos dependen de lo que suceda de acá en más con las masas que se movilizaron por la despenalización del aborto y de la importante reacción que produjeron en la contraparte. De los colectivos, como se dice ahora: colectivos femeninos, colectivos feministas, abortistas, también antiabortistas, el inédito colectivo católico-evangelista, expandidos todos ayer en una plaza partida al medio que, vaya metáfora, obligó a desviarse a más de cuarenta líneas de colectivos reales.

Claro que hubo un cambio cultural, social y político profundo motorizado por mujeres jóvenes a raíz del debate del aborto y edificado sobre la base del movimiento Ni una menos. Ese voluminoso sector social, arrollador, ideológicamente heterogéneo, tiene un núcleo militante que difícilmente se amedrente por la derrota. Huelga decir que el sector antiabortista suma motivos institucionales para sentirse envalentonado.

Sin embargo, en un país acostumbrado a la agenda pública escarpada, con una sociedad que navega sin solución de continuidad entre ilusiones eufóricas, decepciones melancólicas y tremendismos angustiantes, tampoco es seguro que persistirá vigorosa la centralidad de las chicas jóvenes que ganaron la calle apasionadas con causas de las que la gran mayoría de los partidos políticos hasta hace poco se escurrían.

Aparte de involucrar, como tanto se repitió, a la salud pública, la Constitución, los derechos de la mujer, la religión, las creencias, el comienzo de la vida, la biología y los valores fundamentales según quien fuera el dueño del planteo, el tratamiento del aborto repuso en el medio de la escena el problema de la representación, variable esencial del sistema político.

Aún en el supuesto de que el 129 a 125 de la Cámara de Diputados fuera más representativo de las proporciones en las que está dividida ad hoc la sociedad que el 38 a 31 -inverso- del Senado, resulta difícil hablar aquí de mayorías aplastantes o de minorías despobladas: es evidente que el tema, que se resolvió en el Congreso pero no en la práctica, organizó dos grupos muy significativos. ¿Sería pertinente entonces, como sugieren algunas voces del lado de los derrotados, someterlo al sufragio?

La única vez que hubo una consulta pública nacional en la Argentina (el 14 de noviembre de 1984, acerca de la paz con Chile) la representación parlamentaria iba ostensiblemente a contramano de la voluntad popular. En las urnas hubo diez millones y medio de votos por el sí contra poco más de dos millones por el no, pero cuando les tocó decidir a los senadores (la consulta no era vinculante) la paz se aprobó raspando: apenas por 24 a 22. Primero se votó en las urnas y después en el Senado. ¿Con qué argumento podría invertirse ese orden?

Lo único seguro es que las secuelas del debate serán importantes. La política no podrá ignorar que debajo de la superficie multipartidaria laten dos públicos enfrentados.

© La Nación

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