jueves, 23 de agosto de 2018

La plantación

Por Isabel Coixet
La Plantación Whitney es una antigua mansión en Luisiana, a varias millas de Nueva Orleans, que hoy se puede visitar como museo dedicado a recoger la memoria de los esclavos que vivieron, trabajaron y murieron allí. Recorrer los lujosos salones de este lugar y después ver los establos donde familias y animales convivían es una dura lección de historia. Y es más dura cuantas más similitudes encontramos en el presente. 

Uno de los mayores temores de los esclavos que se hacinaban en este lugar era la arbitrariedad con que eran separados de sus familias. Ya en el momento de la venta, ese temor estaba presente. Pero aun cuando los traficantes de esclavos con frecuencia vendían familias completas a los amos de las plantaciones, una vez llegados al lugar, podían separarlas fácilmente en el momento en que algún miembro de la familia se rebelara o simplemente en el momento en el que el amo necesitara dinero. No hay que ser muy listo para ver que ahora mismo, 180 años después, bajo otras circunstancias, los inmigrantes son separados de sus hijos de una manera completamente arbitraria y sin que ni siquiera haya un registro de esos niños, que nadie sabe si podrán volver a reunirse con sus padres.

Pero los paralelismos con el ahora no terminan aquí. Cualquier estadística actual en cualquier disciplina demuestra la brutal diferencia de trato que recibe la población negra (eufeimísticamente llamada ‘afroamericana’). Desde la educación primaria al acceso universitario, sanidad, justicia, artes, espectáculo, política. Ni siquiera el hecho de contar con un presidente de color ha cambiado significativamente un hecho que salta a la vista: ser negro en este país es un oficio de alto riesgo y, de una manera o de otra, no se sale indemne. Y cuando tienes un amigo negro que te habla de su experiencia cotidiana, te invade una sensación de vergüenza y horror difícilmente explicable. Cada persona negra asesinada por la Policía aumenta un grado más el temor atávico que uno siente sólo por el hecho de ser de color. Pasear por la noche en un barrio desconocido, pararte a mirar el teléfono para ver dónde está la parada más cercana de autobús y que una luz roja que podría ser de un coche de Policía te haga buscar inmediatamente un refugio para esconderte es algo que a mí no se me ocurriría, pero que es parte intrínseca de la vida del 15 por ciento de la población de este país. Que te resulte más difícil todo: desde encontrar un taxi hasta que te reciban para abrir una cuenta corriente, o que te sigan por una tienda de ropa para cerciorarse de que no robas. Que el presidente de tu país no tenga ni un asesor de tu color. Que, aunque seas un atleta reconocido, se te ‘vilifique’ porque te niegues a cantar el himno de tu país en protesta por la situación que gente menos afortunada que tú está viviendo: todo el sistema está montado para recordarte que, aunque la Constitución que un día legitimaba la esclavitud se cambió, tú sigues siendo un ciudadano de tercera clase.

A la salida de la Plantación Whitney encontramos una escultura compuesta por 120 cabezas de cerámica suspendidas de 120 soportes. Evocan una rebelión que ocurrió en 1811 cuando 120 esclavos huyeron desde plantaciones de la zona a Nueva Orleans. Fueron acorralados por un batallón de soldados, capturados y degollados. Sus cabezas estuvieron expuestas allí largo tiempo como advertencia. Cuando corre el viento, las cabezas se mueven y producen un sonido estremecedor. Por unos instantes, el terror de cada uno de esos esclavos es el nuestro.

© XLSemanal

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