martes, 14 de agosto de 2018

El hombre de los jilgueros

Por Isabel Coixet
Hay un hombre en Central Park, en Nueva York, al que he visto durante años en el mismo banco, con un bocadillo en la mano, dando de comer a los jilgueros. Empezó un día mientras hablaba con una mujer, que le dijo: «Tienes un pájaro en tu bocadillo». Y, al parecer, se corrió la voz en el mundo animal, y el hombre comparte cada mañana su bocadillo con multitud de pájaros que ya lo esperan en el mismo banco cada día. 

El hombre habla con ellos y parece reconocerlos. «Has engordado desde la última vez que te vi», dice. O: «Mira quién ha cambiado las plumas»; o: «Vaya, quién ha tenido familia». Parece contento con su misión en la vida y ya posa con los pájaros en la mano para los curiosos que conocen su historia y acuden a ver el espectáculo de cientos de jilgueros revoloteando alrededor de un sándwich de jamón y lechuga. O pastrami. O queso. Antes de ir al parque, pasa por una deli donde ya le guardan los bocadillos del día anterior que no han vendido. Vive solo en una habitación de un piso compartido y tutelado en el Bronx y ha sido peluquero, camarero, chófer de autobús escolar, confidente de la Policía. Ha estado en la cárcel por falsificación de cheques. No tiene visión en el ojo izquierdo, justamente por un accidente que sufrió en la cárcel. «Un accidente», recalca con sorna. Trabajaba en la cocina de la cárcel y hacía un chili con carne excelente que todos, incluidos los guardias, le alababan. A alguien empezó a caerle mal y el resultado es la cuenca vacía con un ojo de cristal que brilla de una manera antinatural los días de sol. Lo soltaron antes de que cumpliera la mitad de la condena. Cree que tiene un hijo, pero nunca estuvo totalmente seguro desde que una exnovia le comunicó que iba a ser padre y desapareció. A veces piensa en ese hijo cuya existencia ignora y se lo imagina, casado, con hijos. Quizás uno de esos niños rubios que se acerca tímidamente a verle alimentando a sus pájaros es su nieto. Quizás ni siquiera tiene un hijo.

Cuando miras el espectáculo desde lejos, el rostro del hombre transmite una extraña beatitud, como si estuviera en trance y no escuchara la algarabía pesadillesca que lo rodea cuando se le acaban las migas y los pájaros lo abandonan hasta el día siguiente. El banco es el único banco de Central Park que está completamente cubierto de mierda, y los guardas del parque ya ni siquiera intentan limpiarlo porque al día siguiente saben que estará igual. A veces, pasando por aquí, me pregunto qué pasará si el hombre cae enfermo y falta algún día a su cita. ¿Lo echarán de menos? ¿Cuántos días lo esperarán? ¿Escogerán a otro paseante con cara de necesitar una misión en la vida? No tengo respuesta para ninguna de estas cuestiones. Aunque me temo que lo único que podemos afirmar es que los pájaros se seguirán cagando en el banco.

© XLSemanal

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