domingo, 15 de julio de 2018

La prohibición del aborto y el espanto a la sexualidad femenina

Por Giselle Rumeau
En el país del tango y la nostalgia eterna, la madre no se discute. Es común escuchar frases arrabaleras que sostienen que madre hay una sola y es la más santa de todas. La maternidad es sagrada y absoluta. Y el instinto materno es algo universal. Quizá por eso, la Argentina sea también el país del psicoanálisis, con 194 profesionales por cada 100.000 habitantes, según el último Atlas de salud mental.

Pero quien haya pasado unos años por el diván debería saber que el motor del ser humano es el deseo, que siempre es inconsciente e insatisfecho, y no el instinto.

Precisamente, la teoría psicoanalítica barre con el concepto del instinto materno. No existe tal cosa, dice. Y aunque esta afirmación tenga ya sus años y cause horror en los pensamientos más rancios, se afirma en explicaciones básicas. No somos animales que, justamente por instinto, copulan entre padres e hijos y actúan con su cría siempre de la misma manera. Si fuera así, no habría madres crueles que abandonen a sus niños o les infrinjan castigos o vejámenes espantosos porque el instinto les diría que hacer. Los seres humanos somos un poco más complejos que los animales. El instinto forma parte del plano biológico y es una función que también tenemos como la necesidad, relacionada con la supervivencia y la adaptación. Pero nosotros estamos atravesados por la cultura y el deseo. Lo más apropiado aquí sería decir que lo que existe es el deseo materno. O no, porque el deseo siempre es propio del sujeto y no de la especie. Hay mujeres que desean tener hijos y otras que jamás pensaron en ser madres. Pero unas y otras tienen relaciones carnales más allá del mandato biológico. Se disfruta y se goza.

Pues bien, a esta altura del relato podemos argumentar que el tema del deseo materno y el placer sexual está íntimamente relacionado con la defensa de la prohibición del aborto.

Se sabe. Quienes se oponen a legalizar esta práctica clandestina están en su mayoría en sintonía con los dogmas de la Iglesia Católica, una institución con preceptos anacrónicos, que cuestiona la sexualidad humana si no se practica como un acto reproductivo, que le impone a sus sacerdotes algo tan antinatural como el celibato o que considera a la homosexualidad como algo aberrante. Si fuera por la Iglesia, no habría Ley de divorcio, ni matrimonio igualitario, ni preservativos necesarios para evitar el contagio de enfermedades horribles como el sida. Pero la defensa de la penalización no está ligada exclusivamente a las convicciones religiosas o morales. No sólo se confunde la discusión religiosa con un tema de salud pública. El problema principal de este razonamiento es con la sexualidad. O mejor dicho, con la sexualidad de la mujer. Invisibilizar la práctica del aborto no es otra cosa que invisibilizar la sexualidad femenina. Es un mecanismo inconsciente. Que la mujer goce, además de ser objeto de placer, es intolerable para esa mirada, y si se trata de una madre, mucho peor. No en vano suele decirse que los mejores amantes varones son aquellos que perdieron el respeto a su madre o hermana. Poder conjugar el amor tierno con el deseo erótico en una misma persona es la clave de una relación amorosa sana.

Tampoco se trata de negadores seriales de la realidad. No hay que ser muy perspicaz para saber que los abortos se practican en el país, más allá de su prohibición. Y que son las mujeres de bajos recursos económicos quienes mueren o sufren las peores consecuencias por no tener el dinero para hacerlo en condiciones mínimas de seguridad e higiene. Pero quienes rechazan la despenalización pretenden que el aborto siga permaneciendo en las sombras, como un castigo por haber disfrutado. Es común escuchar de esas bocas frases disparatadas, intolerantes y acusatorias hacia la mujer. "Lo hubiera pensado antes de acostarse" o "van a usar el aborto como método anticonceptivo", repiten sin pausa.

Salvo la vicepresidenta Gabriela Michetti -cuyas declaraciones realizadas al diario La Nación parecieran ir a priori contra cualquier lógica posible- gran parte de quienes se denominan pro vida aceptan que la práctica se realice de manera legal en casos de violación, tal como lo estipula la legislación argentina desde 1921. ¿Cuál sería entonces la diferencia con las mujeres que no fueron violadas? ¿Que estas últimas gozaron y por eso deben ser sancionadas y tener un hijo no deseado?

"Yo no hubiera permitido el aborto ni en casos de violación. Lo dije claramente siempre. Lo podés dar en adopción, ver qué te pasa en el embarazo, trabajar con psicólogo, no sé", dijo Michetti hace doce días.

El pensamiento de la Vicepresidenta es el más machista de todos. Quizá piense que la niña salteña de 10 años violada por su padrastro, embarazada y obligada a ser madre porque las normas locales no permiten el aborto a contramano de la legislación nacional, hizo algo malo para soportar ese abuso. ¿Creerá que se lo merece tan sólo por ser mujer?

El lema a favor de la vida utilizado por los antiabortistas es un slogan efectista para una campaña publicitaria, pero poco serio para elevar el nivel del debate. ¿Quién puede estar en contra de la vida? Es un postulado tramposo. Como suele afirmar el ex ministro de Salud Ginés González García, la vida viene con el espermatozoide y el óvulo que son células vivas. Pero una cosa es la vida y otra es la persona. "La semilla es vida pero no es el árbol", repite Ginés.

¿Habrá que evitar el sexo por placer entonces para no desperdiciar óvulos y espermatozoides? Está claro que no. Lo que queda a la vista es que quienes se oponen a la legalización del aborto no es la vida lo que defienden sino la represión de la sexualidad femenina.

© 3Días

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