domingo, 3 de junio de 2018

Nostalgias del primitivismo

Por Javier Marías
Paloma Varela Ortega, que siendo ella muy joven y yo adolescente me dio clases en el colegio, me envía unas cuantas postales escritas por mi madre a la suya a lo largo de varios veranos. La más antigua (destinada a su abuelo Don José, de hecho) es de 1955, la más reciente de 1960. Son postales de pequeño tamaño y en blanco y negro, casi siempre con motivo de felicitarle mi madre el santo a la suya, así que cuentan poco. 

En 1956, sin embargo, le dice Lolita a Soledad: “Pensamos con pena en tu día de la Virgen y en el otro que pasaste aquí sin la niña ya, pero con tu padre. Deseo que Palomita tenga alegría y que eso te ayude a ti. Nos dan mucha tristeza los rincones sorianos llenos de recuerdos”. Las dos mujeres habían perdido, respectivamente, un hijo y una hija pequeños. Un año más tarde le dice: “Te deseamos mañana un día con felicidad, junto a las penas”. Los textos son tan breves que lo más destacable sea quizá la mención, un par de veces, de un collar que al parecer mi padre le había traído a Soledad de Nueva York. En un post scriptum él le anuncia: “Tu collar va de camino; como verás, te da tres vueltas. Pendientes que igualaran no encontré”. Y más adelante Lolita y Julián insisten en que se trata de un mínimo, modestísimo regalo; supongo que Soledad se ofrecía a pagarlo, o que acaso era un encargo suyo. En esos años mis padres no tenían una perra, así que me imagino que en efecto era modesto.

En una cartita, fechada el 3 de agosto de 1958, mi madre explica: “No me cogieron aquí los fríos: la temperatura y una leve varicela de Álvaro” (mi hermano pequeño) “me retuvieron en Madrid hasta el día 13. Pronto me metí en la varicela doble —fuerte y muy fuerte— de Fernando y Xavier” (mi hermano inmediatamente mayor y yo mismo, que me llamé con X largos años). “Ya están completamente bien y Julián de vuelta”. Y aquí, claro, me ha acudido el recuerdo. Me he visto guardando cama durante un montón de días, o a mí se me hicieron eternos, en la habitación que compartíamos en los veranos de Soria. En efecto, Fernando y yo la padecimos al mismo tiempo, él con menos de nueve años y yo con menos de siete (más aguda, me entero ahora). El picor era insoportable, pero estábamos bien advertidos de que no podíamos rascarnos, ni siquiera tocarnos, las feas vesículas repartidas por el cuerpo. Algo debí de tocármelas, porque, aunque feas, sé que eran lisas y suaves al tacto. Supongo que por entonces no había aún vacuna. Sí la habría para la mucho más peligrosa viruela, pariente suya, porque no sentíamos su amenaza. No mucho antes no la habría para la poliomielitis, porque durante el curso 1954-55, que pasamos en New Haven (mi padre iba de un lado a otro para ganar lo que el régimen de Franco le había prohibido ganar en España), mi madre no quiso que fuéramos allí al colegio, por temor al contagio.

Es asombroso que ahora haya tantas personas —una corriente de irresponsables que rayan en la criminalidad— dedicadas a poner en cuestión las vacunas, y resueltas, en muchos casos, a no administrárselas a sus criaturas. Sin el menor fundamento, hay individuos “influyentes” — actores y gente por el estilo, sin ninguna autoridad en la materia— que han lanzado una campaña aseverando no sólo la inutilidad de las vacunas, sino denunciando sus perjuicios… para la salud, santo cielo. Y como toda necedad y toda superstición tienen hoy eco y prosperan, hay una legión de tontos “naturales” que les hacen caso. El resultado de esta moda no puede ser más desastroso, porque esos padres no sólo desprotegen a sus hijos contra buena cantidad de enfermedades para las que hoy hay prevención y remedio, sino que ponen en peligro a los demás críos (a los demás no vacunados, pero el mundo es ancho). Y aún es más: están reapareciendo dolencias que se daban ya por casi extinguidas. Hace nada ha habido en Europa un brote de sarampión incomparable con el de anteriores años. Los niños de mi época contábamos, si la memoria no me falla, con que debíamos “pasar” casi por fuerza (y cuanto antes mejor) tres o cuatro enfermedades no graves: el sarampión, la rubeola, las paperas y la comentada varicela. Pero ya éramos inmunes a la mayoría de las más graves. Las muertes por viruela (que no era de las obligadamente funestas) se cuentan por millares a lo largo de la historia, no digamos las causadas por las más malignas. Mi abuela, de la que hablé aquí hace poco, dio a luz a once vástagos, de los que dos murieron pequeños y otros dos muy jóvenes (bien es verdad que a uno de éstos le pegaron un tiro en la sien, por nada, los chequistas madrileños del asesino Agapito García Atadell, a los dieciocho años). Durante siglos y siglos las proles eran diezmadas, la mortandad era espantosa entre niños y jóvenes. Hoy está espectacularmente reducida, pero como cada vez hay más sujetos deseosos de regresar al medievo en todos los aspectos, y proliferan las imbecilizadas nostalgias del primitivismo más aciago, se ataca uno de los mejores inventos de la humanidad y se prescinde de sus beneficios. Quienes rechazan las vacunas propagan y resucitan las enfermedades, lo cual no debería estarles permitido en nuestra sociedad tan sanitaria.

© El País (España)

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