domingo, 27 de mayo de 2018

Mujeres y caminos solitarios

Por Arturo Pérez-Reverte
Olvidamos, tal vez demasiado a menudo, que vivimos en un lugar hostil poblado por elementos peligrosos llamados seres humanos. Y que en este lugar hay gente bondadosa y solidaria, pero también un elevado porcentaje de malvados. Basta leer los periódicos, ver la tele o echar un vistazo alrededor, para comprender que fiarlo todo al hola qué tal y al buen rollito es el camino más corto para tener problemas.

Es inútil, incluso peligroso, creer que las buenas intenciones son posibles con sólo desearlas. Que una simple declaración de principios nos pone a salvo, dando por supuesto que con denunciar el mal, éste dejará de existir. Por poner un ejemplo tonto pero elocuente, es como si cada vez que un oso blanco se zampara a un fulano en el Polo Norte, los esquimales se concentraran un minuto de silencio en la puerta de sus iglús para protestar contra la violencia y luego se fueran solos y desarmados a cazar focas, pescar y tal. Pero no lo hacen, claro. Se llevan la escopeta. Son esquimales, pero no son gilipollas. Conocen a los osos.

Con esto intento decir que el ser humano puede ser muchas cosas buenas, pero también tan peligroso y despiadado como un oso blanco hambriento. Olvidarlo trae disgustos. Por eso conviene considerar que ninguna proclamación de sanos principios, por oportuna que sea y mucho que ayude, resuelve nada si se hace desde lejos o fuera. Que el horror, el crimen, la maldad, siempre estarán ahí, y no sirve señalarlos como cosa ajena. Que la lucha eficaz contra el mal empieza por la admisión, la certeza sin complejos, de que ese mal existe, todos formamos parte de él, y también todos, hasta quienes parecen a salvo, vivimos expuestos a él. Es necesario sentirnos tan víctimas como culpables. Hacer nuestros el peligro, la incertidumbre y el miedo. Saber que incluso por nosotros doblan las campanas.

Pensé en eso ayer por la noche, paseando a mis perros. Iba por un camino solitario y mal iluminado cuando a mi espalda oí el motor de una motocicleta. Al cabo de un momento la moto me adelantó, yendo a detenerse unos pasos más allá. La conducía un hombre con casco, y me pregunté qué hacía allí parado y si me estaba esperando a mí, lo que parecía probable. Seguí caminando tranquilo. Tal vez quiere preguntar algo, me dije. Al pasar a su altura, vi que sólo se había detenido a mirar su teléfono. Seguramente buscaba orientarse por el GPS. Nos miramos un momento, dije buenas noches y seguí mi camino.

Qué diferente, me dije, si yo hubiera sido mujer. Intenté considerar lo ocurrido desde ese punto de vista, y el panorama cambió por completo. Lo que puede ser una situación normal para mí, concluí, no suele serlo para ellas. Imaginé la inquietud de una mujer con la moto acercándose, la incertidumbre al verla delante, en el paraje nocturno. Y sin duda, excepto en caso de ser una irresponsable, el miedo. Un hombre con una moto en tu camino, como al acecho, y tú avanzando hacia él sin saber cuáles son sus intenciones, segura de que no hay cerca quien te socorra. De ser así y no llevar los perros, incluso con ellos, seguramente habría dado la vuelta, huyendo de allí. Qué distinta, en fin, puede verse la misma escena, idéntica situación, con los ojos de un hombre y con los de una mujer.

Ése es tal vez, concluí, el principal problema. Dos formas de ver el mundo, la misma realidad. Una, con la tranquilidad –engañosa, pero frecuente– del hombre que durante siglos ha hecho las reglas y está habituado a manejarse con ellas, a sentirse a salvo entre iguales, donde puede medirse con las mismas fuerzas. Otra visión, sin embargo, es la de la mujer, que durante esos mismos siglos ha sido botín de guerra, objetivo a depredar, parte socialmente débil y con frecuencia indefensa de la trama, y a la que titulares de prensa y telediarios confirman aún hoy, cada día, como ser vulnerable, parte amenazada, víctima fácil. Objeto de caza.

Los hombres, concluí, en vez de tanto inútil minuto de silencio con el que creemos lavar nuestra conciencia, deberíamos ponernos más a menudo en el lugar de una mujer. Acostumbrarnos a mirar el mundo con sus ojos. Caminar por donde las mujeres caminan y hacerlo a su manera, no a la nuestra, sintiéndonos indefensos como cada día ellas se sienten. Porque sólo adquiriendo esa mirada suya, educándonos en ella –niños, parejas, jueces–, podemos aspirar a ayudarlas lo suficiente para que, cuando caminen por un paraje solitario, ninguna de ellas tenga que darse la vuelta. O la den, si no hay más remedio, en el mismo punto donde la daríamos nosotros.

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