jueves, 24 de mayo de 2018

La civilización es el infarto

Por Martín Caparrós
La civilización es morirse de un infarto. O, por lo menos, eso es lo que hacen cada vez más las personas de los países que se piensan más civilizados, los más ricos. Se habla mucho de desigualdad. Cada año, Oxfam nos bombardea con cifras que vuelven a mostrar lo que ya nadie ignora: que, por ejemplo, ocho hombres concentran la mitad de la riqueza del mundo, o que tres se quedan con un tercio de la española.

Hay otra medida incluso más obscena: la esperanza de vida. Si algo puede mostrar las diferencias extremas en el mundo es el hecho de que un habitante medio –¿un habitante medio?– de España espera vivir hasta los 83 años y uno de Nigeria hasta los 54, uno de Argentina hasta los 76 y uno de Angola hasta los 52. La diferencia son tres décadas de vida, e impresiona. Se piensa menos, en cambio, en otra diferencia decisiva ante la muerte: su causa, sus maneras.

Hemos inventado la vejez. Tantas veces me pregunté por qué la naturaleza –que suponemos sabia– nos había condenado a este proceso en que todo se arruina: por mucho que intentemos disfrazarlo con adornos tribales, envejecer es ir perdiendo fuerzas, facultades. Hasta que entendí que no era su culpa: que la naturaleza previó que viviéramos mientras éramos sanos y fuertes y capaces de reproducirnos para bien de la especie y que, por eso, las personas originales se morían a los 30 o 40 años. Esta prórroga es nuestro mayor invento, nuestra gran conquista, pero no la hemos completado: inventamos la vejez, no cómo detener el deterioro.

“La hicimos, pero todavía no hemos sabido hacerla buena. Inventamos un estado felizmente antinatural pero nos falta mucho: nos queda a medio hacer, lleno de errores” –escribió un autor casi contemporáneo. El invento es reciente: su triunfo es más nuevo que, digamos, el televisor. Hacia 1950 vivían en el mundo unos 2.500 millones de personas y 200 millones tenían más de 60 años: el 8%. Se calcula que en 2050 seremos 8.000 millones y 2.000 tendrán más de 60 años: el 25% de la población, tres veces más que cuando yo nací. Tres veces más viejos: a veces los números parecen mudos; otras, gritan.

Inventar la vejez fue un largo proceso que implicó, entre otras cosas, ir controlando los factores que la impedían: primero fueron fieras hambrientas, fríos extremos, el hambre, plantas venenosas; después las guerras y masacres, aguas podridas, infecciones, virus, partos. Por eso ahora nos morimos más viejos, de cosas que antes no. Por eso las causas de muerte fueron variando y no hay nada más civilizado que morirse de un infarto y otros problemas de la sangre.

Ya le sucede a un tercio de los hombres y mujeres del planeta. Pero en Suecia o Alemania las proporciones suben: el 39% de las personas mueren por enfermedades cardiovasculares; en Kenia, por ejemplo, sólo el 11%. La razón –es obvio– es que no llegan a ese punto: se mueren antes de otras cosas. El 18% de diarreas, el 15% de HIV, el 3% de tuberculosis, más del 4% de desnutrición o de malaria, y ese 7% por ciento de niños que no consiguen cumplir cinco años. Así era el mundo antaño; así, todavía, es una buena parte.

El pobre Manrique se revuelve en su tumba: “…allegados son iguales/ los que viven por sus manos/ e los ricos”, decían sus Coplas, en uno de los mitos más resistentes de nuestra cultura. Siempre pensamos en la muerte como un factor igualador; tampoco escapa a la tendencia general, la desigualdad extrema. La diferencia no es sólo cuándo llega; es también cómo. Nadie se jactará de un ataque al corazón; es curioso, por eso, saber que es nuestro privilegio.

© El País Semanal

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