domingo, 18 de marzo de 2018

Fobias, prejuicios y despechos de la izquierda caviar

Por Jorge Fernández Díaz
La espinosa lectura de esta semana me ha convencido de que la épica inmigrante, el espíritu emprendedor, el ansia de superación, la cultura de la innovación y del esfuerzo, hacer méritos, tener ideas propias e incluso aspirar al disfrute solitario y bien ganado, a la calidad de vida o a las realizaciones "posmateriales" son horribles vicios de la derecha. Todos nosotros practicamos el "neoliberalismo molecular" y llevamos, por lo tanto, un derechista adentro.

Si esta fuera una novela policial, estaría develando el enigma: el gran culpable del crimen (un monstruo apocalíptico llegó a la Casa Rosada) emerge al final del libro y resulta ser esta sociedad occidental entregada a las reglas del capitalismo. Casi se podría decir entonces que Macri y sus muchachos son más o menos inocentes, puesto que solo estarían intentando interpretar las demandas de las clases medias y bajas, que fueron impregnadas de egoísmo y pecados individualistas. Incluso la palabra "republicano", dentro de esta literatura política, tiene una connotación inequívocamente derechosa, con lo que en lo personal (se me permitirá esta licencia) resulta que las cosas quedarían más o menos así: mis abuelos españoles eran republicanos, combatieron contra el franquismo, uno de ellos murió en Normandía, la familia emigró desde la pobreza, se abrió paso con su empeño y fuimos criados en la filosofía del sacrificio, la meritocracia y la exigencia. Somos, en consecuencia, reaccionarios de manual, y los progres que acompañaron el nacionalismo bolivariano hasta hace cinco minutos nos acusan ahora de "republicanos", es decir: de conservadores atrofiados por esta sociedad injusta, razón oculta de la desigualdad. Vaya vuelta de tuerca. Que nuestros muertos nos perdonen.

Esta reseña intenta ser la breve refutación de ciertas líneas argumentales que contiene un ensayo escrito por el director de Le Monde Diplomatique, el politólogo José Natanson, quien con honestidad intelectual trató hace un tiempo de explicar la razón del éxito comicial de Cambiemos; sus compañeros de tribu (Página/12, Carta Abierta) por poco lo pasan a degüello. El nuevo texto se llama "¿Por qué?", trepó a la lista de best sellers y merece atención porque está muy bien escrito y porque representa, tal vez involuntariamente, los prejuicios renovados de un progresismo que abreva en el posmarxismo y en la gauche divine y que coquetea con cuanto experimento autoritario y populista se le plante a la democracia liberal. Como dijo alguna vez Vázquez Montalbán, "los burgueses ilustrados de izquierda nos solazamos con las revoluciones lejanas, esas incómodas revoluciones que no quisiéramos interpretar como protagonistas". Los penúltimos suspiros fueron por Cristina y por Chávez.

Ante su grey, Natanson tiene que justificar una y otra vez que su objeto de estudio le repugna, como si estuviera haciendo una investigación interna sobre un club de pedofilia; sus lectores creen que aquí se reedita la dictadura militar y que se están produciendo "alteraciones alarmantes al Estado de Derecho" (sic). La preocupación institucional de quienes han violado casi todas las instituciones sería graciosa si no fuera trágica. El politólogo explica por qué fracasó la economía kirchnerista, después de elogiar su "pico distributivo". Ese pico consistió en tomar las ganancias providenciales del viento de cola y repartirlas con rapidez e irresponsabilidad, sin invertir para construir un desarrollo sustentable y sin advertirles a los ocasionales beneficiarios que era pan para hoy y hambre para mañana. Manteca al techo y luego vacas flacas, y al final algún tonto que se hiciera cargo de la factura. Esa es la historia real del "igualitarismo de la década ganada".

El análisis general soslaya todo el tiempo la palabra "peronismo", como si ese amorfo movimiento sin ideología no hubiera reinado durante los últimos setenta años. Invisibilizado ese verdadero factor de poder que rompió el sistema e impidió la bonanza, queda entonces un combate folclórico entre el bien y el mal, entre la izquierda y la derecha. Si esto fuera cierto, se podría organizar un partido de fútbol entre el Nacional de Buenos Aires y el Cardenal Newman, dejar un entretiempo largo para las piñas y preparar un asado al final para las reconciliaciones. Pero pasarle el peine fino al "capitalismo popular" de cualquier signo (incluido el socialdemócrata), que aquí nunca tuvo una verdadera oportunidad, y amnistiar al peronismo, que gobernó y dominó el escenario, impuso sus criterios, construyó sus propias mafias y oligarquías, formó feudalismos territoriales y resultó el principal agente de nuestra decadencia, es como poner bajo sospecha al mayordomo mientras el archiduque esconde el cadáver tras los cortinados. Dar por supuesto que el peronismo conduce a la Patria Socialista es un error histórico, pero también un refrescado esnobismo de esta izquierda parisina.

Si la estilizada faena de Natanson se limitara a sablear al elenco oficial, este artículo no tendría razón de ser: allá los que gobiernan circunstancialmente la Argentina, con sus lacras y con sus yerros. Pero el texto cuestiona el "neoliberalismo de abajo" que supuestamente anida en la sociedad (incluidos el proletariado y la nueva inmigración), esa pulsión novedosa que tenemos por el "país normal", que atraviesa a más del 60% del electorado y que en apariencia el macrismo manipula de manera oportunista. La igualdad de oportunidades, argumenta el politólogo, "es un enfoque típicamente liberal, que apuesta al progreso por la vía del esfuerzo individual más que a la construcción colectiva de bienes públicos". Esa visión caracteriza al "emprendedor" como el reemplazante del oxidado explotador capitalista y da por hecho que los republicanos descreen de la necesidad de un Estado presente y protector de los más desfavorecidos. Se llega a simpatizar, por esa vía, con los manteros y los truchos de La Salada en desmedro de los comerciantes que pagan sus impuestos. Erogaciones que permiten, precisamente, financiar las redes de contención social. La ambición personal, el empuje, el anhelo de mejoras, el hedonismo, la nueva espiritualidad y el consumo (los kirchneristas lo exacerbaron en desmedro del ahorro) caen entonces en la categoría de neoliberalismo social, y a esto se opone el utópico y un tanto borroso proyecto colectivo de los buenos, con un fantasmal Estado maravilloso que conduce al paraíso en la Tierra. No se sabe muy bien cuál es ese Estado, si el cubano, el venezolano, el maoísta o el soviético. Quiero creer que no es el Estado peronista, que tras 27 años ininterrumpidos de gestión bonaerense dejó esa provincia con el 48% del trabajo en negro, un 60% sin cloacas, una miseria obscena, un atraso abismal y unos entramados gansteriles que harían temblar a Escobar Gaviria.

La experiencia capitalista está llena de aciertos y desgracias, y precisa del espíritu crítico y la reforma incesante, y ya sabemos que la democracia es un sistema imperfecto. Pero la fobia anticapitalista es una patología del despecho que a mucha gente sensible suele arrojarla en brazos de franquismos posmodernos. Salen de Guatemala y caen en Guatepeor. Es así como este "progresismo" tan moderno, aliado inesperado del nacionalismo eclesiástico, termina muchas veces corriéndonos por derecha. Triste paradoja para los hijos y nietos de aquellos gladiadores que, con una mano atrás y otra adelante, bajaron de los barcos con la abominable ilusión de progresar. Qué capitalistas abyectos.

© La Nación

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