martes, 27 de febrero de 2018

La foto que desnudó la esencia del represor y asesino

El momento en que Menéndez se baja del auto con un cuchillo y es frenado
por su hijo y un custodio (Foto/Enrique Rosito/Argra)
Por Alfredo Serra

Batirse cuchillo en mano, en la inmensa pampa y contra la partida de soldados que intenta capturarlo, como Martín Fierro según la pluma de José Hernández, es un acto de supremo coraje y valentía.

Pero acometer, también cuchillo en mano, en una calle de Buenos Aires, a un grupo pacífico y desarmado, es un repugnante acto de matón.

Ese matón y asesino, el alguna vez general de División Luciano Benjamín Menéndez, que acaba de morir a los 90 años en Córdoba, la ciudad donde, de 1975 a 1979, comandó el terrible Tercer Cuerpo de Ejército. Un enorme abanico de terror que en esos años, y en combinación con otras fuerzas armadas, desplegó secuestros, torturas y muerte a lo largo de diez provincias.

Dos apodos tuvo: Cachorro, en sus días de estreno del uniforme, y La Hiena de la Perla (uno de los centros de exterminio del Proceso, la última tiranía militar), que sin duda definía el espanto que sembraban su nombre, su poder y su pasión por matar.

Detenido por delitos de lesa humanidad, fue indultado por el entonces presidente Carlos Menem en 1990, pocos días antes del juicio que –claramente– lo condenaría.
Pero no escapó.

El 24 de julio de 2008, el Tribunal Oral Federal número 1 de Córdoba ciudad lo sentenció a "prisión perpetua, en carácter de coautor mediato, por el secuestro, tortura y desaparición de cuatro militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)" en 1977, y justamente en La Perla…

Vinculado a casi 140 causas por delitos de lesa humanidad, fue el militar con más condenas a prisión perpetua de la historia patria.

Se ufanaba de ser parte del grupo de Los Duros: Massera, Díaz Bessone, Riveros, Suárez Mason, partidarios –entre crímenes y tropelías de pesadilla– del delirio de entrar en guerra con Chile por el conflicto del canal de Beagle.

Sobre ese dislate se permitió una bravuconada propia de matón con uniforme desconocedor de toda ley salvo la fuerza:

–Si nos dejan atacar a los chilotes, los corremos hasta la isla de Pascua, haremos el brindis de fin de año en el Palacio de La Moneda (la casa de gobierno chilena), y después iremos a mear el champagne en el Pacífico.

Dado de baja del ejército y con una larga colección de condenadas a cadena perpetua, murió en el Hospital Militar cordobés, donde estaba internado desde el 7 de febrero.
Ataque al corazón.

El viento del olvido se llevará muchos detalles de aquellos años diabólicos. Pero una imagen no se borrará jamás…

En la noche del 21 de agosto de 1984, Menéndez fue al Canal 13 para ser entrevistado por Bernardo Neustadt. Afuera, en la calle, había un grupo de Madres de Plaza de Mayo y unos muchachos que le gritaban "¡asesino, cobarde!". Entonces salió del auto, un Ford Falcon que lo sacaba del Canal por la calle Lima, y los encaró, cuchillo en mano. Un cuchillo reglamentario que usan los paracaidistas, hasta que su hijo y un custodio lo detuvieron.

La foto –símbolo tétrico de un personaje, una dictadura y una época–, tomada por el reportero gráfico Enrique Rosito, de la agencia DyN, dio la vuelta al mundo. Para más vergüenza de cuanto había soportado el país desde 1975, fecha en que Isabel Perón ordenó "la aniquilación total de la guerrilla", hasta 1983, el amanecer de la democracia…

Porque ese sujeto vestido con el uniforme de San Martín, de Belgrano, de tantos héroes y hombres de honor, solo tenía de aquellos esa ropa descrita en los reglamentos. Lo esencial, el contenido, era un asesino, un cuchillero, un guapo de cartón fuera de tiempo y lugar.

Apenas una foto…

© Infobae

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