jueves, 25 de enero de 2018

Un poder invisible que empuja a Macri


Por Laura Di Marco

Qué suerte que ahora todos en mi gobierno quieran ir contra la mafia sindical. Durante estos dos años, siempre decían que no era el momento. Tenían miedo. Se la extraña a Lilita". Con Elisa Carrió de vacaciones, ese fue el mensaje que un dirigente "lilista" recibió esta semana en su celular de una conocida espada femenina de Cambiemos. Efectivamente, Lilita, como Graciela Ocaña, fue pionera en la embestida contra los patriarcas sindicales, los verdaderos intocables.

A la lista habría que sumar a Patricia Bullrich, cuando era ministra de Trabajo de la Alianza. Más allá de las controversias actuales en torno a las políticas de seguridad, hace 18 años los enfrentó casi en soledad. En cambio, Macri recién ahora decidió ir a fondo, cuando quedaron públicamente expuestos la extorsión y el endurecimiento de ese sector del gremialismo, acostumbrado a condicionar a la democracia. Durante estos dos años, sin embargo, solo intentó negociar administrando el statu quo. Incluso con el clan Moyano.

Efectivamente, hay dos Macri. Uno que se entusiasma con la nueva política y otro que se refugia en lo viejo conocido. Una ambivalencia que explica sus intentos de sostener a un insostenible Triaca, a pesar del nepotismo explícito que destapó el escándalo con su exempleada: ese nepotismo que los votantes de Cambiemos tanto le reprocharon al kirchnerismo. Como siempre susurra una macrista de la primera hora: "Cuando Mauricio se asusta, se recuesta sobre el lado oscuro".

Lo últimos caídos en desgracia, como el multimillonario Marcelo Balcedo; los dirigentes de la Uocra de Bahía Blanca, acusados de extorsión y asociación ilícita, o el Pata Medina son gremialistas de la provincia de Buenos Aires, la tierra de María Eugenia Vidal. Ya en el arranque de su mandato, la gobernadora se había metido con otro poder oscuro, sin el explícito aval de Macri: la bonaerense. O La Salada, un enclave mafioso alimentado por el trabajo esclavo con el que nadie se atrevía. Unos escalones más abajo, Laura Alonso había arrancado, a mediados de 2017, con dos movidas solitarias desde la Oficina Anticorrupción (OA): la modificación de la ley de ética pública para que los sindicalistas presenten declaraciones juradas y un proyecto para que los presidentes de las obras sociales -las cajas sindicales- hagan público su patrimonio. Entonces no había ningún guiño desde el Ejecutivo: el Presidente y los ministros del área estaban enfocados en sacar la reforma laboral. El combo de la OA se enlaza ahora con un proyecto de la diputada radical Soledad Carrizo que busca limitar los mandatos de esos jerarcas eternos.

La demanda ética fue un encargo de los votantes de Cambiemos y, al frente de esedelivery, las mujeres se hacen más visibles que los hombres. Las más descollantes son, indudablemente, Vidal y Carrió. Una hipótesis que, en el arranque del nuevo milenio, había diseñado el sociólogo francés Alain Touraine, cuando bautizó al siglo XXI como el "siglo de las mujeres", vaticinando una transformación social de la mano de ellas, nuevas protagonistas de un cambio de paradigma. Brotes que se dejan ver en otras democracias, como la norteamericana, donde la energía femenina es la principal fuerza opositora al gobierno de Trump. El movimiento #MeToo e, incluso, la carta de las intelectuales francesas poniendo matices a la ola de denuncias de abuso y acoso también forman parte de esa revolución silenciosa. No solo hay celebridades en el banquillo, sino también viejas certezas que, hasta hace muy poco, parecían verdades inamovibles.

Naturalmente, el solo hecho de ser mujer no es garantía de una metamorfosis democrática ni ética. La presidencia de Cristina Kirchner fue más producto del patriarcado que de otra cosa. Designada a dedo por el marido, siempre subordinada a él, avaló sus tramas mafiosas y, ya en su viudez, se encaramó en un populismo autoritario.

Incluso después de la muerte de Kirchner siguió buscando la protección intelectual y política de dos hombres: Verbitsky y Milani. Todo al revés que Hillary Clinton, que afrontó las primarias para llegar a su candidatura y, paradójicamente, con su derrota, ayudó a la consolidación del nuevo movimiento de mujeres políticas en Estados Unidos. Lo femenino no implica necesariamente una transformación social aunque, potencialmente, son ellas quienes están en mejores condiciones para mirar el mundo -un mundo que hicieron los varones- con otros ojos.

Por eso acierta Jaime Durán Barba cuando las define como catalizadoras de un cambio cultural. No porque sean mejores, sino porque son nuevas en el juego grande del poder. Y, tal como sucede con los jóvenes, aún son capaces de ver -y sobre todo de incomodarse- con la psicopatía de un statu quo que los hombres han naturalizado simplemente porque se criaron allí, inmersos en esa gran familia disfuncional.

Los síntomas de semejante mutación parecen ser transversales. A fines del año pasado, la dirigente kirchnerista Gabriela Cerruti sorprendió con un tuit elogioso hacia la gobernadora bonaerense, que se había bajado del auto para encarar a un grupo de guardavidas que le trababan el paso con un reclamo sindical. "La actitud de María Eugenia Vidal bajando y resolviendo es de mujer líder y fuerte -escribió Cerruti-. Muchos varoncitos hubieran llamado a la Gendarmería para que reprimiera en su nombre".

La palabra "feminismo" empezó a cambiar de connotación. No solo fue la más buscada, en 2017, en el diccionario norteamericano Merriam Webster, sino que también en la Argentina el término empieza a despojarse de su mala prensa tomando distancia de las caricaturas radicalizadas. Muchas adolescentes y jóvenes sub-35 se asumen, sin tanto prejuicio, como feministas. No como sinónimo de lucha contra los varones, sino de activismo por los derechos de la mujer. En los colegios secundarios estatales de la ciudad de Buenos Aires, despunta una novedad en el territorio de la adolescencia: los varones feministas. Las grandes editoriales argentinas confirman esas preferencias: el feminismo es una nueva tendencia de lectura desde hace, al menos, dos años.

La innovación cultural hace crujir estereotipos, como aquella vieja prescripción de las abuelas de que las mujeres deben mostrarse "un poco tontas", siempre menos inteligentes que ellos, para no "asustar" a potenciales maridos. Una creencia que logró trasladarse al sentido común y que, sorprendentemente, permeó en los consultorios de terapeutas y consejeros del corazón. Ser tonta -o aparentar serlo para ser aceptada- no es muy compatible con ser una política exitosa. En 2015, en plena carrera por la gobernación bonaerense, esos prejuicios teñían la figura de María Eugenia Vidal a pesar de que fue finalmente ella quien terminó catapultando a Macri a la presidencia. Sin embargo, los ojos del machismo cultural, de varones y mujeres, la veían tonta.

Ese es, tal vez, el riesgo en el desarrollo de un nuevo paradigma cultural y político. La misoginia interior, la de las propias mujeres que atacan, envidian inconscientemente o desvalorizan a sus congéneres. Así lo advierte la escritora norteamericana Susan Brownmiller, una referente del movimiento feminista norteamericano. En la Argentina, el destino de ellas dentro de la coalición oficialista -sobre todo de Vidal y Carrió- también será un indicador para medir si esa energía femenina -ese poder invisible que muchas veces empuja a Macri- se amplía o retrocede. La vieja política sigue latiendo dentro de la nueva.

© La Nación

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