domingo, 28 de enero de 2018

¿Cuánto vale una buena imagen?

Por James Neilson
De tomarse al pie de la letra lo que dicen las estrellas del firmamento internacional, Mauricio Macri cuenta con el respaldo de buena parte de la elite política planetaria. Personajes tan diversos como Donald Trump, Vladimir Putin, Angela Merkel, Emmanuel Macron y otros, muchos otros, parecen creerlo capaz de poner fin a la ya casi secular decadencia argentina y erigirse en el líder natural de una América latina post-populista.

Con todo, si bien para Macri será muy grato saber que fronteras afuera su propia imagen sigue siendo muy buena, no puede sino preocuparle el que las palabras de elogio que oye a diario no se hayan visto acompañadas por más dólares, euros, libras, yenes, yuanes e incluso rublos.

Como el Presidente ya se habrá enterado, a los mandatarios de los países capitalistas no les interesan demasiado los temas estratégicos. Les encanta perorar en torno a ellos pero, a diferencia de los comunistas de otros tiempos y, para indignación de los iraníes de a pie, de ciertos islamistas actuales, no están dispuestos a gastar mucho dinero para ayudar a quienes comparten sus ideales. Están tan convencidos de la superioridad intrínseca del capitalismo liberal mitigado por las instituciones benefactoras que se han construido en todos los países considerados avanzados que no se les ocurre que haya sociedades reacias a soportar las exigencias del sistema así supuesto y que por lo tanto les convendría hacer algo más que felicitar a aquellos dirigentes que comparten su punto de vista.

Aunque quienes manejan mucho dinero entienden que les beneficiaría enormemente que la Argentina se transformara pronto en la dínamo capitalista prometida por Macri y sus colaboradores más optimistas, antes de arriesgarse quieren asegurarse de que no haya peligro de que el país recaiga en el facilismo delirante que le es tradicional. Tal actitud es un tanto contradictoria; su negativa a darle una mano al gobierno de Cambiemos podría condenarlo al fracaso, lo que, además de privarlos de un aliado en potencia y una fuente de ingresos muy importante, tendría repercusiones desafortunadas en toda la región.

Hace apenas dos años, los macristas confiaban en que la imagen impresionante de Macri sería un activo económico sumamente valioso, de ahí la esperanza de que el país se viera inundado por un torrente de inversiones. Pero el mundo capitalista no funciona así. De estar en lo cierto los amigos de las teorías conspirativas, los temibles “neoliberales” ya se hubieran movilizado para impulsar el gran cambio previsto por quienes acababan de desplazar a los kirchneristas pero, para decepción del oficialismo, los empresarios y los gerentes de los fondos de inversión principales optaron por esperar algunos años más.

¿Habrán servido los resultados de las elecciones legislativas de octubre pasado para convencerlos de que esta vez sí va en serio la tan demorada reconversión, que por fin el grueso de los argentinos había llegado a la conclusión de que sería mejor que el país se “normalizara” de lo que sería continuar depauperándose en nombre de una fantasía voluntarista? Es factible, pero también lo es que lo sucedido a partir de entonces, como el descenso abrupto de la imagen interna del Presidente a causa de un cambio módico de un sistema jubilatorio apenas viable y el salto que dio la inflación en diciembre, les haya sugerido que sería mejor no apurarse. Por cierto, no les faltan pretextos para sentir escepticismo; no ignoran que el macrismo podría resultar ser nada más que un fenómeno pasajero.

Cuando de países como la Argentina se trata, los norteamericanos y europeos, tanto los progresistas como los más conservadores, son partidarios de dejar que el mercado decida el destino de las inversiones. En cambio, los rusos y chinos, en especial estos últimos, suelen privilegiar los factores geopolíticos.

Es por tal motivo que en Pekín y Moscú se da por descontado que a la larga les convendría a sus países respectivos participar de los proyectos ambiciosos de infraestructura que tiene en mente el gobierno macrista además, desde luego, de tomar en cuenta las ventajas comparativas de la Argentina para la producción de alimentos. Los rusos no carecen de recursos naturales pero para prosperar los chinos tendrán que conseguir lo que necesitan en otras partes del mundo, razón por la que están tratando de establecerse en amplias zonas de África, Asia y América latina.

Aunque invertir en infraestructura no les garantizaría ganancias inmediatas, andando el tiempo podría serles muy provechoso.

Huelga decir que la costumbre de los chinos y, en cuanto puedan, de los rusos, de pensar en términos estratégicos entraña algunos riesgos para sus socios – como es natural, siempre antepondrán sus propios intereses nacionales a los de la Argentina–, pero su presencia brindaría a los gobiernos de los países más ricos un buen motivo para presionar a sus empresarios para que ellos también manifestaran más interés en las oportunidades ofrecidas.

Sea como fuere, por ahora la Argentina no está en condiciones de discriminar a favor o en contra de los países interesados en invertir por razones que podrían calificarse de geopolíticas. El gobierno de Macri necesita que la tan esperada marejada de dinero foráneo llegue lo antes posible; caso contrario, no tendrá más alternativa que la de elegir entre emprender una serie de ajustes políticamente muy costosos por un lado y, por el otro, resignarse a administrar una economía enclenque que siga perdiendo terreno frente a casi todas las demás, entre ellas las de otros países latinoamericanos que, hasta hace algunas décadas, eran llamativamente más pobres.

Aunque a la mayoría le guste la idea de que el país se haga tan productivo como Francia, digamos, también quiere que sean indoloros todos los cambios que resulten precisos para alcanzar dicho objetivo. Se trata de una realidad que plantea un problema mayúsculo a un gobierno que no puede darse el lujo de permitir que baje mucho el nivel de aprobación que ostenta ya que abundan los resueltos a ir a virtualmente cualquier extremo para que, como desearía el ex miembro de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni, se fuera lo antes posible.

Bien que mal, el futuro del proyecto macrista dependerá menos de la presunta buena voluntad de los líderes de los países más ricos o poderosos que de la evolución de la economía mundial, razón por la que el valor financiero de la imagen presidencial es muy inferior al imaginado por sus colaboradores.

Hay señales de que el mundo podría estar por entrar en otra etapa turbulenta luego de algunos años de calma relativa, lo que no necesariamente sería una mala noticia para la Argentina con tal de que lograra posicionarse como un lugar seguro, pero que sí lo sería en el caso de que el Gobierno se viera jaqueado por grupos decididos a restaurar el statu quo anterior. Así y todo, la tarea que enfrenta sería más difícil si, como es más que probable, la política proteccionista adoptada por Trump desata una serie de guerras comerciales justo cuando la Argentina se ve obligada a exportar mucho más. Por lo demás, el ejemplo norteamericano ayuda a los proteccionistas locales que quieren que la Argentina siga siendo uno de los países más cerrados del mundo.

En Davos, la jefa del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde advirtió que la recuperación generalizada que se ha registrado y que atribuyó a la política fiscal adoptada por Trump en Estados Unidos, es a lo sumo cíclica y que, sin reformas fundamentales, una nueva recesión global “estaría más cerca de lo pensado” en buena medida porque en meses recientes algunos países se endeudaron excesivamente. Entre éstos, se encuentra la Argentina que, como es notorio, se ha habituado nuevamente a aprovechar el ahorro ajeno por ser tan reducido el propio.

Endeudarse no es malo si sirve para que una economía se haga mucho más productiva de lo que era antes, pero las consecuencias de hacerlo al ritmo macrista serían calamitosas si se usa el dinero sólo para mantener tranquilos a quienes viven del gasto público. Como Macri mismo parece entender, a menos que la economía se vuelva mucho más competitiva, el “modelo” que está ensamblando podría estallar.

Los kirchneristas desaprovecharon los años gordos en que los precios de las commodities estuvieron por las nubes y hubiera sido bastante fácil llevar a cabo aquellas “reformas fundamentales” a las que suelen aludir no sólo los voceros del FMI sino también los conscientes de que sin ellas la Argentina se hará cada vez más pobre. Si bien los macristas llegaron al poder después de agotarse aquella etapa tan favorable, la situación internacional en que les ha tocado gobernar dista de haber sido tal mala como era antes del desplome de 2001 y 2002. Puede que sea un tanto mejor en adelante al recuperarse un poquito Brasil, pero el Gobierno ha perdido mucho tiempo procurando reparar los destrozos ocasionados a propósito por la gente de Cristina a fin de hacerle la vida imposible a su sucesor, aun cuando se tratara de Daniel Scioli. Así las cosas, a menos que los inversores internacionales decidan que valdría la pena arriesgarse aquí, el capital político que el macrismo ha conseguido acumular podría no ser suficiente como para permitirle sacar al país del pantano en que se internó en la primera mitad del siglo pasado.

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