martes, 23 de enero de 2018

Cabezas borradoras

Por Agustín Fernández Mallo

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Hace un par de meses, estando de visita en la casa familiar, vi que en botes de lápices o en cajones había unas cuantas gomas de borrar. En realidad siempre han estado ahí, las recuerdo desde que era pequeño, hoy simples objetos materia de basurero, que no sé por qué nadie ha tirado. 

Pero esta vez su materialidad me pareció que trascendía al anodino objeto de despacho o de pupitre, las vi como antiquísimas piedras, una especie de fósiles. Atraído por ese repentino carácter, las ordené en forma de damero y les hice una fotografía, que instantes después subí a Twitter acompañada de este texto:

Gomas de borrar que desde siempre (50 años) recuerdo en la casa familiar, y que sólo hoy he juntado. Piedras, fósiles, arqueología de infancia. Cabezas Borradoras.

Y ahí lo dejé.

No salí de mi asombro cuando pocas horas más tarde acumulaba 680 retweets, 2702 me gusta, y 33269 interacciones. ¿Qué lleva a un tuit tan poco cool y, en cierto modo, tan vulgar a tener semejante impacto? No lo sé, la verdad, pero como no hay bien que por bien no venga, me ha valido para pensar algunas cosas acerca del acto de borrar.

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Antes de ese instante final en el que cualquier obra literaria se da por terminada, existe toda una sucesión de momentos en los que consideramos que la obra aún no es obra sino una nube de borradores, correcciones, dudas, fragmentos y renegaciones de lo anteriormente escrito. Esa nube, en la que reina la incertidumbre, es un lugar al que el estudio de los textos no acostumbra a dedicar demasiado tiempo (aunque se me ocurren excepciones como esa práctica, más o menos reciente, de análisis textual llamada Crítica Genética, por la cual un libro ya editado es estudiado bajo el análisis no del libro en sí sino de los textos y bocetos que al autor o a la autora del libro en cuestión la han llevado hasta el manuscrito final). Sea como fuere, quizá ese descuido respecto a lo que “hubo antes” tenga su arraigo en el criterio teológico según el cual Dios creó desde la nada y en seis días todo cuanto vemos, Dios no hizo borradores del Mundo antes de materializarlo, se le ocurrió sin más. No vamos a discutirles aquí y ahora a los creyentes la veracidad o no de tal idea, pero sí diremos que en el campo de lo humano todo cuanto ocurre anterior a la obra es tan importante como la obra que finalmente se da a conocer al público, pero por algún motivo tendemos a borrar las huellas, no nos gusta dar a conocer las trazas, que de pronto toman el aspecto de un subterráneo y oscuro premundo.

Puestos a borrar toda traza de textos pasados, algunos autores (y hay que decir que demostrando una poco frecuente integridad intelectual) han querido borrar no sus borradores sino ni más ni menos que su obra editada, a veces incluso la obra que los lanzó a lo más alto de sus especialidades. Me viene inmediatamente a la mente Wittgenstein, quien después de haber dicho que su Tractatus Logico-Philosophicus había resuelto todos los problemas de la filosofía occidental, pocos años más tarde abominaría de ese libro para comenzar lo que luego sería su única otra obra escrita, Investigaciones filosóficas. O cuando Sánchez Ferlosio reniega de su novela El Jarama, una de las más importantes de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX. O cuando David Bowie, harto del éxito al que le había llevado su alter ego Ziggy Stardust, tuvo su etapa de no reconocerlo, de tratarlo como si nunca hubiera existido y no interpretar sus canciones. Más radical fue Baldessari, quien en 1970, y en lo que se conoce como Cremation Project, en un horno de la ciudad de Los Ángeles quemó toda su obra pictórica anterior a esa fecha. De algún modo todos ellos buscaban morir y resucitar.

La paradoja en estos casos es que cuanto más borras un pasado ya editado, éste más se fija, más persiste en la memoria colectiva. Pero existe otra posibilidad más conciliadora, que pasa no por intentar borrar la totalidad del pasado sino únicamente algunas partes o reelaborarlo. A Giorgio Agamben le gusta citar el caso de las Retracciones de San Agustín, quien en el año 427, tres años antes de su muerte, vuelve a su obra ya escrita y la matiza y corrige: la amplía. O el último Nietzsche, quien en 1889, muy poco antes de enloquecer para siempre, en Ecce Homoreinterpretó sus anteriores escritos. O Pierre Bonnard, de quien se cuenta que iba a museos en los que se exponían sus cuadros, y cuando el vigilante no le veía, provisto de un pincel y de un kit de pintura, retocaba y ampliaba lo que años atrás había dado por terminado. Ocurre a menudo en la música (remasterizaciones), o en el cine: no sólo la versión del productor y la versión del director, sino la “versión definitiva” de cada uno de ellos, que, por supuesto, siempre es provisional. Y algo de todo ello había ya en el pathos romántico: Schlegel y Novalis sostenían que la verdadera obra estaba precisamente en los bocetos y piezas previas, por eso dejaban sus escritos en un estado de aparente fragmentación.

En resumen, trata todo ello de concebir la obra no como un mundo terminado en seis días, sino como algo que siempre conserva dentro, en potencia, un magma absolutamente original, magma que da lugar a la consecuente posibilidad de poder mutar en algo nuevo, en algo antes no visto.

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¿Y las gomas de borrar? ¿Por qué gustan tanto esas feas y sucias gomas de borrar? Voy a suponer que despiertan recuerdos, arquetipos que mucho tiempo atrás nosotros mismos creíamos haber eliminado, y que de súbito regresan. Antiguos borradores no como algo que nos avergüenza sino como objetos perdidos que hoy nos gustaría recuperar. Pruebas palpables de que incluso en los confines de lo más olvidado es posible despertar viejos espasmos, truenos que reactiven poderosísimas y olvidadas armas; el saludable desvío que cobra lo aparentemente perdido. No hay que tener miedo a la segunda vida de los objetos. Las gomas de borrar son verdaderas cabezas borradoras, y a medida que borran textos ellas mismas se van gastando, se van borrando a sí mismas. Una especie de pérdida de memoria crónica hay en ellas, pérdida que es aparente porque mueren para dejarnos algo: lo escrito y todos sus borrones.

© Zenda – Autores, libros y compañía / Agensur.info

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