miércoles, 27 de diciembre de 2017

UNA CONFERENCIA DE JAMES JOYCE

Charla ante la Sociedad Literaria e Histórica del University College de Dublín como estudiante, en enero de 1900.

Por James A. Joyce

Aunque las relaciones entre drama y vida son, y deben ser, del carácter más vital, en la historia del drama en sí no parecen haber estado en todo momento, sistemáticamente, a la vista. El drama más antiguo y mejor conocido, a este lado del Cáucaso, es el de Grecia. No me propongo intentar nada de la naturaleza de un estudio histórico, pero no puedo pasarlo por alto. 

El drama griego surgió del culto a Dioniso, quien, dios de la cosecha de frutos, la alegría y el arte más antiguo, ofrecía en la historia de su vida un plano para la erección de un drama trágico y un drama cómico. Al hablar del drama griego debe tenerse en mente que su nacimiento dominó su forma. Las condiciones del escenario ático sugirieron a los autores un programa de convenciones y advertencias de camerino, que en épocas posteriores se instauraron estúpidamente como cánones del arte dramático, en todas las tierras. Así los griegos legaron un código de leyes que sus descendientes con sabiduría cegata ascendieron a dictámenes inspirados. Fuera de eso, no digo nada. Tal vez sea un vulgarismo, pero es una verdad literal decir que el drama griego está agotado. Para bien o para mal, ha hecho su labor, que, aunque labrada en oro, no lo fue sobre pilares perdurables. Su resurgimiento no tiene relevancia dramática, sino pedagógica. Incluso en su propio bando ha sido desbancado. Cuando había prosperado largo tiempo en hierática custodia y en forma ceremonial, empezó a aburrir al genio ario. Vino luego una reacción, como era inevitable; y como el drama clásico había nacido de la religión, su continuador surgió de un movimiento literario. En esa reacción representó un papel importante Inglaterra, pues fue el poderío de la camarilla shakespeareana lo que asestó el golpe mortal al drama ya agonizante. Shakespeare fue ante todo un artista literario; humor, elocuencia, un don para la música seráfica, instintos dramáticos: en todo eso tenía ricas dotes. La labor, a la que él dio tan espléndido impulso, era de naturaleza superior a la de aquella que venía a continuar. Estaba lejos de ser mero drama, era literatura dialogada. Aquí debo trazar una línea de demarcación entre literatura y drama.

La sociedad humana es la encarnación de leyes inmutables que los caprichos y las circunstancias de hombres y mujeres encubren y recubren. El reino de la literatura es el reino de esos modos y humores: un reino amplio; y el auténtico artista literario se preocupa principalmente por esas cosas. El drama tiene que ver en primer término con las leyes subyacentes, en toda su desnudez y divina severidad, y sólo en segundo lugar con los agentes variopintos que las confirman. Cuando se reconoce esto, se ha hecho un avance hacia una apreciación más racional y auténtica del arte dramático. Si no se hace ninguna distinción así, el resultado es el caos. El lirismo alardea de drama poético; la conversación psicológica, de drama literario, y la farsa tradicional se mueve sobre las tablas con la etiqueta pegada de comedia.

Una vez que esos dos dramas han hecho su labor como prólogos al acto en crecimiento, se los puede relegar al departamento de curiosidades literarias. Es fútil decir que no hay drama nuevo o sostener que su proclamación es un inmenso estallido. El espacio es valioso y no puedo combatir esas afirmaciones. Sin embargo, es para mí tan claro como el día que el drama dramático debe sobrevivir a sus mayores, cuya vida sólo se estira debido a la más diestra gestión y la más cuidadosa administración. Por esta Nueva Escuela se han dado y recibido algunos golpes duros. El público es lento para captar la verdad, y sus dirigentes, rápidos para darle nombre equibocado. Muchos, cuyos paladares se han habituado a la vieja comida, lanzan gritos malhumorados contra un cambio de dieta. Para éstos la costumbre y la carencia son el séptimo cielo. Sonoros son sus elogios de la insípida obviedad de Corneille, la almidonada devoción de Trapassi, la rigidez a lo Pumblechook de Calderón. Sus infantiles malabarismos con la trama los dejan boquiabiertos, de sutilísimos que son. A semejantes críticos no se los puede tomar en serio, ¡son figuras graciosas! Es desde luego manifiestamente cierto que la “nueva” escuela los vence en su propio terreno. Comparemos la pericia de Haddon Chambers y Douglas Jerrold, de Sudermann y Lessing. La “nueva” escuela en esta rama del arte es superior. Esa superioridad no es sino natural, ya que acompaña una labor de un calibre inmensurablemente más alto. Hasta la parte menor de Wagner –su música– va más lejos que Bellini. A pesar del clamor de estos amantes del pasado, los albañiles están construyendo para el Drama, una casa más amplia y más elevada, donde se hará la luz en vez de la penumbra y portales amplios en vez del puente levadizo y el torreón.

Permítanme explicar un poco más sobre este gran visitante. Por drama entiendo la interacción de pasiones para retratar la verdad; el drama es conflicto, evolución, movimiento, cualquiera sea el modo en que se exponga; existe, antes de cobrar forma, independientemente; está condicionado pero no controlado por su escenario. Podría decirse en vena fantástica que, no bien empezaron hombres y mujeres la vida en el mundo, hubo arriba de ellos y a su alrededor un espíritu, del que tenían borrosa consciencia, al que habrían querido tener morando en medio de ellos en más profunda intimidad y de cuya verdad se volvieron buscadores en posteriores tiempos, anhelantes de echarle mano. Pues ese espíritu es como el aire errante, poco susceptible de cambio, y nunca salió de su vista, ni nunca saldrá, hasta que el firmamento se enrolle como un pergamino. A veces parecía que el espíritu fijaba residencia en esta o aquella forma; pero de repente lo usan mal, se va y la residencia queda vacía. Es, podría conjeturarse, de naturaleza un tanto élfica, una ondina, un mismísimo Ariel. De modo que debemos distinguirlo de su casa. Un retrato idilico o un entorno de pajares no constituyen una pieza pastoril, así como una fanfarronada y un sermoneo no construyen una tragedia. Ni la quiescencia ni la vulgaridad esbozan drama. Por tenue que sea el tono de las pasiones, por ordenada que sea la acción u ordinaria que sea la dicción, si una pieza teatral o musical o una pintura presenta nuestros eternos deseos, esperanzas y odios, o se ocupa de una presentación simbólica de nuestra naturaleza ampliamente relacionada, aunque sea una fase de esa naturaleza, entonces hay drama. No voy a hablar aquí de sus muchas formas. En todas las formas que le resultaron ineptas, produjo una explosión, como cuando el primer escultor separó los pies. Moralidad, misterio, ballet, pantomima, ópera, todas éstas las recorrió con rapidez y las descartó. Su forma apropiada, “el drama”, sigue intacta. “Hay muchas velas en el altar mayor, aunque una caiga”.

Cualquiera sea la forma que adopte, no debe ser superpuesta ni convencional. En literatura permitimos convenciones, pues la literatura es en comparación una forma baja de arte. La literatura se mantiene viva con tónicos, florece mediante convenciones establecidas en todas las relaciones humanas, en toda realidad. El drama del futuro estará en guerra con la convención, si es que va a concretarse de veras. Si uno tiene una clara idea del cuerpo del drama, resultará manifiesto qué vestimenta le corresponde. Un drama de naturaleza tan íntegra y admirable no puede sino arrancar de lo espectacular y lo teatral a todos los corazones, siendo su nota la verdad y la libertad en todos sus aspectos. Podríamos preguntarnos qué debemos hacer, en palabras de Tolstoi. Primero, despejar de hipocresía nuestra mente y cambiar las falsedades a las que hemos prestado apoyo. Critiquemos a la manera de los pueblos libres, como una raza libre, sin hacer mucho caso de férula y fórmula. La Gente, creo, es capaz de hacerlo. Securus judicat orbis terrarum no es un lema demasiado elevado para toda obra de arte humana. No abrumemos a los débiles, tratemos con una sonrisa tolerante las rancias declaraciones de esos serios cómicos sin par: los “literatos”. Si la cordura gobierna la mente del mundo dramático, se aceptará lo que es ahora la fe de los pocos, estarán más allá de disputa crítica las respectivas calificaciones de Macbeth y El constructor Solness. El crítico sentencioso del siglo xxx bien podrá decir quizás al respecto: Que entre él y éstas se ha abierto un enorme abismo.

Hay ciertas verdades de peso que no podemos pasar por alto, en las relaciones entre el drama y el artista. El drama es en esencia un arte comunitario y de ámbito muy extendido. El drama: su vehículo más adecuado presupone un público, extraído de todas las clases. En una sociedad amante del arte y productora de arte, el drama naturalmente ocuparía su puesto a la cabeza de todas las instituciones artísticas. El drama es, además, de una naturaleza tan inalterable, tan incontestable, que en sus formas más altas casi trasciende la crítica. Apenas si es posible criticar El pato salvaje, por ejemplo; uno sólo puede cavilar sobre el asunto como sobre una aflicción personal. De hecho, en el caso de toda la última labor de Ibsen la crítica dramática, propiamente dicha, raya en la impertinencia. En todo otro arte, la personalidad, el manierismo del tacto, el sentido local, se consideran adornos, encantos adicionales. Pero aquí el artista renuncia a su propia personalidad y se ubica como mediador con terrible verdad ante la cara velada de Dios.

Si me preguntan qué ocasiona el drama o cuál es su necesidad, respondo: la Necesidad. Es mero instinto animal aplicado a la mente. Aparte de su deseo, viejo como el mundo, de atravesar las murallas en llamas, el hombre tiene un anhelo adicional de convertirse en hacedor y moldeador. Ésa es la necesidad de todo arte. El drama es a su vez el menos dependiente de sus materiales de todas las artes. Si se agota el suministro de tierra moldeable o de piedra, la escultura se convierte en recuerdo; si cesa la producción de pigmentos vegetales, el arte pictórico cesa. Pero haya o no mármol y pinturas, siempre hay materia artística para el drama. Creo además que el drama surge espontáneamente de la vida y es su coetáneo. Toda raza ha construido sus propios mitos y es en ellos que el drama antiguo halla a menudo una salida. El autor de Parsifalha reconocido esto y de allí que su obra sea sólida como una roca. Cuando el mito cruza el límite e invade el templo del culto, sus posibilidades dramáticas se han reducido considerablemente. Incluso entonces lucha por volver a su legítimo lugar, para gran turbación de los pesados feligreses.

Así como discrepan los hombres en cuanto al nacimiento del drama, discrepan también en cuanto a sus objetivos. En la mayoría de los casos los devotos de la escuela antigua demandan que el drama debería tener demandas éticas especiales; para usar su frase hecha, que debería instruir, elevar y entretener. Aquí hay otro grillete conferido por los carceleros. No digo que el drama no pueda cumplir alguna de esas funciones o todas, pero niego que sea esencial que las cumpla. El arte, elevado a la esfera demasiado alta de la religión, pierde en general su verdadera alma en un quietismo estancado. En cuanto a la forma más baja de este dogma, es sin duda graciosa. Esta educada petición al dramaturgo de que por favor subraye una moraleja, que rivalice con Cyrano, repitiendo en todos los actos “A la fin de l’envoi je touche”, es sorprendente. Engendrada como está por un afable temperamento provinciano, no podemos sino exonerarla. El señor Beoerly embolsado con estricnina, o el señor Coupeau con los horrores, no se quedan cortos en dar pena vestidos cada uno de sobrepelliz y dalmática. Sin embargo, esa absurdidad está comiéndose rápido a sí misma, como el tigre del cuento, comenzando por la cola.

Una demanda más insidiosa todavía es la demanda de belleza. Según la conciben los demandantes, la belleza es tan a menudo espiritualidad anémica como fuerte animalismo. Luego, principalmente porque la belleza es para los hombres una cualidad arbitraria y a menudo no se encuentra a mayor profundidad que la forma, atar al drama a que se ocupe de ella sería arriesgado. La belleza es la suarga del esteta; pero la verdad tiene un dominio más determinable y más real. El arte es fiel a sí mismo cuando se ocupa de la verdad fiel. Si tuviera lugar en la tierra un acontecimiento tan adverso como una reforma universal, la verdad sería el umbral mismo de la casa bella.

Tengo una sola demanda más para discutir, aun a riesgo de agotarles la paciencia. Cito al señor Beerbohm Tree. “En estos días en que la fe se tiñe de duda filosófica, creo que es función del arte el darnos luz antes bien que oscuridad. No debería apuntar a nuestra relación con los monos sino antes bien recordarnos nuestra afinidad con los ángeles”. En esa declaración hay un justo elemento de verdad que sin embargo requiere salvedades. El señor Tree sostiene que hombres y mujeres van a mirar siempre el arte como el espejo donde pueden verse a sí mismos idealizados. Yo más bien pensaría que hombres y mujeres raras veces piensan seriamente en sus impulsos hacia el arte. Los grilletes de la convención los sujetan con demasiada fuerza. Pero, después de todo, el arte no puede regirse por la insinceridad de la compacta mayoría, sino más bien por esas eternas condiciones, dice el señor Tree, que lo han regido desde el principio. Admito que esto es una verdad irrefutable. Pero sería bueno tener en mente que esas eternas condiciones no son las condiciones de las comunidades modernas. Echa a perder el arte la errónea insistencia en sus tendencias religiosas, morales, bellas, idealizadoras. Un solo Rembrandt vale una galería llena de Van Dycks. Y es esa doctrina del idealismo en arte lo que en casos notables ha desfigurado el empeño audaz, y también ha fomentado un instinto infantil de zambullirse bajo las sábanas ante la mención del cuco del realismo. De allí que el público repudie la Tragedia, salvo que agite daga y copa; aborrezca el Romancesco que no es sumiso a las leyes de la prosodia, y juzgue triste el efecto artístico si, de la sangre derramada por el heroísmo desventurado, no brota de inmediato una plantación de flores afligidas. Como en la mismísima locura y frenesí de esta actitud la gente quiere que el drama la engañe, el Proveedor suministra al plutócrata una parodia de la vida que este último digiere medicinalmente en un teatro a oscuras, mientras el escenario medra literalmente a expensas de los despojos mentales de sus patrocinadores.

Ahora bien, si esos puntos de vista son decadentes, ¿qué podrá servir al objetivo? ¿Vamos a poner la vida –la vida real– en el escenario? No, dice el coro filisteo, pues no tendrá atracción. Qué mezcla de vista desbaratada y comercialismo petulante. El Parnaso y la Banca se reparten las almas de los mercachifles. En efecto, hoy en día la vida es a menudo un triste tedio. Muchos sienten como el francés que han nacido demasiado tarde en un mundo demasiado viejo, y su desesperanza y débil falta de heroísmo apuntan siempre con severidad a una última nada, una vasta futilidad, y entretanto: cargar fardos. El salvajismo épico se vuelve imposible por la policía vigilante, la caballería ha sido aniquilada por los oráculos de moda de los bulevares. ¡No hay repiqueteo de cotas, ni halo en torno a la galantería, ni sombreros que barran el suelo, ni jarana! Las tradiciones romancescas sólo se mantienen en Bohemia. Con todo, pienso que de la gris monotonía de la existencia puede extraerse cierta medida de vida dramática. Hasta los más ordinarios, los más muertos de los vivos, pueden desempeñar un papel en un gran drama. Es una estupidez pecaminosa suspirar por los buenos viejos tiempos, alimentar nuestra hambre con las frías piedras que nos proporcionan. La vida debemos aceptarla tal como la vemos ante nuestros ojos, hombres y mujeres tal como los encontramos en el mundo real, no tal como los aprehendemos en el mundo de las hadas. La gran comedia humana donde cada cual tiene su cuota ofrece un campo ilimitado al verdadero artista, hoy como ayer y como en tiempos idos. Las formas de las cosas, como la corteza de la tierra, han cambiado. Los maderos de los barcos de Tarsis caen en pedazos o se los come el desenfrenado mar; el tiempo ha irrumpido en los baluartes de los poderosos; los jardines de Armida se han convertido en páramos desarbolados. Pero las pasiones inmortales, las verdades humanas que así hallaron expresión entonces, son en efecto inmortales, en el ciclo heroico o en la era científica; Lohengrin, cuyo drama se expone en una escena de aislamiento, entre medias luces, no es una leyenda de Amberes sino un drama mundial. Espectros, cuya acción transcurre en un salón ordinario, es de trascendencia universal: una rama hundida en el árbol, Igdrasil, cuyas raíces se meten en la tierra, pero a través de cuyo follaje más alto relucen y bullen las estrellas del cielo. Tal vez muchos no tengan nada que ver con semejante fábula, o piensen que su comida habitual es todo lo que necesitan. Pero mientras estamos hoy en lo alto de las montañas, mirando adelante y atrás, suspirando por lo que no es, distinguiendo apenas a lo lejos los pedazos de cielo abierto; cuando las espuelas amenazan, y el sendero está cubierto de espinos, ¿de qué sirve que a nuestras manos les hayamos dado un cayado de rota en vez de un bastón alpino, o que tengamos delicadas sedas para protegernos del viento ávido de las tierras altas? Mientras antes entendamos nuestra verdadera posición, mejor; y antes entonces vamos a estar de pie y haciendo camino. Entretanto, el arte, y principalmente el drama, pueden ayudarnos a hacer nuestros lugares de reposo con mayor perspicacia y mayor previsión, para que sus piedras estén construidas con gallardía y sus ventanas sean excelentes y hermosas. “... que va a hacer usted en nuestra Sociedad, señorita Hessel”, preguntó Rörlund: “Voy a dejar entrar aire fresco, pastor”, contestó Lona.

Tomado de Escritor críticos y afines

© Eterna Cadencia

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