domingo, 5 de noviembre de 2017

UNA PROPUESTA / El Estado del periodismo

Por Carlos Ares (*)
“No me importa lo que digan/ esos putos periodistas...” cantaban en el vestuario los jugadores de la Selección, indignados con “los que opinan según el resultado y dicen barbaridades”. El conflicto se había iniciado meses antes, cuando el desbocado relator de Radio Mitre Gabriel Anello reveló un mensaje de WhatsApp según el cual Lavezzi “habría” fumado un porro en la concentración. Otros conductores de programas hicieron aperturas editoriales para pedir a Messi y “sus amigos” que “no vengan nunca más”.

El formato, de bajo costo, con “periodistas” fanáticos de clubes, de partidos o de dirigentes políticos, que se prestan a difundir chismes o rumores sin contrastar con otras fuentes estimula el grito y la furia como sucedáneos de los datos, los argumentos y las ideas. La provocación, el escándalo siempre fugaz, se retroalimenta en las redes sociales, donde parte de la audiencia descarga allí sus propios sentimientos. Al final del día, hechos y personas se amasan en barro y miserias.

El periodismo, considerado alguna vez en términos de “confianza” a la par de la Justicia, sufre las consecuencias de relaciones que se fueron prostituyendo, por ambición o por necesidad, entre el poder político, el económico y las empresas responsables de los medios. La muerte del fiscal Nisman, la más reciente de Santiago Maldonado, son casos emblemáticos de manipulación de la información.

El descaro de los “periodistas que operan para algo o para alguien” abruma a la mayoría de profesionales honrados, alcanzados por el mismo desprestigio, y obliga a revisar las razones por las que se elige y ejerce esta profesión. ¿Para qué? ¿A quién debe servir? La crisis económica que atraviesan los pequeños y medianos editores agrava la situación. Las ventas de los periódicos en papel se derrumban. Sus versiones digitales no recaudan como para pagar salarios dignos. Los periodistas quedan así demasiado expuestos a la búsqueda de otros “recursos” que ponen en riesgo su credibilidad.

Si estamos de acuerdo en que la libertad de expresión y el derecho a la información se ejercen en nombre de los ciudadanos y es una tarea de máxima responsabilidad, sometida a la ley y a los juicios éticos y morales, seguramente coincidiremos en que sin periodistas y sin medios independientes que los respalden no hay Estado de derecho ni democracia plena. El periodismo trata de hacer visible todo lo que los poderes quieren ocultar, da voz a quienes no la tienen en la necesaria conversación social, promueve acciones, eventos, artistas, orienta, informa.

Cabe entonces pensar lo siguiente: si el Estado sostiene el Instituto Nacional de Cine y Artes Visuales, el Instituto Nacional de Teatro, el Fondo Nacional de las Artes, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares y otros organismos similares, concede créditos, ofrece becas, préstamos y subsidia salas y autores, ¿por qué no pensar en un instituto nacional de periodismo que sustraiga del control de los gobiernos de turno a los medios públicos –TV, radio, agencia de noticias– y apoye a los periodistas y grupos de trabajo cooperativo que quieren desarrollar proyectos de investigación?

Un instituto autárquico que se financie con la pauta publicitaria oficial, la recaudación de impuestos a los que intermedian y “usan” el trabajo de los periodistas sin pagar derechos, y la venta de publicidad y servicios propios: noticias, encuestas, informes especiales, etc. Un consejo de administración formado por representantes del Ejecutivo, el Congreso y periodistas de incontestable trayectoria, con plazos cortos de mandato, podría controlar la gestión y la asignación equilibrada de los fondos.

Si es posible hacer cine y teatro independiente y escribir libros en libertad con apoyo del Estado, ¿por qué no alentar el periodismo de calidad indispensable para una opinión pública mejor informada? Al cabo, la crónica periodística es, o debiera ser, la mejor foto posible de lo que sucede, la descripción precisa de la escena, de los hechos y de los personajes, la primera y más fiel versión de la historia.

(*) Periodista

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