domingo, 5 de noviembre de 2017

Macri emprende su batalla más difícil

Por Jorge Fernández Díaz
Los resultados del 22 de octubre reverdecieron la huerta que el presidente de la Nación instaló en el trágico helipuerto de Balcarce 50. Hasta ese día, muchos jugaban con el cotillón del helicóptero y le pronosticaban una salida precipitada desde esa terraza mítica. Macri ha hecho con ese mito una ensalada. Ganó gobernabilidad y fortaleza, y se almorzó con berenjenas y hojas verdes a todos sus antagonistas; incluso algunos que antes lo despreciaban, ahora le temen. En este país de antropófagos, a veces conviene la cruel máxima carcelaria o maquiavélica: es preferible ser temido que ser amado. 

Constituiría un error mayúsculo, sin embargo, dar por supuesto que Cambiemos tiene asegurado lo que ninguna otra fuerza no peronista ha conseguido: terminar en tiempo y en forma su mandato. Alfonsín también triunfó en aquella primera elección legislativa, pero no consiguió solucionar la catástrofe económica heredada, y el sindicalismo hizo todo lo posible para cercarlo y para asistirlo en ese suicidio hiperinflacionario. Es por eso que a Macri no le queda otra alternativa que enfrentar hoy su tormenta más difícil: heredó y todavía no logró modificar un país que vive de prestado y a merced de las peligrosas inclemencias internacionales, con un déficit fiscal récord, una inversión exigua, una evasión astronómica y el peor sistema impositivo del mundo. Evitar un accidente macroeconómico y conseguir, a un mismo tiempo, que la Argentina se vuelva competitiva, exporte y atraiga inversores (que vengan a dar trabajo y que logremos venderles nuestros productos a otras repúblicas) resulta una verdadera epopeya de estos tiempos, donde ya no es posible "vivir con lo nuestro" y donde la "dependencia" ya no es del imperialismo norteamericano sino el Partido Comunista Chino.

Para eso hay que remover piedras, colinas y montañas, y librar una batalla cultural homérica: las condiciones de este nuevo mundo cambiaron las cosas, la competitividad se ha transformado en la única llave de progreso y de lucha contra la pobreza, y todos tendremos que sacudirnos viejas supersticiones si no queremos quedar obsoletos y pasar a peor vida. A ese apego por lo anacrónico suena, precisamente, la actitud reactiva y analfabeta de quienes conectan cualquier reforma moderna con Menem y no con Australia o con Japón. El menemismo, con su deplorable negligencia, se cargó el prestigio de un país abierto, así como los Kirchner quemaron la imagen de un Estado fuerte. El peronismo, con sus virajes y sus conversos, es el movimiento que más gobernó. Y, por lo tanto, tiene más responsabilidad que nadie en la actual postración social y también en haber creado un statu quo atrasado e inoperante. Sin el peronismo, no obstante, es imposible transformar la Argentina y alcanzar el desarrollo. Es el socio mayor e ineludible de Cambiemos, no sólo porque gobierna territorios relevantes y retiene poder parlamentario, sino porque el desafío es tan pero tan grande que no puede ni debe borrarse de esta delicada faena patriótica.

Hay, en ese sentido, algunas buenas noticias. Asevera el historiador económico Pablo Gerchunoff que Cambiemos recoge votos peronistas y unifica a los distintos radicalismos, y que representa un novedoso "centro popular". Miguel Ángel Pichetto, que tal vez no haya leído a Gerchunoff, declaró a su vez que el justicialismo debía recuperar su verdadera posición: "el centro nacional". Es que los extremos y el conflicto permanente ya han demostrado ser piantavotos. Desde distintos ángulos se habla entonces de encontrarse en el centro, cada uno con sus características y su identidad. Convertirse en centristas y ser fanáticos únicamente de la moderación; algo que suena a oxímoron pero que tal vez no lo sea. Sólo desde el centro sería posible reconstruir un país dividido y hecho pedazos, y generar un nuevo sistema de partidos que acuerde políticas de Estado, que integre a casi todos y que sólo deje afuera a quienes se autoexcluyen de los consensos posibles: los que impulsan la lucha de clases o el maximalismo de mercado. Esta coincidencia de centro, todavía embrionaria y no plenamente asumida, presiente una demanda social en auge. La demanda de normalización. Normalizar después de la "anomalía"; propender a un "país normal". Esto palpita no sólo en los votantes oficialistas, sino en amplios segmentos del electorado de renovadores, socialistas democráticos y peronistas tradicionales. Así como Cafiero debió abandonar viejos ropajes y ajustarse al juego de época que había impuesto la socialdemocracia alfonsinista, a lo mejor la próxima reencarnación peronista debería asimilar también ese clamor de normalización nacional, que Cambiemos representa a su manera. Si esto fuera un problema de regla de tres simple, podríamos en consecuencia afirmar que el peronismo será normalizador, o será Cristina.

Pichetto parece comprenderlo. En una larga entrevista con Jorge Fontevecchia, hizo una descripción capital de la emergencia: "El déficit fiscal con semejante nivel de endeudamiento no es sostenible en el mediano plazo. Todavía la ratio de deuda es razonable, pero si esto continúa dos o tres años estaremos en una situación complicada. Hay que abordar de inmediato estos temas". Ese diagnóstico exacto, sin demagogias ni medias tintas, se hace cargo implícitamente de la necesidad de bajar el gasto público y desactivar la bomba neutrónica del pagadiós populista que todavía acecha a los argentinos. La deuda se contrae para no ajustar después de tanto desajuste. Si no se ajusta ni se endeuda, el camino es la inflación galopante, que destruyó a Alfonsín. No queda otra cosa, por lo tanto, que utilizar con inteligencia el ecualizador, y salir con guantes de seda y en puntas de pie de esta encerrona explosiva que urdieron la Pasionaria del Calafate y sus genios económicos.

Sostendrá mañana Luis Alberto Romero en Encuentro de ideas que la reforma exige no sólo buena muñeca política y alta precisión negociadora, sino algo en lo que Durán Barba habitualmente no cree: una argumentación sólida y decidida que contraste permanentemente con los persuasivos lugares comunes de esa minoría intensa (el cristinismo), ya no eficaz para ganar comicios pero sí capaz de psicopatear al peronismo y a ciertas franjas independientes, enturbiar con clichés la discusión pública y ralentizar con zonceras las medidas. Por más que Cambiemos no abandonará el gradualismo y actuará ahora bajo el paraguas de una impresionante legitimación electoral, lo cierto es que para evitar un cataclismo debe estar dispuesto a dar malas noticias y a convencernos de que ellas son correctas e imprescindibles. La mesa está servida para que lo acusen de cirujano sin anestesia, insensible y noventista.

Tal vez no le falte razón a Romero: el oficialismo haría mal en recostarse sobre la idea de que una mayoría ya está convencida y "entiende el cambio", puesto que vivimos sociedades de alta volatilidad, y la nuestra está particularmente llena de heridas; aquí todas las ideologías fracasaron y cada una de ellas dejó un trauma. La invocación de cualquiera de esas experiencias fallidas es simple y produce resquemor. Esa memoria dolorosa, que el kirchnerismo utilizará a su favor, es el campo de combate donde se jugará todo este asunto. Que Macri no puede eludir si quiere superar el sino de Alfonsín y la profecía apocalíptica de Cristina, y si pretende clausurar para siempre la terraza donde antes los helicópteros escapaban y donde ahora reverdece su huerta.

© La Nación

0 comments :

Publicar un comentario