domingo, 15 de octubre de 2017

La superstición que hundió a la Argentina

Por Jorge Fernández Díaz
Aquel que se quema con leche y que cuando ve una vaca llora puede con justicia llamarse a sí mismo un empírico; también un idiota. Admitamos que no suena muy razonable asociar necesariamente el ganado con el Pancutan. Un filósofo está habilitado para aseverar que todo tiene que ver con todo; un político, en cambio, no puede tropezar con esa generalización sin caer en necia paranoia o en simple ignorancia. 

Se ha instalado con la fuerza de una superstición ridícula que cualquier intento de ordenar la economía nacional, abrirla al mundo y hacerla competitiva, y cualquier gestión para adaptar a nuestra cultura política las dinámicas internas de los países más exitosos inexorablemente implican un ominoso regreso a los años 90. Con ese criterio ideológico, Australia y Canadá ya son noventistas, y Merkel, Obama, Mitterrand, Felipe González o Bachelet, unos menemistas imperdonables: toda la historia de Occidente cabe de pronto en esa temporada local de ostentación y de entrega sin escrúpulos. "Muchas personas piensan que están pensando, cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios", sentenciaba William James.

Para el kirchnerismo y para una nutrida parte de la progresía, el desarrollo de una nación en un contexto de capitalismo globalizado comienza con Martínez de Hoz y acaba invariablemente en 2001. Las miras históricas parecen un tanto estrechas, ¿no? Es como si alguien redujera el género universal de la épica a La guerra gaucha. Para empezar, los argentinos nunca emprendimos un procedimiento racional y consistente con los estándares internacionales. Muchos creyeron, durante las infaustas décadas del partido militar, que se podía practicar un liberalismo económico prescindiendo de la libertad política. Al observar el fenómeno Pinochet, el legendario economista neokeynesiano Paul Samuelson acuñó un concepto lúcido: "Es fascismo de mercado". Luego, en democracia, aquí el proyecto cayó en manos de un pícaro populismo conservador, que con la fe de los conversos teatralizó un capitalismo serio sin jamás llevarlo a cabo: relaciones carnales, mayorías automáticas, servilletas con jueces, sindicatos comprados, privatizaciones corruptas que a veces creaban monopolios. Y, sobre todo, una cultura de la "transgresión", que rehuía los marcos regulatorios, relativizaba la decencia y desdeñaba los conceptos fundamentales de la democracia republicana. Si uno prepara una paella sin arroz termina por no comer paella. Los militares querían imitar a las potencias democráticas ejerciendo una dictadura, y Menem quería entrar en el Primer Mundo con instituciones del Tercero. Así nos fue.

Con todo, los Kirchner cayeron subyugados por las reformas menemistas de primera generación, y aceptaron durante cinco años al riojano como su indiscutible jefe político. Y después no se mudaron al campamento de Bordón o de Luis Zamora, sino al de Domingo Felipe Cavallo, a quien consideraban un genio, un socio y un amigo. La arquitecta egipcia, a poco de comenzar su derrotero, declaró incluso que su meca era Alemania; al final de su mandato, sus ministros despreciaban la performance de Berlín asegurando que había producido más pobres que nosotros. Como se ve, una línea de conducta, aunque un poquito zigzagueante.

Kicillof habla, a cuenta de la Pasionaria del Calafate, para consolidar la idea de que vivimos un revival del Consenso de Washington, y que por lo tanto marchamos hacia el apocalipsis. Y Cavallo lo acompaña sin querer en el sentimiento con una entrevista en El País de Madrid, en la que dice que hay una gran coincidencia entre la economía de Macri y los 90. El primero quiere deslegitimar toda chance de progreso por esta vía y proyecta los deseos ocultos de su patrona (un crac macroeconómico que la salve de la historia y de los tribunales); el segundo quiere subirse al tren de esta tibia reactivación para reivindicar su buen nombre y honor: que lo conciban al menos como el abuelo de la nueva criatura. Sus voces antagónicas pero coincidentes percuten en la memoria colectiva, todavía traumatizada por aquellos fracasos, y propensa por pereza a crearse estereotipos y cárceles mentales. Nadie puede saber si Cambiemos logrará su propósito, debe demostrarnos mucha pericia todavía, y de hecho su economía está en pañales y tiene múltiples errores y asignaturas pendientes, y una vulnerabilidad notoria. Pero es indudable que su experimento, que en la intimidad se confiesa heterodoxo y tal vez desarrollista, dista bastante de las ocurrencias del pasado. En principio, mantiene un cambio flotante y rechaza todo mecanismo fijo, como la tablita de Joe o la convertibilidad del Mingo; ningún país próspero salió adelante con esos atajos y rigideces. Por el momento, Macri no alumbró privatizaciones masivas, ni transgresiones institucionales, ni alineaciones automáticas en el campo diplomático; tampoco renunció a la idea de un Estado fuerte y rector, con mucha obra pública. No existe una apertura indiscriminada de las importaciones, como en otras épocas: tiene una economía más protegida y aún hoy sigue gobernando uno de los países más cerrados del mundo. Perú y Chile, en tanto, aparecen como algunos de los más abiertos, y nadie puede saber a esta altura cuál de los dos bandos se equivoca. Es un hecho, a su vez, que esta administración aumentó el gasto social para auxiliar a los sectores más humildes, algo que inspiró a Horacio González a decir que el macrismo "se peronizó" y a que Juan Grabois lo calificara de "populismo", aunque de derecha. Los dos epítetos carecen de imaginación y pueden parecer una crítica, pero en ese particular territorio verbal de la "emancipación" y el antisistema, suenan más que nada a un elogio gruñido y desconcertado.

Donde sí existe un cierto paralelismo peligroso es en el nivel de endeudamiento externo que la táctica gradualista requiere para que el Gobierno no caiga en ajuste salvaje y desestabilización: eso sí recuerda los últimos años del menemato, pero su remedio no se encuentra en las recetas del kirchnerismo, que es el responsable de la pavorosa factura del déficit, sino en el progresivo recorte que los culpables rechazan por "sensibilidad" y los ortodoxos desprecian por "lentitud". Ningún país evolucionado logró alcanzar sus metas de manera facilista ni fulminante; han sido justamente sus estrategias esforzadas, lentas y persistentes las que consolidaron el crecimiento. Pero los argentinos somos propensos al inmovilismo demagógico o a la espectacularidad; por eso nuestra cronología es una fiebre de bandazos decadentes.

La pérdida de nuestro sentido común hace imprescindible aclarar lo básico: el capitalismo no es una sola cosa, sino muchas; como la energía nuclear, puede resultar una bendición o desatar Chernobyl. A menudo es un sistema abyecto que provoca desigualdades, y en muchas ocasiones, una fabulosa fábrica de bienestar. No lo hemos inventado, no se ajusta a nuestros sueños, pero tenemos la obligación de nadar en su vasto océano de la manera más eficaz y sin curanderismos, porque de eso depende la prosperidad argentina y la chance de sacar de la pobreza a quienes permanecen en ella gracias a décadas de populismo pobrista y negligente. Mientras las almas bellas o sus nuevos socios, los nacionalismos autocráticos, no inventen un paraíso alternativo, éste es el ajedrez que deberemos jugar. Tendremos que aprender por fin las reglas, exigir que las piezas se muevan con sensibilidad y con inteligencia, y antes que nada: derrotar nuestra supersticiosa idiotez.

© La Nación

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