lunes, 23 de octubre de 2017

En la política argentina, desde hoy se intensificará el panquequismo

Por Pablo Mendelevich
Un país inédito desde el punto de vista político institucional quedó prefigurado ayer en las elecciones legislativas con el aplastante triunfo de Mauricio Macri, primer presidente ni peronista ni radical en setenta años. El peronismo, disperso, sin líder integrador, sin hoja de ruta ni mística aglutinante, emergió de las urnas magullado, mientras el kirchnerismo alejaba sus chances de volver a ser una fuerza nacional para consagrarse como una considerable minoría provincial.

Es casi seguro que estas elecciones tendrán efectos trascendentes. Y no tardarán en insinuarse. El fenómeno más interesante que probablemente veamos a partir de hoy en la política argentina es la intensificación del panquequismo. La figura que suele representar sin sutilezas a alguien que se da vuelta en el aire quizás no debería hacer pensar en un antimacrista que de súbito deviene oficialista. Se trataría más bien de otrora acérrimos críticos de Macri y del macrismo encantados de descubrir que lo importante en una democracia es sentarse a negociar con todos. En sí mismo esto no tendría nada de singular en un marco democrático convencional, pero estamos hablando de dirigentes políticos en general pertenecientes al peronismo que con mayor o menos pasión adhirieron durante años al sistema contestatario de la república matrimonial creada por los Kirchner, un verticalismo prebendario donde al adversario era un enemigo.

En estos casos siempre vuelve a la memoria la forma en la que Le Moniteur Universel tituló sus ediciones en marzo de 1815 a medida que Napoleón se acercaba a París. De "el Monstruo se escapó de su destierro", se pasó a decir que "el Usurpador está a sesenta horas de marcha de la capital", más tarde se informó que "Bonaparte avanza con marcha forzada", luego "el Emperador" estaba en Fontainebleau y finalmente, ante lo inexorable, el título destilaba un impudoroso servilismo. "Su Majestad hizo su entrada pública y llegó a las Tullerías. Nada puede exceder la alegría universal. ¡Viva el Imperio!".

Desde luego, Macri no se parece a Napoleón, tiene otros métodos y sus éxitos políticos tanto como sus conquistas son más módicos. Sólo es un presidente argentino que ganó las elecciones de medio término, como se dice ahora fingiéndose rutina, pero el mecanismo de adaptación al poder real lo precede, es bastante más añejo que el PRO y se lo suele verificar cuando un líder despreciado se posiciona como un respetable poderoso en ascenso. Ese mecanismo ha sido corriente en el seno del Movimiento peronista, donde los laxos patrones ideológicos habilitaron, por ejemplo, embanderamientos con líderes "neoliberales" o "progresistas" según pasaban las décadas. Lo nuevo hoy es que el peronismo perdió el vigor necesario para ofrecerse de envase a un nuevo proyecto, mientras una coalición de raros contornos -Cambiemos- ocupó el espacio central de la política. Esos dos fenómenos complementarios son los que se consolidaron ayer en las urnas.

La coalición oficial de tres patas, formada por el partido más nuevo que hay (no como marca, como sujeto de gestión), un partido centenario con carácter de acompañante (el radicalismo) y una dirigente que actúa como fiscal moral de la república e inspectora del propio gobierno a la vez (Lilita Carrió), se impuso ayer a nivel nacional por primera vez sin mediar un ballottage. Muchos comparan la situación con el año 1985, cuando Alfonsín, dicen, ganó con parecida intensidad aquellas "elecciones de medio término". Sin embargo, en aquel entonces no había elecciones de medio término porque los períodos presidenciales eran de seis años y las elecciones intermedias eran dos (ninguna en la mitad), de características diversas. De hecho Alfonsín perdió las elecciones de 1987, lo cual tuvo gran importancia en el desenlace precipitado de su gobierno.

Macri, digámoslo por fin, quedó posicionado ayer para presentarse a la reelección en 2019, es decir, para gobernar seis años más. Y eso no tiene antecedentes para un presidente no peronista. Sale fortalecido de las urnas no sólo para gobernar sino también para preservar la gobernabilidad y para seguir.

La derrota a la que fue llevada Cristina Kirchner -recuérdese que ella misma dijo que no quería ser candidata- seguramente va a contribuir al aislamiento del kirchnerismo en el universo peronista, una estrategia que favorece al oficialismo. No sería extraño que los bloques legislativos del Frente para la Victoria se partieran. El cristinismo quedaría delineado así en forma más nítida y también más estrecha, con una probable radicalización política respecto del resto del peronismo.

En su discurso de anoche Cristina Kirchner exhibió dos novedades formales. Primero que nada agradeció "a los trabajadores y trabajadoras de prensa", algo extraño de parte de quien discriminó a los periodistas durante años y culpó a la prensa una y otra vez de todos los males del Universo. Inexplicablemente, pese a haber improvisado como presidenta en infinitas cadenas nacionales, anoche leyó lo que dijo. Enmarcado en un artificial clima festivo, el discurso no contuvo una sola cifra ni porcentaje. Se ignora si lo escribió para no olvidarse de decir nada o para no decir algo de más.

Después renovó sus acostumbrados modales de bajo refinamiento al no felicitar por el triunfo al ganador, prefirió no comentar que era su primera derrota electoral personal y evitó expresamente, también, nombrar al peronismo y al kirchnerismo, mientras exaltaba a Unidad Ciudadana como un vigoroso y victorioso partido opositor. Una poco fundamentada postulación de su liderazgo pareció destinada a atajar el aislamiento al que probablemente la sometan desde hoy los gobernadores y muchos intendentes del peronismo que saldrán a buscar líder con mayor premura. El Gobierno, cabe esperar, querrá no ser ajeno a la búsqueda y, en primer lugar, ganar nuevos interlocutores. Viene, sin duda, una política más negociadora.

© La Nación

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