sábado, 14 de octubre de 2017

ELECCIONES / Intemperie peronista

Los errores de Cristina y el PJ hasta complican el 2019. 
Claque empresarial para el Presidente.

Por Roberto García
Con la vanagloria del periodismo a cuestas, uno ya ha superado los venideros acontecimientos del domingo 22. Es un adivino amateur que ya descontó el derrumbe parcial de Cristina, la anemia de Massa y la disolución de candidatos menores tipo Randazzo. Para esa noche aciaga del peronismo, además, habrá que incluir otro fenómeno letal: apenas si en cuatro o cinco provincias salvarán la plata en las elecciones, si es que suma como agrupación nacional el triunfo de Manzur en Tucumán o el de Insfrán en Formosa. 

Se cae también, por esa circunstancia, la fantasía de la Liga de Gobernadores que supo influir en otras épocas. Para colmo, el sindicalismo –ahora hincándose para que el Gobierno no le haga bullying– tampoco aporta estructura, dirigentes o vigencia: sus jefes gerentes sólo aspiran a sobrevivir los pocos años que les restan, casi un atrevido desafío a la medicina moderna. Y el otro sustento del movimiento, la rama femenina, mejor ni hablar para no recibir denuncias de género. Entonces, como nunca, la expresión partidaria estuvo en tan pésimas condiciones de respiración y no sería arriesgado imaginar que carece de candidatos para las presidenciales de 2019. Ni siquiera se plantea como formación una amenaza cierta para esa fecha. Como describe iluminadamente un veterano del partido, hoy algo descreído de los setenta años de historia justicialista que protagonizó, esa acefalía es un problema para el peronismo. Aunque, agrega: tal vez, sea una solución para el país. Por razones sanitarias, se omite al autor de la frase.

Macri explota este concepto: ya se proclamó sucesor de sí mismo, ni se preocupa por imponderables fuera de curso o desavenencias con el destino. Como Menem, Néstor o el previsor titular de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, otro que se hizo reelegir con sospechosa anticipación. Curioso: abogados o ingenieros coinciden en las expectativas de planificación. Hay una claque que avala al Presidente y confía en su buena fortuna: los empresarios lo acompañan en dulce romería, se acaban de reunir en Mar del Plata para halagar la Administración. Como todos los años, con todos los gobiernos. Ahora, más cristianos, se juramentan desterrar la pobreza mientras le demandan al Gobierno mayor ajuste en salarios, condiciones laborales y jubilación.

Macri finge creer en la posibilidad de las dos conductas: alguna vez estuvo del otro lado, con ese sector, el que hasta contrata a un cura culto como Zarazaga para reprocharles la falta de solidaridad y el egoísmo, un habitué en estos ejercicios de terapia de grupo, sacerdote poco entusiasmado con el papa Bergoglio a pesar de ser jesuita. O por ser jesuita.

Posvotos. Si no se equivoca la mitológica Sibila, el 22 habrá un mariscal femenino de la derrota: Cristina. Dos shocks: pierde en Buenos Aires y en Santa Fe después de haber ganado hace más de un mes: le deja a Cambiemos cuatro de las Big Five (más Capital y Córdoba). En el caso bonaerense habrá una explicación: todo el mundo sostenía que Ella iba a perder votos, o a no ganar los suficientes, si hablaba. Y habló. Discursos, presentaciones, tuits, reportajes para el posible naufragio, palabras discordantes, afirmaciones equívocas, digresiones domésticas, el regreso en fin a una mala memoria y al mundo artificial de una sola persona. Pero sería injusto, de ocurrir, que sólo a Cristina se le atribuya el fracaso: en el posible éxodo de votantes o la magra ganancia ha contribuido también una hilera de intendentes que parecía propia y que tal vez no lo fuese tanto, esos miembros de la Operación Canguro, especialistas de circo en todo tipo de saltos que habilitaron el corte de boleta –esto es, sus ediles no necesariamente deben incluirse en la lista de la viuda de Kirchner– bajo el argumento expresado por el gobernador Schiaretti en Córdoba: el que vota por Cambiemos no vota contra el peronismo. Y viceversa.

Ingrato descubrimiento para Ella, que, de acuerdo con su confesión, presentó la candidatura a pedido de los barones del Conurbano.

Para muchos de esos conmilitones municipales, fue al revés. Entienden que en las PASO se arrastraron en la vorágine por auspiciosos sondeos, la falta de musculatura de Randazzo y la escasa confianza en Massa, pero que el interés principal era de la postulante. Para buscar fueros que le permitan esquivar el presidio y, sobre todo, para constituir un poder político desde el cual pudiera proteger a quien no tiene fueros y aparece en muchas causas: su hija Florencia. A ver si por culpa de ella purga la madre de su nieta. Noches de insomnio por ese fantasma.

Suman a este proceso los lenguaraces, otra explicación menos sentimental: como senadora, seguramente, podrá ser más efectiva ante la Justicia para descongelar el dinero que los magistrados le pusieron en el freezer y hoy no puede aplicar para trámites cotidianos o placeres mundanos. Afirman: no lo hizo por nosotros, lo hizo por ella. Como siempre.

Muchos, por razones crematísticas, entienden que no se ha beneficiado cuando ejerció el gobierno, al menos en la forma sustantiva que aparece en los diarios. Por el contrario, ofrecen una versión diferente, patética: ¿ha dilapidado la cuantiosa fortuna que había acumulado su marido a través de terceros? O acaso, preguntan, ¿alguien puede suponer que el gigantesco emporio de Lázaro Báez –por citar un ejemplo– le pertenecía en exclusividad a este bisoño contratista de la construcción hoy entre rejas? Citan más ejemplos, varias docenas, de grupos, emprendimientos, socios eventuales, funcionarios, simples y afanosos secretarios, u otros empresarios y empresas de nota que repentinamente se volvieron prósperos por un talento individual también repentino. En poco de este arco multisectorial, herculeano, colosal, en parte perdido por la ajenidad y el desorden, aparece una Cristina que, triste, solitaria y final, al decir de Marlowe, parece no saber de desprendimientos ni si su ex marido facilitaba negocios para otros, cercanos, íntimos. Y, si en esa tarea, hubiese actuado como un dadivoso que no era precisamente su fama.

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