domingo, 10 de septiembre de 2017

Maldonado, la grieta y el partido que espera el Gobierno

Por Fernando Laborda

El nuevo relato cristinista en la oposición se sustenta en una interpretación mesiánica: la única alternativa al modelo que gobernó el país entre 2003 y 2015 es una dictadura de cuño neoliberal. En la construcción del imaginario kirchnerista, el modelo que aspira a imponer Mauricio Macri sólo cierra con represión. 

¿De quiénes? De personas a quienes un supuesto Estado represor debe enviarles un mensaje mafioso, entre las que se encontraba Santiago Maldonado, homologable en la épica narrativa kirchnerista a una suerte de moderno Che Guevara del siglo XXI, abrazado a la causa de los humildes y de los llamados pueblos originarios.

La capacidad del kirchnerismo para reciclar su relato e instalar en la agenda política la posibilidad de una responsabilidad directa del actual gobierno nacional en la desaparición de Maldonado es sorprendente. Pero habría que preguntarse también qué errores políticos y de comunicación cometió el Gobierno para permitir eso.

Con la confirmación de que la sangre recogida de la camisa del puestero atacado en una estancia de Benetton no correspondía a Maldonado, murió la gran hipótesis que planteaba la Casa Rosada. Este dato pareció poner contra las cuerdas a la Gendarmería Nacional, y aumentó los cuestionamientos a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, quien en un principio transmitió la percepción de que podía poner las manos en el fuego por esa fuerza de seguridad.

No hay por el momento prueba alguna capaz de incriminar a algún integrante de la Gendarmería. Se entiende el celo de la ministra Bullrich para defender a los gendarmes. Esta fuerza ha sido artífice de muchos operativos exitosos para secuestrar drogas ilegales y desbaratar bandas de narcotraficantes, como nunca había ocurrido en nuestra historia. Pero, como señaló Graciela Fernández Meijide, la Gendarmería es una organización formada por hombres y éstos son falibles. Un exceso de prudencia, como la que mostró el jefe de Gabinete, Marcos Peña, ante los parlamentarios, hubiera sido lo más aconsejable. "No damos por sentado que fue la Gendarmería. Tampoco, que no lo fue", afirmó en el Senado.

Quedó flotando la sensación de que a los representantes del Poder Ejecutivo les faltó algo de timing político. Con la sobreactuación inicial en defensa de la Gendarmería, cundió la sospecha que dejó una extraña actitud escapista del Gobierno, equiparable a la de un sujeto que sale corriendo al ver a un policía, aun cuando no haya cometido delito alguno.

En la particular dialéctica K, Patricia Bullrich es el blanco perfecto. No sólo por los buenos lazos que ha creado con el presunto "brazo represor del régimen macrista", que según el relato kirchnerista configura la Gendarmería, sino también por el peculiar pasado de la ministra. Descendiente de familias aristocráticas -los Bullrich y los Luro Pueyrredón-, en su adolescencia setentista decidió unirse a la combativa Juventud Peronista y estuvo entre quienes abandonaron la Plaza de Mayo, el 1° de Mayo de 1974, cuando el general Perón rompió con los Montoneros. Años después, Patricia Bullrich se alejó de las posiciones extremistas y se convirtió en una dirigente cuya capacidad de trabajo y de diálogo es valorada por representantes de casi todo el arco político. Sus detractores de la izquierda y del kirchnerismo hoy le endilgan que abandonó sus ideales de juventud para refugiarse sucesivamente en diferentes expresiones de la "partidocracia burguesa", como la Alianza UCR-Frepaso -de cuyo gobierno fue ministra de Trabajo-, el lopezmurphismo, la coalición de Elisa Carrió y, finalmente, el macrismo.

Concentrar los ataques en Patricia Bullrich es, para el kirchnerismo, una forma de profundizar la grieta en la sociedad, agitando las aparentes contradicciones entre el pasado y el presente. El cinismo o la mala memoria conducen a dejar de lado que durante las gestiones presidenciales de Néstor y Cristina Kirchner el Estado no se presentó siquiera como querellante cuando se produjo la desaparición de Jorge Julio López. Igual indiferencia exhibió la administración kirchnerista tras la desaparición de un joven chileno, Iván Torres Millacura, producida en Comodoro Rivadavia en octubre de 2003, tras ser hostigado por policías chubutenses.

Como producto de la grieta, se enfrentan dos posiciones extremistas: la de quienes, desde la oposición más dura, señalan que el gobierno de Macri mandó matar a Maldonado, y la de quienes, desde el antikirchnerismo más visceral, sostienen que al Gobierno le "tiraron" un desaparecido. En el medio, se ubican todas las demás hipótesis, entre ellas, la que apunta a un exceso por parte de efectivos de la Gendarmería. No conocemos la verdad, pero lo sucedido vuelve a poner de manifiesto la impotencia e incapacidad del Estado para brindar rápidas respuestas a la hora de esclarecer un hecho lamentable.

Camino a las elecciones, distintos analistas de opinión pública consideran que, cuando acontece un hecho doloroso, el electorado toma distancia de las posiciones más extremas y evita contaminarse por los operadores políticos. El hecho de que sea Cristina Kirchner quien se ha montado sobre la desaparición de Maldonado amortigua los efectos negativos que el caso podría tener en las perspectivas electorales del oficialismo. Pero, al mismo tiempo, desde sectores políticos más moderados, se le cuestiona a la administración macrista cierta "improvisación" y haberse situado detrás de los hechos.

Hasta ahora no es factible hablar de un "cisne negro" en el proceso electoral. Sí de un hecho trágico que vuelve a poner en evidencia la languidez del Estado argentino. En especial, cuando se lo compara con la rápida y eficaz acción exhibida por las fuerzas de seguridad de Barcelona para esclarecer los recientes atentados terroristas.

Entretanto, resulta llamativa la extraña sensación que traslucen funcionarios macristas ante Cristina Kirchner. "Ella seguirá siendo un actor relevante en la política argentina y es un escenario que no nos disgusta", se sinceró una alta fuente de la Casa Rosada. Interpretó que la vigencia de la ex presidenta asegura un doble cerrojo a su propio crecimiento y a la unificación del peronismo.

La idea que buscan transmitir el kirchnerismo y la izquierda en cuanto a que el presunto encubrimiento de la Gendarmería apunta a que esta fuerza sea "garante del ajuste y la reforma laboral" que prepararía el Gobierno tras los comicios sólo puede sostenerse sobre bases muy precarias. "¿Qué reforma laboral podríamos hacer con cien diputados sobre 257 y sin el sindicalismo adentro?", sostuvo un influyente funcionario macrista. Dicho y hecho: en los últimos días se terminó acordando con los referentes de la CGT, quienes dejaron atrás la idea de un paro para antes de las elecciones. Se seguirán buscando "acuerdos sector por sector", pero la flexibilidad laboral no se traduciría por ahora en una iniciativa parlamentaria al estilo de la aprobada en Brasil. Si algo tiene claro hoy el Gobierno es que no irá a una pelea con los gremios como la que pretendió dar Raúl Alfonsín con la "ley Mucci", aquel proyecto de reforma sindical que terminó estrellándose con la resistencia del Senado en 1984. En cambio, se trabajará en la búsqueda de coincidencias hacia un "blanqueo laboral".

Paralelamente, el Gobierno, de la mano de Carolina Stanley, pudo desactivar un nuevo conflicto con organizaciones piqueteras, tras otra semana de tensión. Nada es gratuito para el Estado y el gradualismo sigue más vivo que nunca. Pero todo sirve para despejar la cancha y centrar la atención del público en el gran partido de octubre contra Cristina Kirchner.

© La Nación

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