domingo, 10 de septiembre de 2017

El oscuro caso de Santiago Maldonado

Por James Neilson
Dicen que a Santiago Maldonado, como a tantos hippies de medio siglo atrás, le encantaba –¿le encanta?– fantasear en torno a los vikingos, las estrellas y los lobos, además de pensar en lo buena que sería una vida solitaria, muy lejos del ruido mundanal, en armonía con la naturaleza. Por lo común, la desaparición, o ausencia prolongada, de un joven simpático de tales características no ocasionaría demasiada preocupación, pero desde hace algunas semanas Santiago es el hombre más célebre de la Argentina. 

Para un conjunto variopinto de militantes políticos, profesionales de los derechos humanos y otros, parecería que no cabe duda alguna de que fue víctima del terrorismo del Estado, o sea, de la odiosa “dictadura” macrista.

No es que los más fogosos cuenten con evidencia en que basar las acusaciones tremendas que están vociferando. No la necesitan. Es tan fuerte la voluntad de la izquierda dura y de la franja más fanatizada del kirchnerismo de creer que el gobierno de Mauricio Macri es una banda de asesinos resueltos a llevar a cabo un proyecto neoliberal parecido al atribuido al régimen militar más reciente que les parece verosímil cualquier suceso que a su juicio sirve para justificar el rencor que sienten.

Siempre y cuando Santiago no reaparezca con vida luego de haber pasado un rato en algún bosque patagónico alimentándose de hongos y raíces –como sugirió, acaso sin proponérselo, un tatuador amigo citado por La Nación–, lo que para muchos sería un desastre sin atenuantes, los presuntamente convencidos de que ha sido el primer desaparecido de la era Macri seguirán aprovechando su ausencia para hostigar al Gobierno.

Puede que haya algunos miembros de las fuerzas de seguridad, funcionarios, políticos y activistas que saben muy bien lo que le sucedió a Santiago Maldonado, pero los demás no tienen más alternativa que la de optar por la hipótesis que les parece más fidedigna, la que, a su vez, dependerá de sus preferencias políticas.

En cuanto a los políticos que son reacios a ir al extremo de calificar de “dictadura” al gobierno de Macri, a algunos les está resultando difícil resistirse a atacarlo por no haber resuelto ya la situación que se ha creado; asevera Sergio Massa que “la falta de profesionalismo, seriedad y objetividad con el que trataron este tema es muy grave”. Margarita coincide. O sea, lo de siempre.

Pues bien; frente a un caso como este, es legítimo plantear el interrogante tradicional: ¿cui bono?, es decir, ¿a quién más le convendría la eventual desaparición de un joven de instintos pacifistas que había hecho suya, tal vez pasajeramente, la causa de los mapuches que quieren independizarse? En investigaciones de este tipo, se trata de una pregunta clave.

Los adversarios – mejor dicho, los enemigos – de Macri dan por descontado que el Gobierno, con la colaboración de Gendarmería, quería eliminar a una persona que les provocaba problemas, aunque sólo fuera para enviar un mensaje mafioso a otros de actitudes similares.

Se trata de un planteo que refleja más prejuicios que certezas. Cambiemos tendrá sus deficiencias, pero una afición a la violencia política no es una.

Por el contrario, desde el primer día de su gestión, los macristas han sido conscientes de lo peligroso que les sería brindar la impresión de estar dispuestos a emplear la fuerza para intimidar a quienes se creen dueños de la calle, razón por la que durante mucho tiempo pasaron por alto los atropellos cotidianos de piqueteros, los matones de Quebracho y otros encapuchados armados con palos. En los choques que se han producido, casi todos los heridos han sido policías. Aunque es factible que a algunos efectivos policiales o gendarmes se les haya ido la mano, no lo es que actuaran instigados por el gobierno nacional.

Para contestar a las denuncias en tal sentido, los voceros oficiales podrían señalar que los más beneficiados por lo ocurrido han sido los kirchneristas y sus aliados coyunturales de la ultraizquierda. ¿Serían capaces tales individuos de secuestrar o asesinar a un hombre como Santiago por motivos propagandísticos, ya que entenderán que sería de su interés que comenzara a haber desaparecidos en el país y, de todos modos, les valdría más como supuesta víctima del autoritarismo gubernamental que como un manifestante más? A juzgar por lo que han hecho a través de los años sujetos de ideas muy parecidas a las reivindicadas por los extremistas locales, entre ellos sus amigos bolivarianos en Venezuela, no se sentirían cohibidos por la despreciada moral burguesa.

Sea como fuere, hasta que surja evidencia incontrovertible, sólo es cuestión de conjeturas, lo que no es ningún consuelo en una sociedad en que muchos se han habituado a subordinar absolutamente todo al “relato”, por arbitrario que fuera, que les parece más útil, tratándolo como una verdad revelada y reaccionando con brutalidad frente a cualquier intento de desvirtuarlo.

Para quienes piensan de este modo, echar dudas sobre la versión según la cual Macri ordenó a Gendarmería matar a Santiago equivale a estar a favor del terrorismo de Estado. Fue bajo dicho pretexto que, hace una semana, se congregó una multitud en la emblemática Plaza de Mayo para protestar contra el Gobierno, acusándolo de estar detrás de todo cuanto ha sucedido últimamente en el sur del país. Huelga decir que entre los manifestantes había algunos grupos sumamente violentos que a buen seguro no eran partidarios de los reclamos mapuches.

De tomarse al pie de la letra lo que dicen casi todos los políticos e intelectuales, el consenso es que, para la Argentina, la década de los setenta del siglo pasado fue la peor de toda la historia nacional. ¿Es lo que todos creen? Claro que no. Para algunos, fue la mejor porque, desde su punto de vista particular, en aquel entonces todo era maravillosamente sencillo por ser cuestión de una lucha entre el bien y el mal, el pueblo revolucionario por un lado y una tiranía vil por el otro. Es por lo tanto comprensible que algunos teman que estemos ante un recrudecimiento de la violencia política después de un intervalo de más de treinta años en el que, con la excepción del estallido de fines de 2001 e inicios de 2002, el país ha permanecido relativamente pacífico.

Para aprovechar las posibilidades abiertas por una versión sectaria del pasado no tan remoto, Néstor Kirchner y su esposa se las ingeniaron para persuadir a sus simpatizantes de que, después de entregar los símbolos del poder al radical Raúl Alfonsín, el régimen militar, con ropaje democrático, continuó gobernando el país. El relato K descansa en la noción de que, pensándolo bien, la única alternativa a su propio modelo sería una variante del improvisado por los uniformados, de ahí las alusiones a los “generales mediáticos” y, a partir de diciembre de 2015, el grito de guerra “Macri basura, vos sos la dictadura”.

¿Están realmente convencidos de que es así? Por ser casi infinita la capacidad de ciertos individuos de persuadirse de que el blanco es negro, es factible que algunos sí lo crean, pero puesto que en opinión de los estrategas kirchneristas e izquierdistas tratar a quienes se les oponen como si fueran militares disfrazados de políticos comunes sirve para justificar cualquier desmán, la eventual veracidad de dicha afirmación es lo de menos para ellos.

El riesgo de que el país sufra una nueva ola de violencia politizada se vio aumentado por el resultado de las PASO y las señales de que, por fin, la economía ha comenzado a levantarse del lecho en que yacía postrada desde que Cristina obtuvo aquel 54 por ciento del voto popular. Lo que para la mayoría es una buenísima noticia es, para otros, motivo de frustración. Aquellos que apostaron al fracaso del macrismo por suponer que les permitiría retomar el poder se encuentran frente a un futuro menos acogedor, uno en que su propia ideología compartirá el destino de tantos credos que en su momento encandilaban a millones pero que en la actualidad son considerados curiosidades históricas.

De por sí, la angustia de aquellos políticos e intelectuales que lamentan el desvanecimiento del despiadado sueño revolucionario que tanto sufrimiento causó en el mundo no es preocupante. En cambio, sí lo es la influencia que aún tienen, ya que suministran a jóvenes y no tan jóvenes de ideas rudimentarias y formación limitada pretextos para perpetrar actos de violencia. Son muchos los adolescentes que envidian a sus padres o abuelos por haber vivido en tiempos más emocionantes que los que les han tocado.

Al legitimar la lucha armada y rabiar contra lo injusto que suele ser el capitalismo, los nostálgicos de “la lucha” aseguran a los dispuestos a prestarles atención que tienen el derecho a romper cabezas, destrozar comercios y atacar a policías, como en efecto está aconteciendo no sólo aquí sino también en muchos otros lugares del mundo, comenzando con Estados Unidos. La conducta de la gente de Ctera que sacó provecho del caso de Santiago para someter a alumnos a escuelas chubutenses a sesiones propagandísticas comparables con las organizadas por los comunistas soviéticos y chinos, o los nazis alemanes, en las que calificaron de “asesinos” a los padres de algunos niños presentes, es, por desgracia, un ejemplo bastante típico de los métodos canallescos empleados por tales personas.

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