viernes, 22 de septiembre de 2017

EL SENDERO DE LA GLORIA

Un texto de José Ingenieros

El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene apetitos urgentes: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicionada solamente por los caracteres superiores. Aquél es un triunfo efímero, al contado; ésta es definitiva, inmarcesible en los siglos. El uno se mendiga; la otra se conquista.

Es despreciable todo cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose, reptando, a hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito se adelanta a su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, a cara des-cubierta, sin humillarse, ajeno a todos los embozamientos del servilismo y de la intriga.

La popularidad tiene peligros. Cuando la multitud clava sus ojos por vez primera en un hombre y le aplaude, la lucha empieza: desgraciado quien se olvida de sí mismo para pensar solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la esperanza, resistiendo las tentaciones del aplauso inmediato; la gloria es más difícil, pero más digna.

La vanidad empuja al hombre vulgar a perseguir un empleo expectable en la administración del Estado, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El hombre excelente se reconoce porque es capaz de renunciar a toda prebenda que tenga por precio una partícula de su dignidad. El genio se mueve en su órbita propia, sin esperar sanciones ficticias de orden político, académico o mundano; se revela por la perennidad de su irradiación, como si fuera su vida un perpetuo amanecer.

El que flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la complicidad ajena, puede abocadar por la adulación lo que otros deberían recibir por sus aptitudes; pero quien obtiene favores sin tener méritos, debe temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios sólo confían en sí mismos, luchan, salvan los obstáculos, se imponen. Sus caminos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega al error colectivo que le arrastra, el superior va contra él con energías inagotables, hasta despejar su ruta.

Merecido o no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera vez embriaga; el espíritu se aviene a él insensiblemente; después se convierte en imprescindible necesidad. El primero, grande o pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción del adolescente que se encuentra a solas por vez primera con una mujer amada: emoción tierna y violenta, estimula e inhibe a la vez, instiga y amilana.

Mirar de frente al éxito, equivale a asomarse a un precipicio: se retrocede a tiempo o se cae en él para siempre. Es un abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un castigo, un filtro que envenena la vanidad y hace infeliz para siempre; el hombre superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos.

Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un accidente inesperado, llega por senderos invisibles. Basta el simple elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre acomodaticio hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa por cosechar la hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias.

Los grandes cerebros ascienden por la senda exclusiva del mérito; o por ninguna. Saben que en las mediocracias se suelen seguir otros caminos; por eso no se sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan de un éxito; ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos mimos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un impuesto de admiración que se les paga en vida. Taine conoció en su juventud el goce del maestro que ve concurrir a sus lecciones un tropel de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor cuyas melodías vuelven a los labios del transeúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que fue una de sus grandes voluptuosidades oír sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta la ebriedad salvaje del que conquista pueblos y aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió a contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oír, al estrenar la Novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente a sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, a cien mujeres.

El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula. Tiene otra virtud: destierra la envidia, ponzoña incurable en los espíritus mediocres. Triunfar a tiempo, merecidamente, es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral. El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubricante del corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.

La popularidad o la fama suelen dar transitoriamente la ilusión de la gloria. Son sus formas espurias y subalternas, extensas pero no profundas, esplendorosas pero fugaces. Son más que el simple éxito, accesible al común de los mortales; pero son menos que la gloria exclusivamente reservada a los hombres superiores. Son oropel, piedra falsa, luz de artificio. Manifestaciones directas del entusiasmo gregario y, por eso mismo, inferiores: aplauso de multitud, con algo de frenesí inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y artistas que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude a solas. En el teatro y en la asamblea la admiración es rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo y tallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres al cuarto puede conocer el triunfo más cerca que Aristóteles o Spinoza; la intensidad, que es el (éxito, este en razón inversa de la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de una aptitud secundaria del actor o de un estado accidental de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud o transpuesta la circunstancia, vuelven a la sombra y asisten en vida a sus propios funerales.

Entonces pagan cara su notoriedad; vivir en perpetua nostalgia es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso vivir de los recuerdos: frase absurda. Ello equivale a agonizar. Es la dicha del pintor maniatado por la ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha.

En la vida se es actor o público, timonel o galeote. Es tan doloroso pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el aplauso no sabe resignarse a la oscuridad; ésa es la parte más cruel de toda preeminencia fundada en el capricho ajeno o en aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La fama de un orador, de un esgrimista o de un comediante, sólo dura lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.

Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error debería ser el último de la vida. Volver a la realidad es una suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado a una Desdémona próxima a envejecer, o desnucarse el acróbata en un salto prodigioso, o rompérsele un aneurisma al orador mientras habla a cien mil hombres que aplauden, o ser apuñalado un Don Juan por la amante más hermosa y sensual. Ya que se mide la vida por sus horas de dicha convendría despedirse de ella sonriendo, mirándola de frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras de sí una sombra indisipable. La fama y la celebridad no son la gloria: nada más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres.

Compartiendo las ruinas y las debilidades de la mediocridad ambiente, fácil es convertirse en arquetipos de la masa y ser prohombres entre sus iguales, pero quien así culmina, muere con ellos. Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la historia. La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los ambientes rebajados, más asequibles a los apetitos del doméstico que a las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito falaz. La gloria nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado en las ruinas de su tiempo; tardía a menudo, póstuma a veces, aunque siempre segura, suele ornar las frentes de cuantos miraron el porvenir y sirvieron a un ideal, practicando aquel lema que fue la noble divisa de Rousseau: vitam impendere vero.

De El hombre mediocre (CAPÍTULO II – LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL)

Selección y transcripción: Agensur.info

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