sábado, 22 de julio de 2017

ESCENARIOS / Macri tiene repechaje

Si perdiera en las PASO, el oficialismo tiene más chance 
de revertir el resultado que si les pasara a CFK o Massa.

Por Roberto García
Algunos tienen una ventaja. Otros, no. Si pierde el macrismo en la provincia de Buenos Aires el 13 de agosto, en las elecciones internas (PASO), igual dispone de un repechaje o desquite para el posterior comicio en que se definen los nuevos legisladores (22 de octubre). No es una formalidad.

Al revés de Cristina o Massa, mucho más complicados si les tocara el percance de salir segundo: para ellos, la revancha, modificar la posición en octubre se vuelve cuesta arriba.

Al contrario de Macri, quien si no figurara primero, podría imponerse en la segunda vuelta electoral merced a un handicap obvio: posee gobierno nacional y provincial, su influencia y poder, control de la elección, y hasta un acceso recaudatorio menos engorroso que el del arco opositor. No es poca gratificación frente al perpetuo lloriqueo por la carestía que hace sufrir en la campaña a los dos principales rivales del oficialismo, Cristina y Massa (se excluye a Randazzo por falta de talla electoral, igual que a la izquierda, de acuerdo a todas las encuestas).

Para gobernar en paz los últimos dos años de su mandato. Le queda, al revés de los otros dos candidatos, una oportunidad más razonable en esta elección. Si, por ejemplo, maquilla el desdén manifiesto contra las expresiones peronistas, sea en Buenos Aires o en el resto de las provincias.

Nadie explica la fobia contra ese sector justo en el lugar donde más adhesiones requiere y donde el peronismo siempre fue mayoría aplastante. Personalizó Macri la añeja teoría de la doble vuelta inspirada en Arturo Mor Roig: los no peronistas somos más, criterio poco exitoso pero de posible vigencia en gran parte del país. Menos, quizás, en el lugar donde el Presidente demanda más votos se le ocurrió sacarse de encima al peronismo.

No se conoce al consultor que le propinó la idea para combatir, por ejemplo, en la segunda sección electoral –de la cual ya todo el mundo habla como si fueran a pasar el fin de semana por sus inmediaciones–, en la profundidad del conurbano bonaerense, con una filiación provocadora contra los sólidos restos justicialistas que allí imperan y donde inevitablemente perderá el Gobierno. Aunque, en este caso, no interesa tanto anotarse la victoria, ya que el objetivo en ese territorio es no perder por exageración, pues la diferencia a descontar es el secreto del posterior triunfo en la Provincia: no es lo mismo sangrar por medio millón de votos que por un millón. Las dos cifras no son una metáfora: marcan la relevancia del distrito al que el Gobierno trata de atraer con obras (metrobus) y un aluvión de asfalto. Más las caricias solícitas de María Eugenia Vidal.Podía esperarse alguna sofisticación persuasiva, pero Macri sólo atinó a desafiar la nitidez peronista del espacio. Algo osado o impertinente, se verá con los números. Ni apeló a las convenciones de Francisco de Narváez o de Sergio Massa en su momento, cuando doblegaron al kirchnerismo. Es como si los antecedentes no existieran.

Los dos opositores de procedencia peronista suponen, sin delicadeza, que son el obligado albergue para los huérfanos de la primera vuelta, que alcanza para convencerlos un detalle extorsivo: ningún peronista se atreverá a votar por un gorila sin alma como Macri, va contra su naturaleza. Casi una réplica inversa de la perversidad con la que el PRO le contesta a una gran parte de la quejosa clase media: miren que si no nos votan, tendrán que soportar el hedor kirchnerista, el presunto regreso en el 2019 de la mafia que asaltó el país durante una década.

Variantes múltiples, entonces, se le conceden al oficialismo por si tropieza en Buenos Aires con insuficiencia de votos. Luego de una inicial derrota, para corregirla no sólo debería alterar la naturaleza de su campaña, también debería comprometer en cambios y asociaciones, abordar un pacto de expansión limitada con otros núcleos políticos, una petite Moncloa, que despoje al Gobierno de esa pureza étnica que aplica con reminiscencias de otras épocas y latitudes. Por el momento, la vigencia del férreo método de exclusión ha significado que nadie ajeno al partido entre ni para un té con leche en la Casa Rosada. Cuando llamaron a alguien fue para desplazarlo de su lugar (Lousteau, de Capital Federal a Washington) o para perjudicar a un oponente. Así se entiende la última fuga de Graciela Ocaña para incluirse en Cambiemos. Ni siquiera han tolerado la permanencia de ciertos socios primarios como los radicales, más bien los apartan como parientes pobres. Curioso designio: generalmente, los nuevos gobiernos atraen gente en sus primeras fases, sea por voluntad de adherente o por tentación laboral. Ese fenómeno de fervor no se advierte en la administración Macri. Por el contrario, del lado interior, sea por egoísmo, soberbia o inseguridad, no se le franquea la puerta a nadie invocando razones de origen, vínculos anteriores, análisis de sangre imperfectos, edad u otros límites escasamente imaginables. Pero del lado exterior, lo sintomático y más raro, es que tampoco nadie se amontona para ingresar.

Números y fobia. Si los planetas no favorecen la estrella de Macri el próximo 13, además de usos y costumbres, deberá modificar conceptos para recuperarse no sólo el 22 de octubre.

Al revés de Macri, si son Cristina o Massa a quienes les toca perder en agosto, los adicionales requeridos para dar vuelta un resultado adverso el 22 de octubre son de mayor complejidad y preocupación. Parecen inalcanzables. Primero, quedan en zona de descenso, sin suplementos ni plata para contratar jugadores, imposibles de aliarse entre sí, ni con el suficiente liderazgo de poder para decir voten a fulano como Perón hizo con Frondizi. Vale para Massa, también para Cristina. A ambos, además, que se apartaron del peronismo estructural, de banderas y marchas, de la estampita y el busto, les será arduo para convocar desde su vereda al filón flotante en la Provincia que hoy en apariencia conservaría Randazzo y, después del 15, navegaría sin rumbo ni puerto fijo.
Para los tres competidores, en suma, no es lo mismo salir segundo. Uno corre con más ventaja para recuperarse después, los otros dos en cambio extravian razón y compostura si no ganan en esa fecha, ya que un segundo premio no parece suficiente para convertirse en mayoría en la final. Aún así, las opiniones en estos casos son como hojas al viento o papel de diario vencido por culpa de la inconsistencia de los jugadores: los tres han sido ganadores en otra oportunidad, los tres han rifado parte de ese capital ylos tres se ufanan de no necesitar al peronismo agónico.

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