miércoles, 21 de junio de 2017

La protesta y el ‘escrache’ violento

Por Daniel Muchnik

Según el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano el 22% (sobre 650 interrogados, hombres y mujeres) del universo especialmente encuestado opina que los escraches ‘al presidente Macri o a sus funcionarios’ en distintos actos son espontáneos. Pero un 50% sostiene que son reacciones organizadas. Entre estos últimos, el 68% entiende que emprenden sectores afines al kirchnerismo.

El ‘escrache’ amerita un análisis político a fondo. Es lógico que ciertos sectores que se consideren excluidos protesten y hagan llegar sus quejas. Pero todo depende de cómo lo hacen. El ‘escrache’ oportunista de unos pocos sobre otros pocos, que están relativamente desprotegidos es un envalentonamiento cobarde. Es una acción violenta y salida de cauce.

Al ser así la expresión que trasmiten es de cobardía o de humillación patoteril que se asemeja a las movidas de los fascistas en los tiempos en que Mussolini no quería opositores. Otra variante era utilizar aceite de ricino para acallar definitivamente al disidente. Luego usaron el mismo método ciego y después masificado los nazis, rompiéndoles las vidrieras a los comerciantes judíos de un barrio céntrico de las principales ciudades alemanas o humillándolos haciéndoles lavar, arrodillados, las calles o las veredas.

El ‘escrache’ es un comienzo. Y se puede salir de ‘madre’, según las oportunidades, pasando a una etapa de agresión física personal. Muchos contra uno. O muchísimos contra unos pocos. Guiados por jefes con mañas de barrabravas. Ya la adoptaron como moda los grupos kirchneristas, ahora en la oposición, que han demonizado cualquier movida del macrismo.

En la Argentina las pusieron de moda los militantes de HIJOS que procuraban denunciar a los represores de la Dictadura liberados por el famoso indulto que firmó Carlos Menem en su primer gobierno. Después siguieron las movidas personalizadas. Unos muchachones lo hicieron tropezar a Roberto T. Alemann, ex-ministro de Economía, hombre cargado en años, tumbándolo en una cuadra de la Diagonal Norte, próxima a Plaza de Mayo. Es tan sólo un ejemplo. Hubo otros, de distinto tipo y perfil. Por ejemplo ‘escraches’ contra paredes o domicilios, volanteadas, guardias permanentes en las puertas de las casas.

La sociedad argentina tiene/tuvo motivos para la protesta, algunas pacíficas como los cacelorazos o el homenaje ante la muerte del fiscal Nisman, muchas de las cuales fueron olvidadas por el poder. Pero hubo otras con alto índice de agresión donde los participantes rompieron todo lo que encontraron a su paso.

Se puede decir que el pueblo no tiene demasiadas maneras de hacer llegar sus petitorios y reclamos a los centros de decisión del poder. Esa es una grieta importante en el sistema democrático. Se debe procurar cerrarla cuanto antes. Desde ‘arriba’ no se los escucha, o se demora en tener en cuenta la disconformidad con conductas de sordera peligrosa. Ello genera desesperación, que es ciega y atropellada. Habrá que crear nuevos canales de recepción, nuevas formas, nuevas posibilidades para acercarse a las necesidades de vastos sectores. Mucho más ahora donde los índices de pobreza, de desocupación, de exclusión en sus complejas variantes han crecido y apabullan. Pero hacerlo con violencia en patota no sirve, se frustra.

Por supuesto que en este amplio campo, desde hace años el espacio público fue copado por las quejas de 10 o 50 personas que cortaron calles y avenidas, sin respuesta del Estado para poner equilibrios entre los que necesitan imperiosamente movilizarse y los que buscan llamar la atención con sus reclamos. Ya se hizo costumbre el abuso. Y también se fueron amoldando automovilistas, taximetristas y colectiveros. Una forma de degradación.

La crisis de fines del 2001, comienzos del 2002 se llevó un montón de víctimas, sometidas a alta presión por los hechos económicos. Salieron con furor a pedir respuestas al poder. Y lo hicieron espontáneamente, sin guías ni tutores, ni banderas, ni caciques. Desde los despachos ministeriales respondieron con una fuerza ciega, miedosa y aturdida. Los funcionarios que dieron la orden de represión han debido pasar ante la justicia.

La ‘patente’ del escrache que no paga derechos de autor, ya fue usada en otros países latinoamericanos como en Chile y en Perú, y también en Europa, en España específicamente cuando se desató la crisis financiera y económica del 2008, aunque acotada. Porque en España las manifestaciones de protesta son, en su mayoría, pacíficas y organizadas.

De esas protestas emergió un movimiento político nuevo en el escenario político ibérico: Podemos, que tiene todos los defectos populistas que en la Argentina ya se conocen. No solo eso. Podemos ha recibido sin ocultamientos asesoramiento de intelectuales cristinistas y fondos importantes provenientes de la Venezuela chavista.

En una Argentina donde se fueron superponiendo decenas de idiomas inmigratorios más un lenguaje carcelario y marginal más dichos y giros provincianos el término ‘escrache’ no ha surgido en vano. En piamontés, de la región nórdica italiana ‘scracé’ es ‘escupir’. En ligur, en la misma península tiene el mismo significado. En Toscana la pronunciación es semejante o paralela a la que utiliza en la Argentina ‘scaracchiare’ o ‘scarachio’.

En el léxico barrial de hace años del escrache nadie podía escapar, sean civiles los perseguidores o policías. Había que evitarlo si alguien había cometido un pecado chico o grande.

© El Cronista

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